Alfredo y Yo - Por:. Nicolás Solano

Un hombre firma, paga y atiende al banco; el otro es padre, aprendiz y tiene apodos. Una historia sobre el nombre que nos pusieron y el nombre con el que vivimos.

CULTURA

10/19/20263 min read

En este cuerpo vivimos dos. Compartimos una sola cama, un solo cepillo de dientes y un solo documento, pero no nos llamamos igual. Yo soy Nico. El otro es Alfredo, y llegó primero.

Se mudó el mismo día que yo nací. Mi abuela paterna decidió que el nieto tenía que llevar el nombre del padre, y así, mientras yo todavía no sabía ni llorar con prolijidad, firmaron la escritura por los dos. A Nicolás le sumaron un inquilino, y para colmo lo pusieron adelante, en la pieza que da a la calle. Nadie elige su nombre al nacer, ya sé. Pero a uno al menos le gustaría elegir con quién convive.

En mi vida nunca lo usé. Ni en casa, ni con amigos, ni siquiera en el trabajo. Alfredo, sin embargo, nunca se fue. Es de esas compañías leales que no hacen ruido, que siempre están, aunque sea en un rincón. Se levanta temprano, se pone el saco y se va a la oficina llena de papeles, que es donde realmente vive.

Lo curioso es que Alfredo no tiene apodo. Nadie le dice Freddy, ni Fredito, ni Alfred. No tiene diminutivos, ni sobrenombres, ni esa forma cariñosa con que se nombra a la gente que uno quiere. Alfredo no es un nombre de casa: es un título. Es el administrativo, el serio, el que se lleva las responsabilidades y asume los compromisos. -Como todo título, me acompaña las veinticuatro horas, aunque nadie lo pronuncie.

Nico, en cambio, tiene la ropa arrugada y el placard hecho un desastre. Es el que la vive, el del día a día: el padre, el aprendiz y de a poquito maestro. Tiene apodo porque lo usan los que lo quieren. No es el responsable de que lo llame un banco, de que le ofrezcan una tarjeta nueva ni de que haya que pagar un impuesto. Eso no es asunto suyo. Para eso está el de saco.

La transformación no necesita pócima ni laboratorio. Basta una ventanilla. Alguien del otro lado del vidrio que lea el documento y diga "Alfredo", para que en ese instante Nico se haga a un lado y el otro pase como misil al frente, se acomode la corbata invisible y conteste. Lo mismo pasa con el teléfono. Cuando una voz amable pregunta por el señor Alfredo, ya sé que no es para mí. Es para él, así que lo dejo hablar tranquilo sin meterme en lo que no sé.

Podría parecer que nos llevamos mal, pero no. Lo que siento por Alfredo es indiferencia, la misma que uno siente por el compañero de oficina al que saluda en el pasillo sin saber si tiene hijos. No lo odio y tampoco lo extraño. Incluso le estoy agradecido: mientras él espera el turno en el banco, firma los papeles y carga con las deudas, yo me ocupo de vivir. Es una división del trabajo bastante justa. Él tiene la responsabilidad y yo tengo los apodos.

El único miedo que tengo es que un día se quede más de la cuenta. Que de tanto firmar, el de saco se instale en el living, se adueñe del control remoto y empiece a atender también cuando me llaman mis hijos. Por eso cuido esa indiferencia como quien cuida una medianera entre dos patios: no para pelear con el vecino, sino para que cada uno sepa dónde termina lo suyo.

Tengo cuarenta y cinco años y no pienso cambiar mis nombres. Son míos, aunque no los haya elegido, como los lunares o el apellido. Con el tiempo aprendí que no hace falta querer todos los nombres para habitarlos, y que lo que uno hace con un nombre pesa más que el gusto con que lo recibió.

A veces pienso que, después de tantos años, los dos nos nos vamos pareciendo. Nico va asumiendo responsabilidades y Alfredo de vez en cuando se afloja el nudo de la corbata.

Quizás madurar sea eso: mirarse al espejo y reconocer a los dos, sin tener que echar a ninguno de la casa. Porque en el fondo la misma mano que firma es la que juega y comparte con mis hijos.

Gentileza:

Sommelier Nicolás Solano - nicosolano@gmail.com