El susurro del Atuel - Por: Nicolás Solano
Descripción de la publicación
CULTURA
9/28/20264 min read


Hay una leyenda aborigen muy linda sobre el río Atuel, referida sobre el agua que le fue dando forma al cañón con paciencia infinita, piedra por piedra, durante siglos. Hoy pasan cientos de turistas por día, muchos se van sin haberle dado a la historia la oportunidad de, una vez escuchada, enamorarlos. Yo se las cuento así, para que la próxima vez que alguien se pare frente a ese cañón sepa que no está mirando solamente un paisaje.
Dicen que, en tiempos de una sequía muy dura, un cacique llamado Talú conoció a una mujer, Clara. Se amaron desde el primer día y de ese amor nació un hijo: Atuel. Después vino la guerra. Hombres blancos atacaron a la tribu, Talú murió peleando y Clara escapó con su hijo en brazos hacia la montaña, que es donde ella pensó que uno va cuando ya no queda nadie en la tierra a quien pedirle ayuda. En la cumbre no pidió salvarse ella, pidió agua para los que había dejado atrás. Y cuando entendió que el precio a pagar era ineludible, se entregó entera, con su hijo. De esas dos vidas, dice la leyenda, nació el río: agua bajando por la piedra reseca hasta el pueblo que la esperaba. Por eso lo llamaron Atuel, en honor a su hijo.
No sabemos si el sacrificio de Clara fue elección o el único camino que le quedaba. Algo me enseñaron mis hijos mejor que los libros: la sangre, cuando hay hijos de por medio, deja de ser solamente de uno. Circula distinto. Se reparte sin que a ninguno le falte. El agua hace lo mismo con la montaña: nace allá arriba, en la nieve que se derrite sin apuro, y baja regando cada curva, cada raíz, cada cultivo en las fincas, sin que a la montaña le falte nada en el afán de darlo todo. Es un sistema circulatorio: aunque no tenga venas, la montaña es el gran corazón desde donde todo emana.
Un día me arrimé al río con mi hija Clara. Digo su nombre y algo se me estremece dentro, porque se llama igual que la mujer de la leyenda. No sé si darle ese nombre fue casualidad o algún guiño que la vida se permitió. Nos acercamos en silencio, porque a esa edad —la de ella, la mía— el silencio también es una forma de hablar. Se agachó, metió la mano en el agua y la dejó un rato sumergida, hasta que el frío empezó a dolerle. Subió su mirada de ojos celestes y me preguntó de dónde venía el agua. Le dije que "de ahí arriba, de la nieve", y le expliqué que esa misma agua que le estaba congelando los dedos después iba a llegar hasta la finca, hasta la vid, hasta la copa de alguien que ni sabe que ese frío recorrió una montaña entera hasta llegar ahí. Clara se quedó pensando y me dijo, simple, como dicen los hijos sin saber que están expresando lo más grande del día: "Entonces el agua nunca se termina, solo cambia de lugar."
No supe qué contestarle. Tampoco le conté, ese día, que llevaba el mismo nombre que la mujer que, según dicen, se convirtió en río. Quizás se lo cuente otro día, quizás alguna vez lea esto y se entere así. Pero esa tarde, de regreso, me pareció escuchar algo en el ruido del río que no era solamente agua. Tal vez fue el cansancio, tal vez la luz que a esa hora ya no distingue entre lo que uno ve y lo que necesita ver. Sentí, más que escuché, algo parecido a una voz vieja, de tierra, que no pedía nada ni explicaba nada, que simplemente estaba ahí, esperando a que uno recuerde que pisa un cuerpo vivo disfrazado de paisaje. La Pachamama no habla en frases. Habla en la temperatura de la piedra al atardecer, en el perfume del suelo después de una lluvia que tardó en llegar, en el peso justo de la mano de una hija agarrada a la tuya en un camino difícil.
Vuelvo seguido al Atuel, de día o de noche, cuando la soledad me pide algo que no sé nombrar. Me siento en una piedra al borde del río y ahí entiendo lo que antes solo había escuchado contar. El agua del Atuel no suena como agua. Hay un momento en que dejamos de escuchar un río y empezamos a escuchar una respiración: grave cuando el cauce se abre, aguda cuando se estrecha, y por momentos, si uno se queda quieto el tiempo suficiente, juro que es posible oír una voz dentro de ese sonido. No hace falta creer en nada para sentirlo. Basta con haber tenido hijos, o con haber sido hijo de alguien que se sacrificó por vos sin decírtelo. Dicen que ese sonido es Clara, que todavía canta. Y cuando la escucho, ya no sé bien a cuál de las dos estoy escuchando, si a la del mito o a la mía.
Con el tiempo entendí que da lo mismo, porque el amor de padre, al igual que el agua, no se guarda para uno: se suelta cuesta abajo, hacia donde más falta hace. Soltarlo no es perderla a ella. Es dejarla ir, dejarla crecer, confiando en que ese mismo cauce que hoy la lleva lejos de mi mano un día la va a traer de vuelta, convertida en otra cosa, como el río, que nunca es la misma agua, pero siempre es el mismo hijo.
Gentileza: Sommelier Nicolás Solano - nicosolano@gmail.com
Pirámide Informativa
Diario digital regional. Periodismo directo y actualidad al instante.
Secciones
Inicio
Política
Sociedad
Economía
Cultura
Ciencia y Tecnología
Contacto
Redacción y Anuncios
prensapiramideinformativa@gmail.com
San Rafael, Mendoza, Argentina.
© 2026 Pirámide Informativa-Cobertura periodística directa, política, economía y comunidad regional.
PERIODISMO REGIONAL INDEPENDIENTE


