No es el vino el que arma el momento. Es el momento el que llama al vino.
Lo pienso cada vez que me pasa: aparece alguien justo en medio de un proceso interno, un cambio, una pérdida, una pregunta que ni siquiera sabía cómo hacerme, y esa persona vibra en la misma frecuencia que yo, sin proponérselo. Le llamamos casualidad, pero la palabra nunca me cerró del todo. Se parece más a una causalidad: como si en esos tramos estuviéramos más atentos, más porosos, capaces de notar a alguien que en cualquier otro momento hubiera pasado de largo sin dejar marca. Y no exagero cuando digo que a veces me asusta un poco la puntería con la que aparecen.
Hay algo en los procesos que llamo bisagra, esos tramos donde uno está mudando de piel sin saber todavía en qué se va a convertir, que nos vuelve más receptivos. Puntos débiles que se alinean con otros puntos débiles, y ahí el encuentro llega distinto. No creo que sea magia. Creo, más bien, que estábamos buscando, aunque no lo supiéramos, a alguien que nos acompañara en eso que veníamos atravesando solos. O quizás ni siquiera buscábamos: solo estábamos, por una vez, con las defensas bajas.
Con el vino me pasa algo parecido, y durante mucho tiempo creí que era al revés. Pensaba que un buen vino armaba una buena noche, que la botella correcta podía salvar una cena aburrida o encender una charla que no arrancaba. Ahora lo dudo. Me parece que es la ocasión la que llama al vino: la reunión que se extiende sin que nadie mire el reloj, la sobremesa que no quiere terminar, la charla que se pone honesta pasada la medianoche y pide una copa, o varias, para sostenerse. A veces alcanza con mirarla, sin tomar nada, solo teniéndola ahí como excusa para quedarse un rato más. Otras veces hace falta la compañía entera, y las historias que se van tejiendo alrededor de la botella hasta que a nadie le importa qué hora es.
Me gusta esa foto: todos alrededor del vino, no del vino mismo. El que abre su mejor botella sin que nadie se la pida, porque siente que ahí, en ese gesto un poco solemne, puede acompañar a los demás. Y me gusta todavía más, aunque sea menos vistoso, el que se ocupa de que ninguna copa quede vacía. El que llena sin avisar, casi escondido, para que los demás sigan hablando sin frenarse a mirar cuánto les queda. Ese gesto tan chico, tan poco fotogénico, dice de una persona más de lo que diría cualquier discurso armado para la ocasión.
Ahí el vino se saborea distinto. No es el protagonista de la noche, aunque a veces se lo crea. Sostiene el clima para que pase otra cosa, algo que ni el mejor vino del mundo puede producir solo. Los sentidos, más sueltos, entran en otra sintonía: la de juntarse, bajar la guardia, dejarse ir un rato sin pedir permiso. El vino no actúa la escena. La escribe desde atrás, calladito, y deja que la protagonicen las personas que están sentadas alrededor.
Por eso cuando pienso en los encuentros que llegaron justo a tiempo, y en las noches donde el vino apareció sin que nadie lo planeara, veo el mismo mecanismo funcionando, aunque me cueste explicarlo del todo. No salí a buscarlos. Estaba en un momento que los necesitaba, y ahí aparecieron, cada uno a su manera, a acompañarme. Con los años entendí que no hay que perseguir esas presencias, y que perseguirlas casi siempre las espanta. Solo hay que estar despierto cuando pasan cerca. El resto (la persona, la copa, la charla que se estira hasta tarde) llega solo, si uno se deja encontrar.
Gentileza:
Sommelier Nicolás Solano – nicosolano@gmail.com

