Mi hora mimo - Por:. Nicolás Solano
Nos remitimos nuevamente a Las Junturas, un pueblo de Córdoba al que no había vuelto en treinta y cinco años. Volví en abril 2026 y me quedé varios días, Una de la mañana, con la cámara al hombro más por costumbre que por convicción.
CULTURA
10/5/20263 min read


Hicieron falta solamente, treinta segundos de exposición, ni uno menos, para que la luna dejara de ser un punto y se volviera esa mancha de luz abriéndose paso entre las nubes. Al fondo, las vacas, apenas insinuadas en la sombra. Cuando bajé la cámara y miré la pantalla, supe que ahí estaba: composición, técnica y algo más difícil de nombrar, que con el tiempo aprendí a llamar expresión.
Es el rato que me regalo a mí mismo, el tiempo que decido invertir en algo que me gusta sin pedirle permiso a la lista de pendientes ni a nadie más. Podría ser cualquier cosa. Esta vez fue volver a un pueblo y quedarme solo en medio de un campo a la una de la mañana, esperando que la luna hiciera lo que tenía que hacer. Esa noche fue testigo de mi hora mimo en su forma más pura.
Mi hora mimo es cuando el tiempo deja de correr parejo y empieza a pasar a través de un lente. Esa distancia no es física, es focal, es la que me permitió ver esa noche lo que a plena luz del día se me escapa: la luna abriéndose paso entre las nubes, el sembrado brillando por el reflejo, las vacas indiferentes a que alguien las estuviera retratando después de tres décadas y media de ausencia. La ansiedad tapa esas cosas. Corre todo hacia adelante, hacia lo que sigue, hacia lo que falta. Esa noche, treinta segundos de obturador abierto me obligaron a lo contrario: a quedarme quieto en un lugar que también se había quedado quieto, esperándome, sin que yo lo supiera.
Mi hora mimo es sagrada. Esa noche duró lo que dura una toma larga y a la vez me pareció un tiempo que no se mide como se mide lo demás. Compuse mirando cómo entraba la luna entre las nubes, decidí que las vacas fueran una silueta al fondo y no el centro, y esperé a que la luz encontrara el punto donde nada le sobraba a la imagen y nada le faltaba. Ese equilibrio no lo pensé con la cabeza. Lo vi, y supe que era eso.
Ni siquiera esa noche la cámara pudo contener todo lo que yo hubiera querido meter dentro. El cielo tenía más estrellas de las que el sensor iba a captar, el pueblo cargaba más recuerdos de los que entraban en el encuadre, más de los que iba a poder revisar en esos pocos días. Antes eso me hubiera frustrado. Ahora entiendo que no es que la cámara se quede corta: soy yo el que se aferra a una perspectiva y no quiere soltarla. Bajar un poco el trípode, correrme dos pasos, cambiar el ángulo, a veces alcanza para que lo que parecía imposible de contener entre sin esfuerzo.
Mi hora mimo no se negocia, pero tampoco se programa. No salí con un plan de volver a Las Junturas después de tanto tiempo; salí porque algo me dijo que había que ir, y una vez ahí, cada noche que agarré la cámara fue por la misma razón: porque apareció, no porque la programé. No puedo abrir la agenda y anotar "inspirarme a la una de la mañana". Fluye, o no fluye. Lo único que puedo hacer es estar disponible cuando aparece: tener la cámara cerca, no en el fondo de un placard, y no tener tanto miedo a la noche, ni a lo que un lugar viejo pueda remover, como para quedarme adentro.
Hay noches en que salgo y no pasa nada. Ninguna luna se abre paso, ningún animal se queda quieto el tiempo suficiente, y vuelvo con la cámara vacía. Antes eso me frustraba. Ahora sé que también es parte de la hora mimo: salir a buscar y no encontrar también es mío, aunque no me deje una foto para mostrar.
Por eso, cuando encuentro una como esa; la luna, el sembrado, las vacas, los treinta segundos exactos, y un pueblo que me esperó tanto tiempo sin decir nada, no la festejo solo como una buena foto. La festejo como la prueba de que ese rato que invierto en mí mismo, sin rendirle cuentas a nadie, también es una forma de quererme.
Gentileza:
Sommelier Nicolás Solano <nicosolano@gmail.com
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