Vamos por partes - Por:. Beatriz Genchi

Esta es la insólita historia de la prostitución en la Era Victoriana, un oscuro submundo donde la obsesión de la Corona británica ....

CULTURA

9/23/20263 min read

Detrás de los elegantes vestidos de seda y la obsesión por la pureza de la aristocracia de Londres se escondía un negocio millonario alimentado por el hambre y la explotación extrema.

Esta es la insólita historia de la prostitución en la Era Victoriana, un oscuro submundo donde la obsesión de la Corona británica por la decencia pública contrastaba drásticamente con una realidad de miseria, violencia y leyes despiadadas.

Mientras los nobles presumían sus rígidos valores familiares en ostentosos salones de gala, los callejones oscuros de distritos como Whitechapel albergaban a miles de mujeres atrapadas en un sistema de supervivencia que las autoridades preferían ignorar hasta que el problema amenazó la salud del mismísimo ejército real.

La respuesta del gobierno británico lejos de buscar una solución humanitaria se convirtió en una persecución de terror legalizada a través de las polémicas Leyes de Enfermedades Contagiosas de 1864. Esta legislación permitía a la policía arrestar a cualquier mujer sospechosa de ejercer el comercio sexual en zonas militares sin necesidad de pruebas concretas. Las detenidas eran sometidas a la fuerza a brutales exámenes médicos internos y si se descubría que padecían alguna infección eran encerradas en hospitales prisión durante meses.

Lo verdaderamente escandaloso de esta ley era su asimetría moral ya que los clientes masculinos nunca eran examinados ni sancionados permitiendo que los hombres contagiaran libremente mientras las mujeres cargaban con la culpa y la humillación.

El fenómeno alcanzó proporciones colosales debido a la falta absoluta de oportunidades laborales para las mujeres de la clase obrera de la época. Muchas de ellas recurrían a esta actividad de forma intermitente solo para pagar el alquiler de una noche o alimentar a sus hijos en un Londres industrializado que devoraba a los más débiles. Las condiciones extremas de desprotección las convirtieron en el blanco perfecto para la violencia callejera culminando en el pánico social de 1888 con los crímenes de Jack el Destripador.

A mediados del siglo XIX, las principales demarcaciones británicas, entre ellas el East End de Londres donde se encuentra Whitechapel, tenían sobrepoblación debido al flujo de inmigrantes irlandeses y al arribo de refugiados judíos del este de Europa y de la Rusia imperial a partir del año 1882. Este problema (sumado a lo que arrojaba la industrialización) repercutió en el decaimiento de los niveles de empleo y calidad de vida y llevó a la proliferación de una amplia clase baja caracterizada por la pobreza, el crimen y la violencia, el alcoholismo y la prostitución. De acuerdo a estimaciones de la Policía Metropolitana de Londres, en octubre de 1888 había 62 burdeles y 1200 prostitutas en Whitechapel. También eran comunes las manifestaciones y protestas por la situación económica entre 1886 y 1890, entre las cuales sobresalió el Domingo Sangriento de 1887.

Por todo ello, el lugar tenía particularmente mala reputación. Tal percepción como reducto de inmoralidad llegó a su punto álgido en 1888, cuando la prensa comenzó a dar una cobertura sin precedentes a una serie de grotescos y atroces homicidios atribuidos a “Jack el Destripador” un asesino anónimo que apareció, convenientemente???

Si bien la elevada cantidad de ataques contra mujeres del East End en esa época complicó la averiguación de cuántos de esos asesinatos habían sido cometidos por un mismo individuo, la Policía Metropolitana de Londres identificó once homicidios ocurridos en Whitechapel entre abril de 1888 y febrero de 1891. Aunque no había certeza para asegurar que todos habían sido obra de una misma persona, cinco de ellos sí, tenían varios elementos en común y se atribuyeron a Jack el Destripador, cuyo modus operandi se caracterizaba por cortes en la garganta, mutilaciones en el área genital y abdominal, extirpación de órganos y desfiguración del rostro.

La "historia no contada" de Jack el Destripador se centra en desviar el foco del asesino mitológico para devolverle la dignidad y la verdadera realidad a las cinco víctimas oficiales en el Londres de 1888.

Recientes investigaciones y documentales apuntan a que gran parte del mito y el nombre "Jack el Destripador" nacieron en las redacciones de periódicos como The Star.

La frase popular “vamos por partes” se le atribuye de forma irónica y en tono de humor negro a Jack el Destripador, haciendo alusión a los desmembramientos de sus crímenes. No existe ningún registro histórico de que el asesino serial dijera esto en la vida real.

Un trágico recordatorio histórico de que detrás de la elegancia victoriana se escondía una de las épocas más hipócritas y despiadadas para las mujeres.

GENTILEZA: 

Beatriz Genchi

Museóloga – Gestora cultural.

bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut