San Rafael, Mendoza miércoles 09 de septiembre de 2026

Rosetas, enemigas nómades del viñedo – Por:. Nicolás Solano

Hay una idea que traigo hace tiempo, medio romántica: que la roseta era la incomprendida del suelo, la que todos maltratamos sin ver el bien que nos hace. Se la consulté a Marcelo, un amigo ingeniero agrónomo que sabe de esto más que nadie que yo conozca, la realidad resultó más complicada, y más interesante, que mi idea original.

La roseta, esa plantita baja, achatada contra la tierra, que abre sus hojas en círculo como una mano abierta, no le saca agua al viñedo ni le roba nutrientes. Vive donde nadie riega ni abona: en los callejones, en el margen, en la tierra que ya nadie mira. Ahí no hay con qué competir. Y sin embargo es una enemiga de fierro, aunque no por lo que uno imaginaría. El problema no es lo que consume, es lo que impide: donde avanza, no se puede podar, no se puede desbrotar, no se puede entrar con la máquina ni con la mano. Aísla, no de sed ni de hambre, sino de trabajo. Un viñedo tomado por la roseta es un viñedo que el hombre le cuesta tocar, y eso, para quien vive de esa tierra, pesa tanto como cualquier otra plaga. Hay dos, según me contaron: una rastrera, que se pega al piso, y otra un poco más alta, más traicionera todavía porque a simple vista parece manejable y no lo es.

Hay que decirlo también, porque sería medio hipócrita no hacerlo: a las rosetas no les tenemos cariño, y en parte la culpa es de ellas mismas. Las hay espinosas, de esas que se agazapan en cualquier rincón del patio, y en casa dieron más de un disgusto: algún juguete inflable de mis hijos terminó pinchado por una que nadie había visto crecer ahí. Esa espina es la que nos queda grabada. Lo que no sabía es que la misma espina que nos pincha a nosotros la protege de casi todo el mundo, menos de los pájaros: son los únicos capaces de abrirla sin lastimarse, comerla y diseminar la semilla, muchas veces en suelos menos castigados que aquel del que salió. La roseta no necesita nuestro calzado para viajar; tiene sus propios mensajeros, con alas.

Lo que más me hizo pensar fue lo otro que me explicó: la roseta no aparece porque sí, aparece porque el suelo ya está compactado. No es la causa, es el síntoma. Y una vez instalada, hace algo curioso: frena el paso que sigue castigando ese mismo lugar, el de los animales, el nuestro. Como si la tierra, ya golpeada, pusiera ahí una guardia espinosa para que nadie vuelva a pisar la herida. No cura la compactación, pero corta, a su manera bruta, lo que la sigue empeorando.

Ahí está lo que me quedó dando vueltas. Para el que trabaja el viñedo, la roseta es un enemigo acérrimo, y hay que llamarla así, sin darle vueltas: no se puede convivir, hay que sacarla si uno quiere volver a entrar en ese suelo. Pero mirada desde la tierra misma, no es la villana de la historia: es apenas la marca visible de un daño anterior, y un intento torpe, espinoso, de que no se lo sigamos haciendo. Dos verdades que conviven sin pisarse: se puede ser, al mismo tiempo, el indicador de una herida y el estorbo para el que quiere curarla.

Capaz que ahí está la lección, más agronómica que filosófica esta vez: antes de arrancar la roseta hay que preguntarse por qué está ahí. Casi siempre la respuesta no está en la planta, sino en lo que le hicimos al suelo antes de que ella llegara. Uno puede seguir sacándola, cosecha tras cosecha, y nunca resolver nada si no toca la causa: aflojar esa tierra, dejarla respirar, devolverle el paso a lo que la compactó. La roseta va a volver siempre que la herida siga abierta. No por rencorosa, sino porque ahí, justamente ahí, es donde encuentra su lugar.

Gentileza: 

Sommelier Nicolás Solanonicosolano@gmail.com

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