La sombra tiene cuerpo - Por:. Nicolás Solano

Un tendón, una vieja carga en la espalda y una nariz tapada que vuelve cada tanto: tres formas distintas que encontró el cuerpo para decir lo mismo.

CULTURA Y DEPORTE

11/2/20263 min read

El lunes pasado me pasé de rosca haciendo ejercicio. Un estiramiento de más, de esos que uno hace por soberbia, por querer llegar un centímetro más allá de lo que el cuerpo puede ese día. Ahí empezó, en el tobillo, un dolor que no se fue enseguida: una tendinitis en los flexores del pie, esos tendones finitos que uno nunca nota hasta que avisan. Como si la pierna tuviera algo para decir sin encontrarle las palabras.

Me quedé pensando en eso toda la semana, con un libro viejo sobre la mesa: La enfermedad como camino, de Dethlefsen y Dahlke, que había vuelto a abrir sin mucha intención. Es un libro raro, esotérico, de esos que no dan un diagnóstico sino una pregunta incómoda. La pregunta que me tiró fue simple: ¿qué estoy sosteniendo con más fuerza de la que puedo ofrecer?

Porque un tendón inflamado no avisa solo. Mientras le daba vueltas al pie, se me vino a la memoria la espalda. A principios de año cargué con un dolor que no se iba con nada. Debajo de ese dolor, ahora lo veo con la distancia que da el tiempo, había una angustia que no era del todo mía, la de alguien que se fue apagando despacio, mientras yo la cargaba sin darme cuenta de que la estaba cargando. Uno se pone derecho, aprieta los dientes, sigue con la rutina. El cuerpo, mientras tanto, factura, aunque sea meses después.

El libro tiene una frase que se me quedó pegada: el que carga demasiado sobre los hombros sin registrar el exceso termina sintiendo esa presión como dolor de espalda. El analgésico apaga la señal, pero no resuelve nada; solo te deja seguir cargando como si todo estuviera en orden. No sé si estoy de acuerdo con toda la idea de fondo del libro, esa de que la enfermedad sea siempre un mensaje cifrado del alma. Me suena, en partes, más a poesía que a verdad. La poesía, a veces, dice cosas que la explicación clínica ni se acerca a tocar.

La tercera es una vieja conocida: la sinusitis, que me visita cada tanto, sin fecha fija, como esos parientes que aparecen cuando menos los esperás. La nariz tapada, la cabeza pesada, esa sensación de estar adentro de una campana de vidrio. Ahí el libro tiene algo lindo: dice que uno se resfría cuando anda saturado de algo, y que taparse la nariz es la forma que tiene el cuerpo de cortar el contacto sin decir en voz alta "basta, necesito un rato solo". Nadie te reclama nada cuando estás resfriado. Es el único permiso social para desaparecer sin dar explicaciones.

Lo que más me quedó de estos días no fue el tendón, ni el recuerdo de la espalda, ni la sinusitis por separado. Fue notar que los tres hablan el mismo idioma, aunque aparezcan en momentos distintos del año: cargo de más, me sostengo derecho en algo que ya no puedo sostener derecho.

Estoy seguro de que el cuerpo habla antes de que la cabeza termine de procesar. Para saberlo no me hace falta todo el aparato simbólico del libro: cuando uno anda muy ocupado en sostener la imagen de que todo está bien, el cuerpo es lo primero que se cansa de actuar. Alcanza con parar un miércoles cualquiera, preguntarse sin vueltas qué vengo cargando sin permiso de bajarlo.

El tendón ya no duele. La espalda, lejos, casi un recuerdo de verano. La sinusitis va a volver, tarde o temprano, porque esas cosas vuelven. Me quedó, eso sí, la costumbre de preguntarme, cada vez que algo en el cuerpo llama la atención, qué parte de mí quedó en la sombra, sin voz, esperando que el cuerpo hablara por ella. Jung decía que lo que no se vuelve consciente termina apareciendo afuera, como destino. Capaz no sea destino, sea solo un tendón, una vértebra, una nariz tapada. Pero cada tanto conviene pararse frente a esa sombra y preguntarle qué necesita, antes de que vuelva a tocar el timbre disfrazada de síntoma.

Gentileza:

Sommelier Nicolás Solano - nicosolano@gmail.com