La flor que nadie fotografía - Por:. Nicolás Solano

La primavera en San Rafael no pide permiso. La semana pasada los cerezos eran palos pelados, grises, con cara de que no iban a volver nunca a la vida. Hoy están cubiertos de blanco.

CULTURA

10/7/20263 min read

Unos días antes, con los duraznos, pasó lo mismo: se pusieron rosados de un día para el otro, como si alguien hubiera dado la orden a escondidas mientras yo miraba para otro lado.

Me pasé la semana sacando fotos: los duraznos, los cerezos, un atardecer sobre la cordillera que el teléfono no capturó ni la mitad de lindo de lo que era. Toda una vida acá y todavía freno la camioneta en la banquina para mirar, como un turista recién llegado que no entiende cómo los de acá pasan al lado sin darse vuelta. El día que pierda eso, voy a haber perdido algo más que la costumbre de mirar.

Pero lo curioso de todo esto es que la floración que más importa en una finca es la que menos aparece en las fotos.

La primera vez que trabajé en viñedo, alguien me dijo que las vides estaban por florecer y me entusiasmé. Me imaginaba algo como los cerezos, hileras enteras pintadas de blanco. El ingeniero agrónomo levantó una hoja y me señaló algo. Me agaché. No vi nada. Me agaché más. Ahí estaba: un racimito de bolitas verdes, más chico que la goma de un lápiz. Si metés la nariz bien cerca tiene un olor dulce, apenas, de esos que se escapan si respirás fuerte. De esa cosita insignificante depende que haya un año de vino o no.

En octubre todavía no llegamos a esa etapa. Ahora las yemas se están abriendo y largan las primeras hojas, un verde clarito, casi amarillo, que dura unas pocas semanas y después se oscurece. Las flores vienen más adelante. Cada uva que se cosecha en marzo empieza siendo una de esas bolitas, y si justo en esos días viene un viento fuerte o una lluvia, el racimo cuaja ralo y no hay nada que hacer. La copa que vas a tomar dentro de algunos años se decide ahí, en noviembre, mucho antes que en cualquier bodega.

Por eso este es el momento de más trabajo. La poda terminó y los sarmientos están atados a los alambres. El agua de riego volvió a correr por las acequias, helada, recién bajada de la cordillera; metés la mano y te duelen los dedos. Se revisa la malla antigranizo buscando agujeros, porque el granizo en San Rafael no es chiste. Lo vi llevarse la cosecha de un año entero en diez minutos. Todas las mañanas alguien recorre las hileras con las manos en los bolsillos, mirando cada planta como quien revisa a un chico con fiebre.

Se comienza a mirar con mayor recelo al cielo. La helada tardía es el miedo que se empieza a desbloquear en esta época. Puede ser una tarde linda, estás comiendo afuera en mangas de camisa, y a las tres de la mañana el termómetro está bajo cero y los brotes amanecen negros, quemados. Los que tienen durazneros pierden el sueño igual. En una noche así todo el mundo está despierto: luces prendidas en las casas de las fincas, gente que sale cada media hora a mirar el termómetro, alguno que prende fuego entre las hileras para ver si zafa. Nadie llama a nadie. Pero todos están ahí, mirando lo mismo. El pueblo entra en un ritmo que no sale en ninguna postal, un ritual estacional que se repite año tras año.

Nunca fui bueno para esperar, y la viña no me curó del todo. Sigo yendo a mirar las plantas más seguido de lo que hace falta.

Disfruten los cerezos. Son la cara que la primavera le muestra al mundo, la que todos fotografían y nadie discute. La metáfora de todo esto es que muchas veces nos pasa algo parecido. Andamos pendientes de la parte nuestra que florece a la vista, la que se deja fotografiar, y nos olvidamos de que es la primera que se lleva el viento. Lo que de verdad va a cuajar se arma abajo, callado, a la sombra de una hoja, en ese lugar que preferimos no mirar porque no es lindo ni se presta para la foto. Ahí abajo está lo que no le contamos a nadie, nuestras propias heladas, nuestros propios miedos. De ahí, de la forma en que cultivemos todo eso, luego sale el fruto.

Pasan muchas primaveras hasta que uno aprende que las flores rara vez crecen a la altura de los ojos. Algunas hay que buscarlas. Otras nos encuentran en silencio, cuando por fin miramos para adentro, y es allí donde uno se sorprende de todo lo que ha crecido sin que nadie le sacara una foto.

Gentileza:

Sommelier Nicolás Solano <nicosolano@gmail.com