El idioma que dejamos en el camino - Por: Nicolás Solano

Hay generaciones que se reconocen por la ropa, por la música, por el corte de pelo. La mía, además, se reconoce por cómo hablaba entre sí.

CULTURA

10/26/20263 min read

En los 80 y los 90 armamos un diccionario propio, nacido en la vereda y en el recreo, no en un estudio de streaming: loco, máquina, quilombo, posta, zarpado, bardo. Palabras que no venían de ningún lado en particular. Las fuimos fabricando entre nosotros, a los ponchazos, hasta que un día ya estaban instaladas y nadie se acordaba del momento exacto en que habían nacido.

Algunas de esas palabras siguen vivas, aunque cambiadas. “Posta” sigue circulando, pero ya no suena igual en la boca de un pibe de quince que en la de alguien que nació en el 80. “Quilombo” se volvió casi universal, cruzó generaciones sin perder fuerza, lo cual es raro: pocas palabras del lunfardo viejo logran eso. Otras se quedaron ancladas en su época como una foto con fecha: “zarpado” ya suena a archivo, a algo que uno dice en joda imitando a su propia juventud. Y otras, directamente, se extinguieron del todo. Pocos dicen “chamuyar” con la frecuencia de antes, y cuando alguien lo dice, lo dice sabiendo que está citando un idioma viejo, no hablando uno nuevo.

Lo interesante no es solo qué palabras sobrevivieron, sino de dónde vienen las que las reemplazaron. “Plot twist” no nació en una esquina ni en una mesa de café: bajó derecho de una plataforma, con subtítulos, y se instaló al mismo tiempo en Mendoza, en Madrid y en Miami. “Cringe” tuvo el mismo viaje: nombra esa vergüenza ajena que antes decíamos con una mueca o con un “qué embarazoso”, pero llegó ya envasada, lista para usar, sin escalas en el camino. “Ghostear” hizo algo parecido con el silencio del que corta el contacto sin avisar: antes a eso simplemente no le poníamos nombre, o decíamos que alguien “se borró”, y ahora tiene una palabra que nació en inglés y se instaló entera, con verbo conjugado y todo, en una sola temporada. El lunfardo viejo se armaba cara a cara, entre pares que compartían la misma vereda. El nuevo baja en paralelo para todo el mundo, en inglés, con el sello de una serie o de una red social estampado adentro.

Ahí hay un cambio que no es solo de vocabulario. Antes, una palabra nueva tardaba en viajar. Salía de un barrio, cruzaba a otro, mutaba en el camino, y para cuando llegaba al resto del país ya tenía acento propio. Hoy una palabra nace y a la semana siguiente la usa todo el continente, sin escalas, sin variantes regionales, como si el idioma se hubiera vuelto wifi. El lunfardo tenía geografía. Lo que viene ahora no la tiene, o la tiene distinta: no es barrio, es plataforma.

Sin embargo, lo que esas palabras nombran no es nuevo. “Plot twist” nombra algo que el lunfardo también nombraba, aunque con otra textura: “se dio vuelta la taba”, decían los más viejos, para describir exactamente ese momento en que la suerte, o la vida, cambia de bando sin avisar. Es la misma idea con otro disfraz. Lo que cambió no fue la experiencia humana del giro inesperado. Cambió el envase con el que se la nombra, y cambió, sobre todo, quién fabrica ese envase.

Da la sensación de que cada generación tiene su propio stock de palabras y que ese stock tiene fecha de vencimiento, aunque antes la fecha era más larga. “Loco” y “máquina” tardaron décadas en empezar a sonar antiguas. Las palabras de hoy, las que bajan de una plataforma, parecen envejecer a una velocidad distinta, porque la misma velocidad con la que llegan es la que después las empuja afuera, reemplazadas por la camada siguiente antes de que la anterior termine de asentarse.

No sé si hay que lamentar eso o simplemente registrarlo. El lunfardo de los 80 no era mejor por haber nacido en la calle, ni es peor lo que nace hoy en una pantalla. Lo que sí cambió es el ritmo: antes uno tenía tiempo de hacerse dueño de una palabra antes de que se volviera vieja. Y quizás eso es lo único que de verdad nos va a pasar a todos, tarde o temprano: en algún momento, sin que nadie nos avise, se nos da vuelta la taba, y la palabra que una vez fue nuestra pasa a sonar, en boca de otro, como un idioma extranjero.