Símbolos y yoga - Por: Nicolás Solano

Hace tiempo aprendí a mirar la vida como quien lee símbolos, sin esperar que nada se explique del todo, sabiendo que las cosas se descubren de a poco y a fuerza de volver sobre ellas.

CULTURA

10/13/20263 min read

Empecé a ir a yoga porque no encontraba en ningún lado un rato de paz. Silencio hay en cualquier habitación con la puerta cerrada; lo que yo necesitaba era un lugar donde la cabeza dejara de buscar. Afuera estaba el ruido de siempre, el teléfono, el trabajo, lo que hay que resolver antes de que termine el día. Pero adentro era peor. Adentro estaban los recuerdos, que llegan sin avisar, y una tristeza que se sentaba conmigo cada vez que yo me quedaba quieto y hacerlo era abrirle la puerta.

Así que fui en busca de eso, un lugar donde quedarme relajado sin que entrara nadie. Y me encontré con otra cosa.

Lo primero que me sorprendió fue la gente. Uno llega, deja las zapatillas en la entrada, deja el día con ellas y se acomoda en su mat al lado de personas que casi no conoce. Nadie habla demasiado, hay una energía que pasa de unos a otros, que se percibe, aunque no se pueda señalar con el dedo. Al principio pensé que era sugestión. Después dejé de pensarlo, porque la sentía igual.

Lo segundo fue el cuerpo. Yo venía viviendo en la cabeza, y el cuerpo era apenas el vehículo que la llevaba de un lado a otro. En la práctica eso se dio vuelta. El cuerpo empezó a pedir, a responder, a decir "hasta acá". Y en ese "hasta acá" apareció lo que la cabeza nunca me había dado: un descanso de mí mismo. Mientras sostengo una postura, con las piernas temblando y la respiración contando sola, el recuerdo no tiene dónde meterse. El presente ocupa todo.

Hace tiempo aprendí a mirar la vida como quien lee símbolos, sin esperar que nada se explique del todo, sabiendo que las cosas se descubren de a poco y a fuerza de volver sobre ellas. Hay quien a eso le dice experiencia. Yo le digo lectura. Un símbolo es una cosa simple que guarda adentro una grande. Una alianza es un aro de metal, y nadie que la lleve puesta piensa en el metal. Una bandera es un trapo de colores, y hay gente que llora cuando la ve izarse. El símbolo funciona así: muestra poco y dice mucho, y lo que dice cambia según quién lo mire y en qué momento de su vida lo mire. Es un idioma, el que entiende la parte más honda de uno, la que nunca aprendió a hablar con palabras.

A esa parte mía no le sirve que le digan "tenés que cambiar". Lo escucha, asiente y sigue igual. En cambio, le sirve una piedra sin forma y la paciencia de ir sacándole, golpe a golpe, lo que sobra. Le sirve un ángulo recto que le recuerde cómo pararse frente a los demás, derecho y sin torcerse. Y un círculo que le marque hasta dónde pueden llegar sus propias pasiones antes de lastimar a alguien. Ninguna de esas cosas me da una orden. Lo que me dan es una imagen, y la imagen trabaja sola, por dentro, mucho después de que dejé de mirarla.

Durante mucho tiempo creí que ese trabajo era todo cabeza. Mirar, interpretar, volver a mirar, como quien recorre un templo que se agranda cuanto más camina por adentro. Pero un templo que no para de agrandarse también puede volverse intemperie. Uno puede entender mucho, entender de más, y seguir sin poder dormir.

El yoga es un ritual que tiene su ritmo. Se entra de una manera y se sale de otra. Lo que uno trae se deja afuera antes de empezar. Se repiten los mismos gestos, en el mismo orden, y en esa repetición pasa lo que en todo rito: la forma termina enseñando lo que las palabras no alcanzan. Una postura es una figura que el cuerpo dibuja en el aire, una geometría sostenida con músculo y aliento. Es un símbolo vivido desde adentro. No lo interpreto: lo soy durante ese momento.

Ahí entendí que tengo dos caminos que suben la misma montaña por laderas distintas. Uno trabaja desde afuera hacia adentro: me pone delante una figura, un gesto, una herramienta, y me deja la tarea de encontrar qué tienen que ver conmigo. El otro trabaja desde adentro hacia afuera: me baja al cuerpo, al aire que entra y sale, desde ahí algo se acomoda arriba sin que yo lo pida. En los dos casos la materia es la misma. Yo

No sé si encontré la paz que fui a buscar. Encontré otra cosa, más modesta y firme. Un rato donde la cabeza descansa porque el cuerpo trabaja, y otro rato donde el cuerpo descansa porque la cabeza trabaja. Entre los dos, de a poco, va tomando forma. Todavía tengo aristas. Pero de una cosa estoy seguro, no soy el mismo que era cuando dejé las zapatillas en la puerta la primera vez.

Gentileza:

Sommelier Nicolás Solano - nicosolano@gmail.com