Cuando decimos Batlló casi todos sabemos de qué hablamos…un edificio obra del arquitecto Antoni Gaudí, máximo representante del modernismo catalán. Una remodelación integral de un edificio previamente existente en el solar, obra de Emilio Sala Cortés. Situado en el número 43 del paseo de Gracia de Barcelona, la ancha avenida que atraviesa el distrito, en la llamada Manzana de la discordia, porque alberga además de este edificio otras obras de arquitectos modernistas. La construcción se realizó entre los años 1904 y 1906. Perooo además…
Cuando uno se planta frente a la Casa Batlló, suele pensar que ya lo ha visto todo desde la calle: balcones que parecen máscaras, columnas que recuerdan huesos y un techado que muchos interpretan como el lomo de un dragón. Sin embargo, lo verdaderamente fascinante empieza cuando cruzas la puerta. Este edificio, esconde decisiones técnicas y soluciones arquitectónicas tan avanzadas que incluso hoy, en 2025, siguen sorprendiendo a arquitectos y viajeros curiosos.
Uno de los datos menos conocidos para el viajero es que Gaudí diseñó el patio interior como un auténtico regulador de luz natural. Los azulejos no tienen el mismo color: se oscurecen gradualmente a medida que ascienden, logrando que la luz se distribuya de forma uniforme en todas las plantas sin necesidad de iluminación artificial durante el día. Este “truco visual” no era decorativo, sino funcional, y demuestra hasta qué punto la casa fue pensada como un organismo vivo que respira, se ilumina y se ventila por sí mismo, algo que hoy asociaríamos con arquitectura sostenible.
Otro detalle que suele pasar desapercibido es que casi no existen líneas rectas en el interior. Puertas, techos, ventanas y barandas parecen moldeados como si fueran arcilla, lo que reduce tensiones estructurales y mejora la circulación del aire. Incluso las ventanas podían abrirse en diferentes posiciones para regular la temperatura, algo muy avanzado para la época. De hecho, muchos estudios actuales señalan que la Casa Batlló se adelantó décadas a conceptos modernos de eficiencia energética y confort térmico, algo que cobra especial valor para el viajero interesado en arquitectura más allá de lo visual.
En cuanto a su simbolismo, no todo gira únicamente en torno al famoso dragón de Sant Jordi. Investigaciones recientes y reinterpretaciones museográficas han puesto el foco en una lectura más compleja: la fachada como una representación del mar Mediterráneo en movimiento, con balcones que parecen moluscos (almejas, caracoles) y colores que evocan corales y aguas profundas. Esta narrativa ha sido reforzada en los últimos años gracias a la museografía inmersiva actualizada hasta 2025, que utiliza proyecciones y sonido para explicar estas capas simbólicas sin alterar la estructura original del edificio.
Siempre aconsejan visitar la Casa Batlló a primera hora de la mañana o en el último pase nocturno ya que permite evitar multitudes y apreciar mejor los detalles. Desde 2024-2025, las entradas incluyen experiencias sensoriales con realidad aumentada. Y es importante saber que no se permite tocar muchas superficies, ya que la conservación del edificio es prioritaria, y que algunas zonas tienen iluminación tenue para respetar los materiales originales.
¡No hay que dejar de subir a la terraza! Desde allí, se entiende que la Casa Batlló no fue concebida como un simple edificio residencial, sino como una obra total donde arquitectura, luz, simbolismo y función se entrelazan. Gaudí no buscaba impresionar, buscaba que todo tuviera sentido. Y quizás por eso, más de un siglo después, este lugar sigue generando preguntas, interpretaciones nuevas y la sensación inquietante de estar dentro de algo que no pertenece del todo a su tiempo, ni siquiera al nuestro.
Gentileza:
Beatriz Genchi
Museóloga – Gestora cultural.
Puerto Madryn – Chubut.

