¡Este suelo ha hecho llorar a millones de personas!
Hay quienes ven estas baldosas y saben exactamente dónde estaban cuando se despidieron de alguien. Sacan fotos de sus pies sobre ese suelo fácilmente reconocible para llevarse de recuerdo.
Queda en Venezuela y es un monumento a la memoria, pero no fue diseñado para eso. Durante años fue una obra de arte por la cual se transitaba. Solo un piso, hasta que millones de pies comenzaron a recorrerlo para despedirse de su hogar.
La emblemática terminal internacional es reconocida mundialmente por su pasillo principal, el cual alberga la famosa obra cinética “Cromointerferencia de color aditivo”, creada en 1978 por el maestro del arte cinético franco-venezolano Carlos Cruz-Diez.
Lo diseño un hombre que paso su vida intentando demostrar que la realidad no es como creemos. Cruz Diez creía que el color no vivía en los objetos sino en el encuentro entre la luz, el espacio y las personas que lo transitan.
Que, así como nosotros cambiamos, un color nunca es el mismo dos veces. Pensar que durante siglos los artistas utilizaron el color para pintar algo un árbol, un retrato o una montaña, pero cruz Diez se preguntó y si el color fuera el protagonista y no el actor secundario.
Las obras que realizo en el ambiente urbano y en el hábitat están concebidas como un discurso plástico que se genera en el tiempo y en el espacio, creando “situaciones” y “acontecimientos cromáticos” que cambian la dialéctica entre espectador y obra. Solía decir; “Mis obras no contienen un “discurso referencial”, como era el caso en el arte gótico del Renacimiento, o incluso, de los muralistas mexicanos. El punto de partida de mis obras es diferente, ya que sustituyen el tiempo y el espacio reales al tiempo referencial o transpuesto. Mis obras son el soporte de un evento que evoluciona y cambia”. Nunca mejor aplicado.
Décadas después, sin proponérselo su obra terminaría respondiéndole a esa pregunta porque el suelo de un aeropuerto se convirtió en un pedazo de país que millones y millones intentaron llevarse consigo. Conecto al mundo entero sin moverse jamás del lugar. Ahí millones de personas corrieron a abrazarse y otros se marcharon sin saber cuándo volverán. Por eso es que muchos no ven un piso. Ven a una madre, ven a un hijo, a una vida que quedo del otro lado del océano. Ven miles de ausencias escondidas entre bandas de colores.
En enero de 2016 el mismo Carlos Cruz-Diez hacía unas declaraciones, recogidas en el diario El Sol de Margarita, sobre esta obra suya que se ha convertido en símbolo del creciente número de venezolanos que salen del país: “Yo jamás imaginé que una de mis obras iba a adquirir ese significado. Pero dentro de lo dramático que puede ser para un país la partida de sus habitantes, ese piso también puede ser el símbolo del retorno. Sin embargo, y a pesar de lo que ahora representa, es muy bonito que una obra de arte se convierta en símbolo de un país. Son muy pocos los casos, como el de ‘El grito’ de Edvard Munch, que es un símbolo de Noruega. Para mí es conmovedor”.
A la escritora y colorista Sara Viloria le oí decir que el color nunca vivió donde lo vemos. Por ejemplo, no en esas baldosas, sino en las personas que las cruzaron porque cuando millones de despedidas ocurren en el mismo lugar, un aeropuerto deja de ser un aeropuerto y se convierte en una puerta a la que regresar.
Gentileza;
Beatriz Genchi
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.
bgenchi50@gmail.com
Puerto Madryn –

