La próxima vendimia bajo amenaza: El Niño y la crisis económica anticipan un escenario complicado para los viñedos cuyanos

La vitivinicultura argentina enfrenta un panorama de creciente incertidumbre. Después de una vendimia 2026 que se ubicó entre las más bajas de la última década, las perspectivas para la próxima cosecha encienden nuevas señales de alarma.

ECONOMÍA

11/3/20267 min read

La combinación de un escenario climático condicionado por el fenómeno de El Niño, las lluvias persistentes, las heladas y la reaparición de enfermedades en los viñedos podría provocar una nueva disminución de la producción. A este cuadro se suma una crisis económica que golpea especialmente a los pequeños y medianos productores, cada vez más limitados para afrontar los costos indispensables para mantener sus fincas.

Las advertencias del sector primario son preocupantes: si las condiciones actuales se mantienen, la vendimia 2027 podría resultar considerablemente inferior a la anterior. Aunque todavía es prematuro establecer cuál será la magnitud de las pérdidas, los problemas climáticos y las dificultades económicas ya están condicionando las tareas agrícolas que determinarán el rendimiento de los próximos meses.

Los números de la última cosecha permiten dimensionar la fragilidad de la actividad. Durante 2026, la producción nacional de uvas alcanzó los 18,6 millones de quintales, un volumen 6,5% inferior al registrado en 2025. Esto representa aproximadamente 1,3 millones de quintales menos. Además, la comparación con el promedio de los últimos diez años arroja una retracción del 9,2%, lo que convirtió a la última vendimia en la segunda más baja de la década, solamente por encima de la registrada en 2023.

El retroceso tuvo un impacto particularmente fuerte en Mendoza, principal provincia productora del país. La cosecha provincial disminuyó un 11%, al pasar de 14,8 millones de quintales en 2025 a 13,16 millones durante 2026.

San Juan mostró un comportamiento diferente y registró un crecimiento, con una producción que pasó de 3,97 millones a 4,3 millones de quintales. Sin embargo, esta recuperación debe analizarse teniendo en cuenta que la provincia venía de una temporada anterior muy desfavorable, afectada por condiciones climáticas adversas y problemas sanitarios en los cultivos.

La caída de la producción primaria también repercutió en la elaboración industrial. Durante 2026 se produjeron aproximadamente 9,7 millones de hectolitros de vino, frente a los casi 10,8 millones del año anterior. La disminución fue del 9,9%, una señal de que las dificultades atraviesan toda la cadena vitivinícola y no solamente a quienes trabajan directamente en las fincas.

Pero el problema más inquietante se encuentra en lo que puede suceder durante el próximo ciclo productivo. Los pronósticos climáticos asociados al fenómeno de El Niño anticipan condiciones que podrían favorecer una mayor frecuencia de precipitaciones en distintas regiones de Cuyo. Para una actividad agrícola desarrollada históricamente en ambientes áridos, este escenario representa un desafío importante, especialmente durante las etapas de crecimiento y desarrollo de los racimos.

El Niño es un fenómeno climático natural originado por el calentamiento anormal y persistente de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial central y oriental. Esta alteración modifica la circulación atmosférica y puede provocar cambios en los patrones de precipitaciones y temperaturas en diferentes regiones del planeta.

En Argentina, sus efectos suelen asociarse con mayores probabilidades de lluvias en distintas áreas, aunque su intensidad y distribución dependen de la época del año y de las condiciones atmosféricas regionales. Por eso, no es científicamente correcto afirmar que El Niño provocará necesariamente una determinada cantidad de precipitaciones o pérdidas productivas en cada localidad. Lo que sí permite es identificar un escenario de riesgo que exige mayor prevención y seguimiento meteorológico.

En Mendoza y San Juan, el exceso de humedad puede convertirse en un factor especialmente perjudicial para la vid. La persistencia de lluvias, la elevada humedad ambiental y las dificultades para acceder a las fincas generan condiciones favorables para el desarrollo de enfermedades que afectan hojas, brotes y racimos.

Una de las principales amenazas es la peronóspora, una enfermedad provocada por Plasmopara viticola, un microorganismo perteneciente al grupo de los oomicetos. Aunque suele incluirse entre las enfermedades de origen fúngico, desde el punto de vista biológico no es un hongo verdadero.

Su propagación está estrechamente vinculada con la humedad y la presencia de agua sobre los tejidos vegetales. Las precipitaciones y las temperaturas favorables facilitan la germinación de sus estructuras reproductivas y la infección de las plantas. Cuando el ataque es intenso, puede provocar manchas en las hojas, deterioro de los brotes, daños en las inflorescencias y pérdida de racimos.

El impacto no termina necesariamente con la destrucción de una parte de la producción. La defoliación prematura reduce la superficie disponible para realizar la fotosíntesis, proceso mediante el cual la planta transforma la energía solar en compuestos orgánicos necesarios para su crecimiento. Una pérdida importante de masa foliar puede comprometer la acumulación de reservas y afectar el desarrollo del viñedo durante el ciclo siguiente.

Por esta razón, el control sanitario requiere vigilancia permanente y tratamientos preventivos realizados en los momentos adecuados. Sin embargo, las lluvias frecuentes pueden dificultar las aplicaciones, reducir las ventanas de trabajo y dejar los suelos sin condiciones apropiadas para el ingreso de tractores y maquinaria agrícola.

Aquí aparece uno de los aspectos más delicados de la crisis: la falta de recursos económicos para enfrentar las exigencias de un escenario climático adverso.

Los productores vienen soportando una fuerte presión sobre sus márgenes de rentabilidad. Los costos de energía, fertilizantes, combustibles, mano de obra y productos fitosanitarios aumentaron considerablemente, mientras que los valores recibidos por la uva no siempre alcanzan para cubrir las inversiones realizadas durante el año.

En algunos establecimientos, la situación llegó al extremo de que parte de la producción no pudo ser cosechada por falta de dinero para afrontar los gastos de recolección. Se trata de una señal particularmente grave, porque evidencia que el problema ya no se limita a cuánto produce una finca, sino también a la posibilidad concreta de mantenerla en funcionamiento.

La falta de liquidez tiene consecuencias directas sobre el manejo agronómico. Cuando los ingresos no alcanzan, se reducen las aplicaciones preventivas, se posterga la fertilización y se restringen los riegos para disminuir los gastos energéticos. Estas decisiones, muchas veces obligadas por la situación financiera, pueden debilitar las plantas y aumentar su exposición a enfermedades y contingencias meteorológicas.

En un contexto de El Niño, esa vulnerabilidad puede agravarse. Una primavera húmeda exige controles sanitarios más frecuentes, porque las condiciones ambientales pueden favorecer la multiplicación y propagación de los agentes patógenos. No realizar los tratamientos oportunamente puede incrementar las pérdidas y comprometer el rendimiento de la próxima vendimia.

Las heladas tardías constituyen otro factor de preocupación. Cuando se producen después de la brotación, pueden destruir tejidos jóvenes y afectar las estructuras reproductivas de la vid. El daño depende de la intensidad y duración del descenso térmico, así como del estado de desarrollo de las plantas. Si el fenómeno coincide con etapas sensibles, puede reducir la cantidad de racimos y afectar directamente el volumen de uva disponible para la cosecha.

A esto se suman las posibles tormentas con granizo, capaces de provocar daños mecánicos en hojas, brotes y frutos. La combinación de heladas, enfermedades y precipitaciones persistentes configura un escenario de riesgo que obliga a extremar las medidas de prevención.

En San Juan, las perspectivas tampoco son alentadoras. Aunque la cosecha 2026 mostró una recuperación respecto de la temporada anterior, las condiciones actuales generan preocupación por la posibilidad de una nueva retracción. La presencia de peronóspora, particularmente en variedades comunes destinadas a la elaboración de mosto, junto con las heladas registradas durante septiembre, representa una amenaza para el desarrollo de los cultivos.

La situación es similar en distintas zonas productivas de Mendoza, donde los viñateros advierten que las dificultades económicas están condicionando la posibilidad de realizar los trabajos necesarios para proteger los viñedos. Incluso cuando existen recursos para adquirir los productos fitosanitarios, las condiciones de humedad y la falta de piso pueden impedir el ingreso de maquinaria y la aplicación de los tratamientos.

De esta manera, la próxima vendimia se encuentra condicionada por dos problemas que se potencian entre sí: el riesgo climático y la fragilidad financiera de los productores. Mientras el primero puede incrementar la presión de enfermedades y las pérdidas de rendimiento, el segundo reduce la capacidad de respuesta frente a esas amenazas.

El peligro es que la vitivinicultura ingrese en un círculo de deterioro productivo. Menores precios e ingresos generan menos inversión; la falta de inversión debilita el manejo de los cultivos; y las dificultades sanitarias y climáticas pueden provocar nuevas pérdidas, profundizando todavía más la crisis.

La preocupación excede ampliamente el resultado de una cosecha. Mendoza y San Juan sostienen una actividad que genera empleo, moviliza economías regionales, abastece a la industria y forma parte de la identidad histórica y cultural de Cuyo. El debilitamiento del productor primario amenaza con afectar a toda esa estructura, desde los trabajadores rurales hasta las bodegas, los proveedores de insumos y los circuitos comerciales vinculados con el vino.

La vendimia 2027 todavía no tiene un resultado definido y sería prematuro anticipar cifras concretas de producción. Sin embargo, las señales de alerta son suficientes para advertir que el escenario puede complicarse considerablemente si persisten las condiciones climáticas adversas y no se recupera la rentabilidad del sector.

El desafío será doble: enfrentar las consecuencias de un fenómeno climático que puede incrementar los riesgos sanitarios y, al mismo tiempo, evitar que la falta de recursos termine dejando a los productores sin herramientas para proteger sus cultivos.

La vitivinicultura regional necesita algo más que esperar que el clima acompañe. Requiere condiciones económicas que permitan sostener las explotaciones, financiamiento para las tareas agrícolas y políticas de prevención que contemplen los riesgos climáticos. De lo contrario, la próxima vendimia podría convertirse en otro capítulo de una crisis que amenaza con dejar consecuencias mucho más profundas que una simple disminución de los volúmenes cosechados.

Foto de Portada: Infobae