San Rafael, Mendoza miércoles 24 de junio de 2026

El trompo dormido – Por:. Nicolás Solano

Cuando éramos chicos había una palabra para el momento perfecto del trompo: decíamos que estaba dormido.

El que sabía tirarlo lo lanzaba con un envión seco de la piola, y si lo hacía bien el trompo caía parado y giraba tan rápido, pero tan rápido, que parecía no moverse. Quedaba clavado en un punto del piso, callado. Uno podía acercar el dedo y sentir el zumbido, pero a la vista era pura calma. Eso era un trompo dormido. Duraba unos segundos: enseguida empezaba a hacer eses, a bambolearse cada vez más, hasta que se caía de costado y rodaba muerto por el piso.

Lo que ningún chico entendía —yo no lo entendí hasta mucho después— es que el trompo se veía más quieto justo cuando giraba más rápido. La calma no era ausencia de movimiento. Era movimiento llevado a su punto máximo, tan centrado sobre su eje que parecía no moverse. El bamboleo, las eses, todo eso no venía de moverse demasiado. Venía de empezar a frenar.

Me detengo acá, porque creo que nos vendieron la paz al revés.

Nos la vendieron como quietud. Un estado donde por fin no pasa nada, donde las aguas se calman y uno se sienta a descansar de la tormenta. La imaginamos como un lago liso. La buscamos como si fuera un lugar al que se llega cuando todo lo demás se detiene. Y entonces esperamos. Esperamos a que se arregle el trabajo, a que se acomode la familia, a que pase el problema de turno, convencidos de que recién ahí, cuando no quede nada girando, vamos a poder estar en paz.

Ese momento no llega nunca. Siempre hay algo girando. Y si la paz es la ausencia de movimiento, entonces la paz es para los muertos, porque son los únicos a los que de verdad no les pasa nada.

El trompo dice otra cosa. Que no se está en paz porque afuera se haya detenido todo, sino porque uno encontró su eje y gira sobre él sin tambalear. La tormenta sigue. La piola sigue tensa, la velocidad es enorme. Pero hay un punto, justo en el medio de todo ese vértigo, que no se mueve. Y ese punto quieto en medio del giro es lo más parecido a la paz que conocí.

No hablo de resignarse, ni de esa calma de manual que parece más anestesia que otra cosa. El trompo dormido no descansa: trabaja a full, sostenido por su propia fuerza. La paz que vale no es la del que dejó de sentir. Es la del que siente todo y aun así no se cae de costado. Cuesta. Se sostiene segundo a segundo. En cuanto uno se descuida, empieza el bamboleo.

Y ahí está lo otro que enseña el trompo, casi al pasar. El tambaleo no es un problema nuevo que llega de afuera. Es el principio del fin de la calma vieja. Cuando empiezo a hacer eses no me está pasando nada. Perdí el eje. Y la respuesta no es buscar un piso más liso ni una pieza más silenciosa. Es volver a centrarme sobre el punto desde el que giro.

Por eso, cuando ando bamboleándome —y ando, más de lo que me gustaría—, trato de no salir a buscar un lugar donde por fin no pase nada. Ese lugar no existe. Me acuerdo del trompo dormido. De que la calma no estaba en el piso quieto, sino en el centro de la cosa que giraba a toda velocidad. Más despierta que nunca.

Gentileza:

Nicolás Solano – Sommelier

nicosolano@gmail.com

Tel:2604 311365

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