
Malargüe necesita una conversación más madura y estratégica. Menos centrada en la coyuntura, y más enfocada en la pregunta esencial: cómo pasar de una economía dependiente de rentas y de un Estado compensador a una economía capaz de generar desarrollo genuino y sustentable.
Ambas miradas tienen racionalidad. Sería injusto simplificarlas. Un territorio como Malargüe necesita, sin duda, servicios públicos, infraestructura, presencia institucional y capacidad estatal para ordenar la vida comunitaria. Nadie discute eso. Pero la pregunta decisiva es otra: ¿alcanza con eso para garantizar el futuro? Mi respuesta es no.
Malargüe enfrenta un desafío estructural que no puede resolverse únicamente desde la administración del presente. Durante décadas, el departamento contó con una fuente extraordinaria de ingresos vinculada a la actividad hidrocarburífera. Esa renta permitió sostener funcionamiento, gasto e institucionalidad. Pero también postergó, en buena medida, una discusión estratégica: cómo construir una economía más diversificada, más moderna y más capaz de generar empleo privado genuino en forma sostenida.
Ese es, a mi juicio, el corazón del debate.
Un Estado puede sostener servicios, ampliar infraestructura social y estar presente en la vida cotidiana de la comunidad. Todo eso es importante. Pero ningún territorio construye sustentabilidad duradera si no fortalece al mismo tiempo su base productiva. Sin generación de riqueza, sin inversión, sin diversificación económica y sin empleo privado, el Estado termina dependiendo cada vez más de recursos que no controla plenamente o que pueden agotarse, disminuir o volverse insuficientes.
Por eso considero más convincente la perspectiva que prioriza el desarrollo productivo y el largo plazo. No porque desconozca el rol del Estado, sino precisamente porque lo ubica donde más valor puede aportar: como facilitador y promotor del desarrollo económico, y no como sustituto permanente de la sociedad y del sector privado.
En este punto conviene ser claros. El debate no es entre un Estado presente y un Estado ausente. Esa es una falsa dicotomía. El verdadero debate es entre:
- un Estado que crece y se expande para compensar debilidades estructurales sin resolverlas de fondo, y
- un Estado que utiliza su poder institucional, regulatorio y presupuestario para crear las condiciones de una economía más fuerte, más diversa y más autónoma.
Creo que Mendoza, y especialmente Malargüe, necesitan avanzar decididamente hacia esta segunda opción.
Eso implica orientar una parte creciente del esfuerzo público hacia obras e inversiones que no solo tengan impacto social inmediato, sino que también expandan la capacidad productiva del territorio: infraestructura logística, conectividad, energía, agua y gas para la producción, formación técnica, fortalecimiento de proveedores, innovación, articulación público-privada y desarrollo de cadenas de valor.
En ese marco, la minería puede representar una oportunidad histórica. Pero conviene decirlo con claridad: la minería no debe pensarse como un fin en sí mismo. Debe pensarse como un medio. Un medio para transformar la matriz económica, generar empleo privado, desarrollar proveedores locales, incorporar tecnología, modernizar capacidades y ampliar la base productiva del departamento.
Si la minería se limita a convertirse en una nueva fuente de renta para sostener gasto corriente, habremos repetido, con otro recurso, el mismo error. Si en cambio se la integra a una estrategia de desarrollo territorial inteligente, puede ser el punto de partida de una transición más sólida y sustentable para Malargüe.
Por eso considero que el rol del empresariado también debe ser revalorizado. No como actor aislado ni como beneficiario pasivo de políticas públicas, sino como protagonista de la inversión, la innovación, el empleo y la creación de valor. Una comunidad no se fortalece cuando depende cada vez más del aparato estatal para subsistir; se fortalece cuando su tejido productivo, emprendedor y empresarial gana capacidad para sostener empleo, dinamismo y futuro.
Malargüe necesita, entonces, una conversación más madura y estratégica. Menos centrada en la coyuntura, y más enfocada en la pregunta esencial: cómo pasar de una economía dependiente de rentas y de un Estado compensador a una economía capaz de generar desarrollo genuino y sustentable.
Esa discusión no debería dividirnos. Debería convocarnos.
Porque, en definitiva, pensar el largo plazo no es desatender las urgencias del presente. Es, precisamente, la única manera seria de no condenarnos a administrarlas eternamente.
* El autor es licenciado en Administración Pública y Ciencias Políticas. Consultor en Desarrollo Territorial.
Fuente;https://www.losandes.com.ar/opinion/malargue-y-mendoza-un-debate-fondo-que-estado-necesitamos-construir-futuro-n5985738

