Los 5 embajadores sensoriales - Por: Nicolás Solano

Cuentan que el cuerpo, cansado de que cada sentido tirara para su lado, convocó a una reunión. No una reunión cualquiera: una cumbre de embajadores, cada uno representando a su reino, cada uno convencido de que, sin él, el imperio entero se vendría abajo.

SOCIEDAD

Sommelier Nicolás Solano

9/16/20263 min read

Cuentan que el cuerpo, cansado de que cada sentido tirara para su lado, convocó a una reunión. No una reunión cualquiera: una cumbre de embajadores, cada uno representando a su reino, cada uno convencido de que, sin él, el imperio entero se vendría abajo.

Llegó primero la Vista, entrando como quien ya sabe que todos la están mirando.

—Sin mí no hay mundo —dijo, acomodándose el brillo. Yo traigo los colores, las distancias, las caras que se aman y las que se evitan. El resto de ustedes trabaja a ciegas, literal, si yo no les paso el dato primero.

El Oído, que todavía no había abierto la boca, dejó pasar el silencio que se hizo enseguida. La Vista lo tomó como aprobación.

Entonces habló el Olfato, con ese aire de quien cree que su trabajo es el más íntimo y, por eso, el más noble.

—Ustedes venden superficie. Yo vendo memoria pura. Un aroma te devuelve a la infancia en un segundo, sin permiso, sin aviso. ¿Alguno de ustedes puede decir que reconstruye una vida entera con una sola bocanada? Yo, sí.

El Gusto no se iba a quedar callado.

—Memoria, memoria... la memoria no alimenta a nadie. Yo soy el único que decide si algo entra al cuerpo o se escupe. Soy juez y frontera. Sin mí comerían veneno con la misma cara que comen miel.

El Tacto, que había estado apoyado contra la pared con los brazos cruzados, se rio bajito antes de meterse.

—Ustedes hablan de lejos. Yo soy el único que toca la verdad de las cosas. La textura no miente como miente una imagen. Yo sé si algo es frío antes de que la vista termine de decidir si es lindo.

Así siguieron un rato largo, cada uno construyendo su propio trono con los ladrillos del otro, hasta que se dieron cuenta de que el Oído seguía sin decir palabra.

—¿Y vos, qué decís? —le preguntaron, casi con lástima, como si su silencio fuera pobreza.

El Oído dejó pasar un segundo más. Después habló sin apuro, con esa calma de quien no necesita ganar la discusión, porque ya la entendió.

—Yo soy el único de ustedes que sabe percibir el silencio. Ustedes necesitan que haya algo —color, olor, sabor, superficie— para existir. Puedo estar en la nada y seguir siendo útil. Por eso el cuerpo me manda a hablar último: porque escuchar antes de responder es lo único que los cuatro todavía no aprendieron.

Nadie dijo nada. Por una vez, hasta la Vista dejó de buscarse en el reflejo de los demás.

—Miren —siguió el Oído— ninguno de ustedes sobra y ninguno alcanza solo. El problema nunca fue quién es el más importante, sino que cada uno quiere hablar todo el tiempo. Y ahí se pierde el equilibrio. Yo escuché historias enteras sobre alguien que mostraba una sonrisa perfecta con la boca mientras la mirada decía una cosa completamente distinta. Cuando el Gusto y la Vista no se escuchan entre ellos, alguien miente y el otro no se da cuenta a tiempo. La sonrisa sin la mirada es apenas gimnasia de la cara.

El equilibrio no es que todos hablen parejo. Es que sepan, como yo, callarse a tiempo para escuchar lo que el otro está diciendo en voz baja. Contemplar no es no sentir: es dejar de pelear por el podio el tiempo suficiente como para que la verdad, que casi siempre es callada, tenga lugar para aparecer.

Por eso el silencio no es la ausencia de ustedes cuatro. Es la condición para que, por una vez, hablen al unísono y se pongan de acuerdo.

GENTILEZA: 

Sommelier Nicolás Solano <nicosolano@gmail.com