San Rafael, Mendoza lunes 17 de agosto de 2026

La caída de los 76 litros – Por:. Nicolás Solano

Hay un número que dice más de la Argentina que cualquier discurso económico. En 1970, según el INV, cada persona tomaba 91,8 litros de vino al año. El último dato cerrado, el de 2025, marca 16,1 litros. Restá una cifra de la otra y quedan casi 76 litros de diferencia. Por persona.

Aclaro algo más, ya que estamos siendo estrictos con los números: el dato de 2025 se publicó primero como 15,77 litros y unos meses después se revisó a 16,1. Pasa seguido con las estadísticas de consumo: se ajustan a medida que entra información de población y de ventas rezagadas.

Cuando veo esos 76 litros escritos, lo que pienso no es que bajó el consumo. Pienso que desapareció un hábito completo.

En los setenta el vino no pedía permiso. Estaba en la mesa como estaba el pan, la sal, el mantel. Uno lo tomaba sin preguntarse si correspondía, sin pensar en qué copa, sin buscar la palabra justa para describirlo. Hoy ese mismo litro que sobraba en cada botella se convirtió en excepción. Lo que antes era rutina hoy necesita ocasión.

¿A dónde se fueron esos litros? En gran parte, a la cerveza, que ronda los 43 litros per cápita al año, casi el triple del vino. Hace cincuenta años era al revés: la cerveza era la bebida de ocasión y el vino, la de todos los días. Se invirtieron los roles. El resto del espacio lo ocuparon las aguas saborizadas, las bebidas energéticas, las gaseosas — todo lo que no exige que sepas nada para pedirlo.

Porque ahí está el problema, más que en el precio. El vino se volvió complicado. No caro, complicado. Para pedirlo bien había que saber de años de cosecha, de regiones, de qué copa usar. El vino de damajuana no pedía nada de eso. Estaba ahí, se servía, se tomaba. Sin examen previo.

No creo que el vino sea peor que en 1970. Creo que dejó de hablarle a la gente que no sabe de vino, que es casi toda la gente. Le sigue hablando a los que ya entraron al club. Y un club, por definición, deja gente afuera. Cuantos más requisitos le ponés en la puerta, menos gente entra.

Los 76 litros que perdimos no se evaporaron solos. Los rechazamos, como quien deja de ir a un lugar donde ya no se siente cómodo. Y ese rechazo no fue culpa del que dejó de tomar. Fue culpa de quien decidió que el vino necesitaba ser importante, denso, intimidante, que necesitaba discurso antes que sed.

El vino no necesitaba nada de eso. Necesitaba quedarse en la mesa. Nada más que eso.

Gentileza;

Sommelier Nicolás Solano – nicosolano@gmail.com

 

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