San Rafael, Mendoza lunes 15 de junio de 2026

El vino no necesita sillón de cuero – Por:. Nicolás Solano

Hay una palabra que casi nadie usa ya: arrebol. El enrojecimiento del cielo cuando el sol toca el horizonte. Ese instante en que la atmósfera dispersa la luz de una manera que no ocurre a pleno día y aparece el rojo más encendido, el naranja que duele un poco. Los que vivimos en San Rafael sabemos de qué hablo. Hay atardeceres sobre la cordillera que duran lo que un suspiro y sin embargo lo cambian todo. Y uno, que tendría que seguir con sus cosas, se detiene. No puede no detenerse.

El vino debería funcionar así.

No lo digo como metáfora vacía. Lo digo como sommelier con veinte años encima y como alguien que trabajó en viñedos: el vino en su mejor versión es exactamente eso, algo que te detiene. Que exige presencia. Que no pide permiso para mostrarte todo lo que es.

El problema es que en algún momento decidimos que para llegar a esa experiencia hacía falta escenografía. El sillón de cuero. La vista al horizonte desde un lugar moderno. La copa adecuada, la temperatura precisa, el discurso del sommelier que explica los matices de la barrica antes de que puedas llevarte el vaso a la boca. Fuimos construyendo un ritual tan cargado que terminó alejando a la gente. Y los números lo dicen sin rodeos: en los años 70, el argentino tomaba setenta litros de vino por año. Hoy llegamos a 15,8. Muy elegantes, sí. Pero solos.

Yo entiendo el valor de la copa correcta. Sé lo que hace una buena Riedel en un tinto con estructura, cómo abre los aromas, cómo cambia la experiencia. Lo entiendo y lo respeto. Pero también sé que si no tengo esa copa a mano, me da lo mismo. Me sirvo en lo que haya y el vino sigue siendo vino. Sigue teniendo lo que tiene.

El glamour del vino nació con buenas intenciones. Quería comunicar que esto no era cualquier cosa, que había trabajo detrás, historia, territorio. Todo eso es verdad. El problema es que la narrativa se fue volviendo excluyente sin darse cuenta. Pasó a hablarle a quien ya estaba convencido, al que ya tenía el sillón. Y el que quería acercarse pero sentía que no sabía suficiente, que no tenía el vocabulario, que iba a hacer el ridículo pidiendo algo en una vinoteca — ese se fue a tomar otra cosa. Y tiene razón.

Porque el vino no requiere conocimiento previo para ser disfrutado. Requiere disposición. Requiere lo mismo que el arrebol: que uno se detenga un momento y preste atención. Nada más.

Lo que sí creo es que hay algo que el vino genera cuando se toma en compañía que ninguna otra bebida replica de la misma manera. No es magia, es química y es historia y es el hecho de que miles de años de civilización eligieron este líquido para acompañar las conversaciones importantes. Hay una energía que se arma alrededor de una mesa con una botella abierta en el medio. No necesitás saber de vino para sentirla. Necesitás estar ahí.

El paradigma que hay que romper no es el de la copa ni el de la temperatura de servicio. Esos son detalles que suman cuando están y no restan cuando no están. El paradigma que hay que romper es el de la solemnidad obligatoria. El de que tomar vino bien implica saber tomar vino. El de que si no podés identificar los taninos en nariz, mejor pedí otra cosa.

Hace años escribí algo sobre el vino que terminaba así: «sólo en fraternidad seremos vino, separadas moriremos en el olvido.» Lo escribí pensando en las uvas, en cómo ninguna hace el vino sola. Hoy lo pienso de otra manera: el vino solo, en el sillón de cuero, frente al horizonte impecable, también muere un poco. Necesita la mesa, la conversación, el ruido de fondo, la copa que alguien llenó sin preguntarte si era el maridaje correcto.

El arrebol no necesita que lo expliques para ser hermoso. Simplemente lo es. El vino tampoco.

Facebooktwitterredditpinterestlinkedinmail