San Rafael, Mendoza miércoles 08 de julio de 2026

Cocos y Chañares – Por:. Nicolás Solano

Una vez alguien me dijo que se sentía que era como un coco…

Que tenía capas y que había que atravesarlas de a una, porque al final, en el centro, la esperaba la calma: agua fresca, transparente, en paz consigo misma. Me quedé unos días con esa imagen tratando de razonarla hasta que empecé a dudar. Porque conozco gente —y me conozco a mí por sobre todos— para quienes llegar al centro no es llegar a la paz. Es ahí, justo ahí, donde empieza lo más difícil.

Por eso terminé pensando en otra fruta, más nuestra: el chañar, fruto del árbol homónimo. Crece donde casi nada prospera y, aun así, llega cargado, dulce, como si la escasez fuera parte de la receta. Tiene la misma estructura que el coco —piel, pulpa, núcleo protegido—, pero cuenta otra historia. En el coco lo duro es la barrera y lo íntimo es blando: agua, descanso, premio. En el chañar es al revés: la pulpa da algo de tranquilidad, pero el centro sigue siendo duro. Hay hueso, no agua. Y ese detalle lo cambia todo.

Hay personas que atraviesan la vida convencidas de que, su centro es ese agua tranquila  y que cuando llegan o dejan entrar a alguien allí, van a encontrar la calma. A veces no es así. A veces se llega al centro y lo que hay es una guerra. No contra otros, sino contra uno mismo.

Llega un momento, inevitablemente, en que uno hace las cuentas de su vida y descubre que no cierran del todo. El cuerpo, los vínculos, las decisiones tomadas y las que no, todo se junta y pide revisión al mismo tiempo, como si la vida hubiera estado esperando pacientemente ese momento para presentar la factura completa. No es una crisis que se cura llegando al fondo de uno mismo y encontrando un lago tranquilo. Es más bien un carozo: duro, cerrado, con algo adentro que todavía no sabe si es semilla o cicatriz. Y, por un tiempo —a veces largo—, no hay forma de saber cuál de las dos cosas es.

El chañar no evita su propia dureza: sabe que, si la hierve a fuego lento con templanza, esa materia que no cedía por sí sola se convierte en arrope. Y esto no es un premio de consuelo: es un remedio real, usado durante generaciones para lo que oprime el pecho.

Nunca se sabe bien qué es lo que aplasta el pecho de otro. Puede ser pena, puede ser culpa, un impulso, puede ser algo que se quiso decir y nunca se dijo. El cuerpo no aclara esas cosas, solo las guarda todas juntas, apretadas, esperando el fuego que las suelte.

Ahí está la diferencia que importa. El coco promete que, del otro lado de las capas, hay descanso. El chañar, más honesto con ciertas crisis, dice otra cosa: llegar al centro no es el final del trabajo, es el principio de otro. La batalla no está antes del núcleo, protegiendo algo blando. La batalla está dentro del núcleo mismo. Y es de esa batalla —no evitándola— de donde puede salir algo que sane.

Me gusta pensar que ninguna guerra interna es pura destrucción. Que el mismo material que no cede fácil, tratado con tiempo y calor justos, puede terminar siendo lo que cure a otros. No porque el dolor tenga un sentido mágico en sí mismo, sino porque atravesarlo entero, sin atajos, deja algo que luego se puede compartir con alguien que esté empezando su propia versión de la misma batalla.

El monte no apura a nadie. El chañar tampoco. Pero ambos ahora saben que un carozo que nunca se hierve se queda, para siempre, como un hueso duro. Y también saben, cada uno a su modo, que el fuego nunca llega por azar: aparece cuando el fruto ya está listo para soportarlo. Porque no son opuestos, son aliados. Uno es descanso inmediato, el otro remedio paciente. Si compartieran, más que promesa: podrían ser destino.

Gentileza; Nicolás Solano – Sommelier 

nicosolano@gmail.com

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