San Rafael, Mendoza lunes 06 de julio de 2026

El vino no tiene que venir en botella – Por:. Nicolás Solano

Hay un objeto que el mundo del vino convirtió en símbolo sin querer: el sacacorchos. Está en los logos de las vinotecas, en los delantales de los sommeliers, en las ilustraciones de las cartas. Representa algo — el ritual, la apertura, la promesa de lo que viene después. Es un objeto con historia y con peso cultural genuino.

También es completamente prescindible.

La tapa a rosca lleva décadas demostrándolo. Es hermética, es práctica, no requiere herramienta ni técnica ni el momento incómodo en que el corcho se rompe a la mitad y hay que improvisar. Cierra y abre. Preserva el vino igual o mejor que muchos corchos naturales, que son un material orgánico con toda la variabilidad que eso implica. Y sin embargo, durante años, la industria la miró con desconfianza. Demasiado simple. Demasiado accesible. Como si la dificultad de abrir la botella fuera parte del valor del contenido.

No lo es.

La tapa a rosca le rompió el monopolio al sacacorchos y eso es bueno. Pero no fue sola. El bag in box llegó para quedarse: una bolsa hermética dentro de una caja de cartón que preserva el vino de la oxidación hasta seis semanas después de abierto, algo que ninguna botella puede hacer una vez descorchada. Para el consumo cotidiano, para la cocina, para quien quiere una copa sin comprometerse con la botella entera, es una solución que la botella de vidrio simplemente no tiene.

Después está el tetrabrik. Multilaminado, aséptico, térmico, liviano. Resiste golpes, soporta variaciones de temperatura, aprovecha el espacio en un pallet de una manera que la botella de vidrio no puede ni intentar. El prejuicio que carga es enorme y las razones técnicas para ese prejuicio son cada vez más difíciles de sostener. El vino adentro no sabe que está en cartón.

Y la lata. Quizás el formato más vilipendiado y el que tiene el argumento más sólido a su favor. Control de temperatura perfecto — enfría rápido y mantiene el frío. Hermetismo total. Liviana. Y es el único material infinitamente reciclable sin perder propiedades en el proceso. Cada lata de aluminio puede volverse otra lata indefinidamente. El vidrio también se recicla, pero con un costo energético considerablemente mayor y con pérdida de calidad en cada ciclo.

El problema de estos formatos no es químico ni técnico. Es cultural. Cargamos la botella de vidrio con un valor simbólico que fue útil cuando había que comunicar que el vino era algo serio, algo que merecía atención. Ese trabajo está hecho. El vino ya tiene prestigio. El desafío ahora es el opuesto: bajar la barrera de entrada sin bajar la calidad.

Un vino bueno en lata sigue siendo un vino bueno. Uno malo en botella de vidrio con corcho natural y etiqueta de diseño sigue siendo un vino malo.

El envase nunca fue el vino. Fue el traje que le pusimos para que lo tomaran en serio. Hay ocasiones en que el traje importa. Y hay ocasiones — un mediodía de verano, una mochila, una mesa sin mantel — en que lo que importa es lo que hay adentro.

Simplificar no es resignarse. A veces es precisamente lo contrario.

Gentileza:

Sommelier Nicolás Solano – nicosolano@gmail.com

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