Asegurarse las contras..... LAS CONTRAS…

Sentado junto a mi hijo en el sillón mirando fútbol. Para mí, un gesto extraño: casi nunca me quedo noventa minutos seguidos frente a nada

SOCIEDAD

Sommelier - Nicolás Solano

9/21/20263 min read

La semana pasada, después de un día largo, el cansancio me encontró sentado junto a mi hijo en el sillón mirando fútbol. Para mí, un gesto extraño: casi nunca me quedo noventa minutos seguidos frente a nada. A los veinte ya estoy pensando en otra cosa: un mail pendiente, una frase inconclusa, un proyecto que reclama atención. Solo los héroes con capa o los guerreros con sable de luz me sostienen dos horas sin pestañear. El resto del mundo pierde siempre contra esa fascinación. Pero esa noche, con mi hijo al lado, explicándome jugadas con la naturalidad de quien ya entiende más táctica que yo, resistí el partido entero.

En un momento me dijo que el equipo debía asegurarse las contras. La frase me dejó regulando. Me explicó, con la simpleza de quien sabe y no presume, que cuando un equipo se lanza a buscar el gol deja espacios atrás, y si no los cuida, el rival aprovecha la carrera y convierte de contragolpe. Asegurarse las contras es eso: atacar sin regalar la espalda.

Me quedé pensando cuánto de mi vida había jugado así. O todo ataque —lanzarme, arriesgar, meterme en proyectos, en amores, en decisiones sin red— o todo defensa, cerrado, sin salir del área, cuidando cada centímetro para que nada me alcanzara. Nunca las dos cosas juntas. Ahora que lo pienso con calma, sospecho que no era falta de estrategia, sino un uso torcido de virtudes que después aprendí a nombrar. Cuando atacaba sin cuidarme, llamaba fortaleza a lo que era huida; la velocidad me servía de anestesia. Cuando me cerraba atrás, decía prudencia a lo que era miedo. Dos posturas distintas que evitaban lo mismo: la incomodidad de no saber qué iba a pasar.

Pasaron unos días hasta que entendí qué faltaba para equilibrar el juego. Allí apareció la templanza, esa virtud silenciosa que no necesita aplausos. Es frenar a tiempo, decir que no, cortar una conversación cuando el cuerpo avisa. Es la jugada sin gloria que salva el resultado: el defensor que intercepta el contragolpe antes de que sea gol. La templanza no brilla, pero sostiene.

Lo que mi hijo estaba explicando sin saberlo también tenía que ver con otra palabra antigua: justicia. No la solemne, sino la simple, la de darle a cada cosa lo suyo. El equipo que ataca bien no deja de defender; reparte el trabajo con cabeza. Dos quedan atrás mientras los otros arriesgan adelante, ninguna zona de la cancha queda sin atención. La valentía y el resguardo no compiten: se necesitan. Hace falta justicia interna para dárselos a ambos en su medida.

Salir a vivir, soltar, meterse en lo que uno quiere no significa lanzarse sin nada atrás. Tampoco significa tener todo cubierto, porque eso no existe. Siempre queda un tramo de cancha vacío, un costado por donde puede entrar el susto. Lo que cambia es cuánto terreno dejás libre. Un vínculo firme, una rutina que sostiene, un par de certezas propias que no dependen de cómo salga la jugada de afuera, no evitan el gol en contra. Pero achican el arco.

Ya tarde, cuando el partido terminó y mi hijo se fue a dormir, me quedé sentado sin apagar el televisor. Pensaba que estas cuatro cosas —templanza, justicia, fortaleza y esa prudencia que tantas veces confundí con miedo— no son un examen que se aprueba una vez. Se juegan de nuevo cada partido, cada día, a veces cada minuto. No sé si esa noche entendí algo nuevo sobre el fútbol. Sé que me fui a acostar preguntándome cuántas veces, en mi propia cancha, confundí estar en equilibrio con simplemente no haberme dado cuenta de hacia qué lado corría.