Mendoza y la cultura del agua: mantener limpios los cauces también es proteger el futuro

En Mendoza, el agua nunca fue un recurso más. Es parte de nuestra historia, de nuestra identidad productiva y de una cultura que permitió transformar un territorio árido en una provincia agrícola.

SOCIEDAD

11/4/20266 min read

Por eso, mantener limpios los cupos de riego en las fincas, evitar arrojar residuos a los cauces y preservar las acequias no debería ser solamente una obligación de los productores o una tarea de los organismos responsables: debe convertirse en un compromiso colectivo.

La discusión adquiere todavía mayor relevancia frente a los escenarios climáticos asociados al fenómeno de El Niño, que pueden modificar los patrones de precipitaciones, incrementar la frecuencia de tormentas intensas y generar situaciones de riesgo en distintas regiones de la provincia. En ese contexto, cada botella, bolsa, envase, rama o residuo que termina dentro de un canal de riego puede convertirse en un obstáculo para la circulación del agua y agravar las consecuencias de una lluvia intensa.

El cuidado de los cauces no es una cuestión menor. Es una forma concreta de prevención, de responsabilidad ambiental y de defensa de una infraestructura hídrica que Mendoza construyó durante generaciones.

Una responsabilidad que no admite excusas

La limpieza de los cupos de riego es una de las tareas fundamentales para garantizar que el agua llegue correctamente desde los canales principales hasta las hijuelas y, finalmente, a cada explotación agrícola. Cuando un productor no limpia el tramo que le corresponde, la acumulación de sedimentos, malezas, ramas y residuos puede dificultar el paso del agua, provocar obstrucciones y perjudicar a otros regantes.

En Mendoza, el sistema funciona a partir de una extensa red de canales matrices, ramas, hijuelas y ramos que permite distribuir el recurso mediante turnos y derechos de riego. Es una estructura que requiere organización, mantenimiento y, sobre todo, solidaridad entre quienes la utilizan.

La limpieza del cupo no es una tarea opcional ni un gesto de buena voluntad. La Ley General de Aguas de 1884 establece obligaciones para los regantes respecto del mantenimiento de los cauces que les corresponden. El incumplimiento puede derivar en sanciones e incluso en la suspensión temporal del turno de riego.

Pero hay un problema que trasciende las responsabilidades individuales de cada finca: la basura que se arroja deliberadamente a los canales, las acequias y los desagües. Bolsas de plástico, botellas, envases, restos de poda, escombros y residuos domiciliarios terminan convirtiendo una infraestructura destinada a transportar agua en verdaderos depósitos de desperdicios.

El daño es doble. Por un lado, se compromete la distribución del agua para la producción agrícola; por otro, se deteriora la capacidad de conducción y drenaje de una red que también cumple una función preventiva frente a las precipitaciones intensas. Cuando los cauces se encuentran obstruidos, el agua puede desbordarse, ingresar a calles, viviendas y propiedades, y generar situaciones que podrían haberse evitado con mantenimiento y responsabilidad ciudadana.

No se trata de una advertencia exagerada. La acumulación de residuos en los sistemas de drenaje incrementa los riesgos de anegamientos y dificulta la respuesta hidráulica ante episodios de lluvias concentradas. Los antecedentes de las tareas de limpieza realizadas en Mendoza muestran la magnitud del problema y la necesidad de sostener acciones preventivas durante todo el año.

El Niño obliga a reforzar la prevención

La preocupación adquiere otra dimensión ante el desarrollo del fenómeno de El Niño y sus posibles efectos sobre la temporada primavera-verano. Este fenómeno oceánico-atmosférico modifica los patrones de circulación de la atmósfera y puede favorecer condiciones más propicias para las precipitaciones en distintas regiones de la Argentina.

En Mendoza, los especialistas han advertido sobre una mayor probabilidad de lluvias, tormentas y episodios de granizo durante esta temporada. Sin embargo, es importante comprender que El Niño no significa que necesariamente lloverá de manera extraordinaria en todos los departamentos ni permite anticipar con exactitud dónde y cuándo ocurrirá cada tormenta.

Lo que sí exige es prepararse. Las precipitaciones intensas en períodos breves pueden poner a prueba la capacidad de los canales, colectores, desagües y acequias. Si esas estructuras están obstruidas por basura o carecen del mantenimiento necesario, las consecuencias pueden agravarse.

En las zonas rurales, esta prevención resulta particularmente importante. Los cauces de riego y los desagües agrícolas deben permanecer despejados para permitir la circulación del agua, evitar desbordes y reducir daños en cultivos, caminos internos, instalaciones productivas y viviendas.

La limpieza de los cupos, la eliminación de obstrucciones y el mantenimiento de las márgenes no deben realizarse solamente cuando se aproxima una tormenta o comienza la temporada de riego. Son trabajos permanentes que forman parte de una adecuada gestión del agua.

La prevención comienza mucho antes de que llegue la lluvia - Una historia construida alrededor del agua

Para comprender por qué estas conductas son tan perjudiciales, hay que mirar la propia historia de Mendoza.

Mucho antes de la consolidación de las ciudades y de la expansión de la agricultura, los pueblos originarios ya aprovechaban los cursos de agua mediante sistemas de conducción y distribución. Posteriormente, la organización de los canales permitió ampliar las superficies cultivadas y construir los oasis productivos que hoy caracterizan a la provincia.

La sanción de la Ley General de Aguas en 1884 representó un punto de inflexión. Mendoza estableció un marco institucional para administrar, distribuir y regular un recurso que resultaba indispensable para su desarrollo. La creación del organismo encargado de esa administración y la participación de los usuarios mediante las Inspecciones de Cauce consolidaron un modelo de gestión en el que la responsabilidad colectiva ocupa un lugar central.

En el Sur provincial, particularmente en San Rafael y General Alvear, la apertura de canales e hijuelas fue determinante para transformar tierras áridas en superficies productivas. Detrás de cada finca, cada viñedo y cada plantación frutícola existe una infraestructura hídrica que fue construida y sostenida gracias al esfuerzo de generaciones.

Las acequias, los canales y las compuertas no son simples obras de ingeniería. Son parte del patrimonio cultural mendocino. Representan una manera de vivir, producir y relacionarse con el territorio.

Por eso, arrojar basura en una acequia no es solamente una conducta desaprensiva con el ambiente: significa desconocer una historia de trabajo colectivo que hizo posible el desarrollo de nuestra provincia.

Noviembre, el mes para recuperar la conciencia hídrica

Hay un dato que merece especial atención: noviembre fue establecido por la Ley Provincial 8629 como el Mes del Agua en Mendoza, mientras que el 20 de noviembre se conmemora el Día Provincial del Agua.

La fecha no debería quedar limitada a actividades escolares, campañas institucionales o mensajes de ocasión. Tiene que convertirse en una oportunidad para revisar nuestros hábitos y preguntarnos qué estamos haciendo, individual y colectivamente, para proteger el recurso que sostiene nuestra economía y nuestra vida cotidiana.

La cultura del agua no se construye únicamente con grandes obras, inversiones o políticas públicas. También se construye con acciones pequeñas, repetidas todos los días: limpiar una hijuela, retirar los residuos de un cupo, no arrojar una botella a una acequia, evitar que los restos de poda terminen dentro de un canal y denunciar a quienes utilizan los cauces como basurales clandestinos.

Es necesario que los productores asuman el mantenimiento de los tramos que les corresponden, que los organismos competentes sostengan los controles y las tareas de limpieza, y que los municipios fortalezcan la educación ambiental y la disposición adecuada de los residuos.

También resulta indispensable que las nuevas generaciones comprendan que el agua no es un recurso ilimitado y que su cuidado comienza mucho antes de abrir una compuerta o recibir un turno de riego.

Cuidar los cauces es defender el futuro de Mendoza

Existe una contradicción que debemos comenzar a superar: Mendoza reclama permanentemente por la escasez de agua, por las dificultades que atraviesa el sector agrícola y por la necesidad de mejorar la eficiencia del sistema de riego, pero todavía hay quienes arrojan residuos en los mismos canales que transportan el recurso que necesitan nuestros cultivos.

No podemos hablar de emergencia hídrica, cambio climático, sequías o adaptación al fenómeno de El Niño si al mismo tiempo permitimos que nuestras propias conductas deterioren la infraestructura que tenemos para administrar el agua.

Tampoco alcanza con exigirle al Estado que limpie los cauces si desde la sociedad se continúa ensuciándolos. La responsabilidad institucional es indispensable, pero ninguna política pública será suficiente si no existe un compromiso ciudadano que acompañe esas acciones.

Cada productor debe entender que limpiar su cupo beneficia también al vecino que recibe el agua después. Cada ciudadano debe comprender que una bolsa arrojada a una acequia puede terminar obstruyendo un desagüe y contribuyendo a una inundación. Y cada comunidad debe reconocer que proteger los canales significa defender la producción, el ambiente, la seguridad de las familias y la calidad de vida.

Mendoza tiene una historia extraordinaria vinculada al aprovechamiento del agua. Sus generaciones anteriores comprendieron que, en una tierra árida, la supervivencia y el progreso dependían de la capacidad de organizarse para distribuir y cuidar cada recurso disponible.

Hoy tenemos la obligación de estar a la altura de esa herencia.

El agua que circula por nuestros canales no es basura, los cauces no son basurales y las acequias no son lugares para desprenderse de los residuos. Son parte de una infraestructura vital que pertenece a todos y que debemos preservar.

Frente a los desafíos climáticos que plantea El Niño, mantener limpios los cupos, los canales y las acequias es también una política de prevención. No requiere esperar grandes inversiones ni decisiones extraordinarias: exige responsabilidad, compromiso y educación.

Porque en Mendoza el agua hizo posible la vida, la producción y el desarrollo. Y si queremos que esa historia continúe, debemos empezar por una premisa tan sencilla como irrenunciable: quien utiliza el agua tiene la obligación de cuidarla; quien vive en Mendoza tiene la responsabilidad de protegerla.