Ofiuco era el decimotercero eslabón zodiacal.
Los babilonios lo conocían. Había un hombre sosteniendo una serpiente. Visible en el cielo. Pero cuando los griegos sistematizaron el zodíaco, decidieron que doce signos era más limpio, más fácil para dividir en los meses que trece, y lo borraron. No desapareció. Solo se dejó de contar. Fue un trámite administrativo.
Ofiuco sigue ahí con la serpiente en las manos. Es la leyenda de Asclepio. El que sanaba, pero que también tocó la muerte. El que sostenía lo que mata y lo que cura sin saber bien la diferencia.
Hay una etapa en que uno sostiene cosas que duelen. Por ejemplo, sostener una relación el tiempo que el cuerpo aguanta. Empujando hacia arriba, evitando que caiga lo que pensás que es tu responsabilidad contener. Eso que sostenés también te muerde. La serpiente tiene veneno. Las manos son lo que importa.
Podés pasar años así. Sostener se vuelve tu forma de estar en el mundo. Ya no distinguís si los brazos están cansados o si simplemente llevan demasiado tiempo en esa posición. El dolor se normaliza. Empezás a contarte historias sobre por qué, si duele, importa… Si luchás, entonces vale.
Quizás en algún momento llegás a ver la mano ajena, sin filtro. Sin lo que vos creés que significa. Y ves que no está ayudando a sostener. Está cayendo. Vos ahí, con toda tu energía para evitarlo.
Decidís soltar. Pero te encontrás que soltar al principio no es alivio. Es otro tipo de dolor. Es el vacío. Las manos sin función. Los brazos después de años que no saben qué hacer cuando se bajan. Ese esfuerzo era lo único importante. Lo único que probaba que existías. Descubrís que soltar también es sostener. Pero a vos. Más difícil, porque parece que no tiene nobleza. Sin testigos. Sin historia adonde creés que sos el héroe. Sos, las manos ahora vacías, eligiendo no levantar lo que ya se cayó.
No te quedan cicatrices bonitas. Y la hazaña, ahora, no te parece tan heroica. Queda una soledad que no pediste. Queda ser responsable de algo que no es responsabilidad de nadie. Queda la pregunta de si lo que sostenías quería quedarse o vos eras lo suficientemente fuerte para cargar mientras alguien más hacía otras cosas con las manos libres.
Ofiuco no se transforma cuando suelta. Sigue siendo quien es. El cielo que lo rodea se reacomoda. Lo que era sostener se vuelve separación. Dos cuerpos en espacios distintos.
Hoy, duele diferente. No es el dolor de sostener. Es no saber si lo que viene es mejor. Es la incertidumbre de lo distinto. Es estar acá, vivo, en un cuerpo que eligió no cargar lo que ayer sostenía.
Gentileza:
Sommelier Nicolás Solano –nicosolano@gmail.com

