San Rafael, Mendoza miércoles 19 de agosto de 2026

La luna y el Fiat – Por:. Nicolás Solano

Recuerdo que en 1986 pasó el cometa Halley. Ese año nos fuimos de vacaciones con mis abuelos maternos a la playa, a Monte Hermoso, desde Mendoza, de un tirón, en un Fiat 1500.

Para un adulto era una odisea razonable, la única forma de hacer ese viaje en esa época. Para un niño de cinco años era otra cosa: una épica entera, con su principio, su nudo y su final, la viví así, sin nada con qué compararla todavía.

No lo supe entonces con esa claridad que dan los años, pero ahora, cuando lo pienso, todo ese verano quedó teñido por esa certeza que solo el tiempo revela: que hay cosas que pasan una sola vez frente a nuestros ojos, y que el resto de la vida las vamos a recordar cómo se recuerda algo que no va a volver.

El Halley tarda setenta y seis años en regresar. Yo tenía pocos años entonces. Algunos de los que íbamos en ese auto no iban a estar para volver a verlos de nuevo juntos. Aunque en ese momento nadie lo dijera, aunque ni siquiera lo pensáramos, el cometa ya estaba ahí arriba escribiendo esa despedida que todavía no sabíamos leer.

Mi abuelo era camionero de toda la vida, acostumbrado a la ruta, capaz de leerla como quien reconoce una cara. En esos años había menos tráfico y a él le gustaba salir de noche para llegar temprano. Partíamos a las diez. Recuerdo ese viaje en particular, con luna llena. Durante la noche de travesía, en un momento apagó las luces del auto, su auto, que cuidaba como un templo, que lavaba y le hablaba como si tuviera alma propia, y anduvimos decenas de kilómetros solos, a oscuras, alumbrados apenas por la misma luna que hoy sigo mirando, aunque hace años que la miro sin él al lado.

Esos viajes tenían algo místico. No fueron tantos, si los cuento con la cabeza de adulto que tengo ahora. Pero ese, con la luna como único faro, fue distinto a todos. Recuerdo el silencio, la vista clavada en lo que se llegaba a distinguir con esa luz tenue, y después en lo que los ojos iban descubriendo solos a medida que se acostumbraban a la oscuridad. Nadie hablaba. El resto de la familia dormía atrás. Éramos mi abuelo y yo, cómplices sin haberlo planeado, compañeros de un silencio que no hacía falta romper. No íbamos exactamente a la par: él manejaba, yo miraba, cada uno metido en lo suyo. Pero estábamos ahí, los dos despiertos, sosteniendo la misma noche sin necesidad de nombrarla.

Ahora que lo escribo entiendo mejor por qué ese recuerdo volvió con tanta fuerza al pensar en el Halley. Uno vive ciertas cosas sin saber que son irrepetibles. Recién después, cuando ya no están las personas o ya no están las circunstancias, se les encuentra el peso real. El cometa se aleja y tarda toda una vida en volver. Mi abuelo se fue hace años y a él, en cambio, no lo vuelvo a ver bajo ninguna luna. Pero ese viaje (esas dos o tres horas de ruta a oscuras, la luna llena de faro, el motor del Fiat como único sonido) sigue entero cada vez que levanto la vista de noche.

Envejecer un poco es más o menos eso: ir descubriendo, con el tiempo, cuáles de esos momentos que parecían de rutina eran en realidad los que importaban. Yo no elegí ese viaje como especial mientras lo vivía. Lo entendí después, con la distancia, cuando supe que ese silencio compartido con mi abuelo, bajo la luna de un verano de 1986, no se iba a repetir. El cometa quizás vuelva a cruzarse conmigo dentro de treinta y cinco años. Ese viaje con mi abuelo, no.

Gentileza;

Sommelier Nicolás Solano  – nicosolano@gmail.com

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