San Rafael, Mendoza miércoles 01 de julio de 2026

Cuando Marte contempla – Por:. Nicolás Solano

Hay noches en que conviene salir al patio y buscar a Marte. Está ahí, terco, colorado, más brillante que cualquier estrella. Si lo ves una sola vez no vas a notar nada. Pero si lo marcas —dónde está parado respecto de las estrellas de fondo, semana a semana— en algún momento del año vas a descubrir algo diferente: el planeta frena, se detiene, y empieza a caminar hacia atrás. Avanza en sentido contrario durante semanas. Después arranca de nuevo, normal, como si nada.

Los que miraban el cielo hace cuatro mil años vieron eso y el espanto llegó donde llegaba. Todo lo demás en el firmamento prometía lealtad: el Sol salía por donde tenía que salir, la Luna cumplía sus fases con puntualidad de relojero. Y de golpe este punto rojo desobedecía. Le pusieron nombre al fenómeno —retrogradación— pero el nombre no calmaba nada. ¿Cómo se entiende un mundo donde las cosas pueden, sin aviso, empezar a retroceder?

Tardaron siglos en darse cuenta de que Marte nunca retrocedía. Ni una sola vez. La verdad es que Marte y la Tierra giran alrededor del Sol, cada uno en su órbita. La Tierra es impulsiva, se mueve más rápido y por una pista más corta. Cada tanto nos alcanza a Marte y lo pasamos. Él sigue derecho, indiferente. Somos nosotros los que lo dejamos atrás. La ilusión es perfecta.

Me detengo acá porque creo que esto es lo más honesto que dijo nunca la astronomía sobre la vida humana. Hay temporadas en que uno jura que está retrocediendo. El trabajo que parecía firme se deshace. Una relación que creías para siempre se gasta entre las manos. Te sentás a hacer un balance y la cuenta da en rojo: menos plata, menos pelo, menos certezas que a los veinte. La sensación es nítida, casi física. Estamos yendo para atrás.

Y es una ilusión de perspectiva. La mayoría de las veces no retrocediste: cambiaste de posición. Te corriste a un punto del que no se puede ver lo mismo que antes. Lo que mirás como pérdida muchas veces es un adelantamiento que todavía no terminó de pasar. Estás justo en la parte en que el otro auto parece ir hacia atrás, y duele, y te asustás, porque desde adentro de ese tramo no hay forma de saber que es momentáneo.

No estoy diciendo que todo retroceso sea mentira. Hay derrotas reales, hay cosas que se pierden y no vuelven, y confundir un duelo con una ilusión óptica es otra forma de no mirar. Pero el problema casi nunca es el dato; es la conclusión que sacamos del dato. Vemos a Marte caminar para atrás y decretamos que el cielo se rompió. Sentimos que la vida nos arrastra en reversa y firmamos, ahí mismo, una sentencia sobre quiénes somos.

Los antiguos no tenían cómo saber que la Tierra se movía. Nosotros sí, y aun así seguimos parados en el patio jurando que el problema lo tiene el otro planeta. Cuesta aceptar lo incómodo: que el punto de observación desde el que medimos todo —ese «yo» que mira y juzga— también está girando, también cambia de lugar, y arrastra consigo la ilusión completa.

Por eso, las noches en que la vida parece ir para atrás, me impongo ser Marte: dios romano de la guerra, la pasión, la valentía. Contemplo. Reflejo. Mi templanza sin acción descubriendo llegadas y huidas. Me sirve para acordarme de que lo que me confunde es mi propio movimiento, y que a veces la falta de presencia no significa ausencia. Cada uno respira a su ritmo, y yo sigo mi órbita sin necesidad de reaccionar. Contemplo.

Gentileza: 

Nicolás Solano
tel: +549260154313165

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