San Rafael, Mendoza lunes 06 de julio de 2026

La Casita de Bad Bunny – Por:. Beatriz Genchi

Mucho tiempo estuvo todo el mundo hablando de “La Casita de Bad Bunny” pero casi nadie habla de su genealogía, como a mí me quedaron varias cosas dando vuelvas salí a investigar. Para esto en principio me ayudo escuchar al escritor español Pedro Torrijos. Y concluí en que la genealogía es tan intrincada como una peli de terror psicológico. Y en principio hay que observa que el diminutivo es importante. No porque minimice o le reste valor a lo que denomina, sino porque carga la dimensión de lo afectivo, lo íntimo, lo familiar.

La casita empieza en Long Island en 1947. Cuando William Jaird Levitt como presidente de Levitt & Sons, una empresa de promociones inmobiliarias y pioneros de la vivienda estadounidense, miro un sembrado de papas y vio, en lugar de papas el futuro de la clase media estadounidense. Y si, hay personas así… ¿Vos que otra cosa te imaginarias?

Para él tenía forma de 17.000 casas iguales. Literalmente iguales. Había aprendido en el ejecito a levantar barracas a toda velocidad y aplico la idea al baby boom de posguerra que había generado una crisis de vivienda asequible.

Casas construidas en serie a razón de una cada 16 minutos…???!!!

Esa urbanización se llamó Levitown. Eran unas casa baratas y también racistas porque el contrato incluía una cláusula que prohibía venderla a cualquiera que no fuese de raza blanca. Así estas urbanizaciones se llenaron de blancos que huían de las ciudades. Esto tiene un nombre técnico “White Flight = Fuga blanca” que suena a maniobra militar y en el fondo lo era, migración a gran escala de familias de ascendencia europea. Dejando así los centros de las ciudades a quienes no podían comprar un chalecito.

En 1953 la misma empresa hizo su despliegue en Toa Baja, un municipio puertorriqueño costero, que paso a ser famoso por su gran desarrollo urbanístico, otro Levitown calcado. La promesa de la clase media estampada en hormigón. Aquí no había clausula racial porque en Puerto Rico la exclusión funcionaba por canales económicos no por el color de la piel. O no solo. Pero el caso es que dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño de clase obrera se instaló a desear exactamente lo que un señor inspirado ante unas papas en Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.

Llegamos hoy a Mayna Magruder Ortiz puertorriqueña que es la arquitecta que está detrás de este diseño, inspirado en una vivienda real de Humacao. La arquitecta y artista visual se ha convertido en la mente escenográfica que está detrás de todo esto. Dice que su intención es crear trabajos «que cuenten historias», y por eso esta estructura está inspirada en una vivienda real de Humacao, en Puerto Rico. Representa la casa donde Bad Bunny creció y el hogar del barrio en el que se formó. Cuenta que la construcción interior es obra de artistas puertorriqueños y cerámicas de algunos artistas locales.

Rosa pastel, cornisas amarillas, sillas de plástico de las que pesan 800 g y son aguantadoras. Esta es la genealogía física de la casita, pero hay otra, la genealogía sociológica.

Al final del XIX en el Londres victoriano, se puso de moda entre la gente bien, una actividad que se llamó “slumming” que consistía en vestirse de pobre y viajar en ómnibus desde Mayfair a los barrios miserables del East End para ver de cerca como vivían los pobres. Como quien va al zoológico. Lo practicaron desde una hija de la Reina Victoria hasta el primer ministro Gladstone. El rico disfrazado de pobre desplazándose al barrio para mirar la miseria. No es que crea que Bad Bunny quiera hacer esto, pero esto es lo que está pasando porque las casitas y específicamente los corredores delanteros eran el órgano social de la vivienda el sitio donde se enfriaba la cerveza y se hacía música. El lugar donde la clase trabajadora hacia algo verdaderamente transgresor que es estar juntos sin pagar ninguna entrada.

En la casita de Bad Bunny quienes se reúnen son gente rica y famosa además de algunas chicas desconocidas blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeado (reclutador) y la palabra es exacta ha elegido para que compitan por quien sale más segundos en la pantalla. La selección siempre está presente en todo, pero aquí cada uno sabía perfectamente de que iba…de mostrarse.

Allí ha estado hasta la españolísima Marta Ortega Pérez presidenta de Inditex, siendo la base de la tienda Zara de Chelsea (Londres), lo que no es difícil de entender dado el millonario contrato que Bad Bunny termina de firmar con Zara. No estaba de casualidad y si escuchas las letras sabes a que púbico va dirigida la marca y allí estaba representado.

Mientras suena un tema de la gentrificación de Puerto Rico, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito. En 1967, el filósofo francés Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no se basa en la imagen, sino solo es imagen. La casita es esa frase hecha hormigón rosa.

La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar. La nostalgia del barrio obrero, las sillas de plástico y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala y la pasea por cuatro continentes y cobra 100 euros por verla de lejos.

El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.

Gentileza

Beatriz Genchi
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.
bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut.

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