San Rafael, Mendoza jueves 03 de septiembre de 2026

Y así descubrí Troya – Por:. Beatriz Genchi

Heinrich Schliemann nació el 6 de enero de 1822 en Neubukow, actual Alemania. El padre era un alcohólico y maltrataba constantemente a su mujer, por lo que el pequeño Heinrich vivió una infancia tormentosa. Sin embargo, en medio de esta infancia gris, se encendió una luz que lo acompañaría durante toda su vida: su pasión por la antigua Grecia.

Más tarde ya crecido, cuando estaba trabajando en una tienda para ganarse el pan, escuchó asombrado cómo un cliente borracho recitaba a Homero en griego.

Así comienza para él, uno de los relatos épicos y más famosos de todos los tiempos: la Ilíada, escrita supuestamente por el poeta griego Homero en el siglo VIII a.C. Digo “supuestamente”, porque la verdad es que no ha quedado ninguna constancia de este autor más allá de las referencias vagas que nos brindan algunos autores.

En la actualidad se pone en duda la existencia del poeta, y algunos historiadores sostienen que, en realidad, Homero nunca existió. Sea como fuere, no cabe duda de que la Ilíada y la Odisea son los dos grandes relatos épicos de la civilización occidental, que han fascinado a artistas y escritores desde tiempos inmemoriales y que hoy 2026 sigue recolectando adeptos.

Schliemann estaba convencido de que la Troya que cantaba Homero había existido, y que solo bastaban los textos homéricos para encontrarla. Por supuesto, la obstinación del ya arqueólogo (se había doctorado en 1869) fue duramente desacreditada por sus colegas. Al año siguiente, el mismo en que recibe el doctorado, se divorcia de Ekaterina y se casa con Sophia Engastromenos, una joven griega 30 años más joven que él. En 1871 nace la primera hija de la pareja, Andrómaca y, en 1878, Agamenón, nombres que demuestran la obsesión que sentía Schliemann por la épica griega.

Su colega Frank Calvert, cónsul británico de los Dardanelos, le había hablado de la posibilidad de que la mítica ciudad se encontrara en Hisarlik, donde él ya había estado excavando con anterioridad. Schliemann no citó nunca a Calvert en sus memorias, y fue en Hisarlik donde el equipo de Schliemann encontró (siguiendo métodos que algunos expertos tachan de, como mínimo, dudosos) un tesoro de valor histórico incalculable: copas, anillos, pulseras y diademas, las mismas que lució Sophia, su esposa en la famosa fotografía, tomada el mismo año del descubrimiento.

Heinrich Schliemann no cabía en sí de gozo: afirmaba que había dado nada menos que con el tesoro de Príamo, el legendario rey de Troya. La excitación del hallazgo de la supuesta Troya había animado a Schliemann a seguir indagando y excavando otros enclaves.

Los trabajos arqueológicos de Schliemann no se detuvieron con el hallazgo de la “máscara de Agamenón”. Durante los últimos años de su vida siguió excavando en diversos puntos de Grecia, en los que realizó hallazgos notables. La muerte le sorprendió cuando regresaba a su querida Atenas, desde París. Una infección severa en el oído, que se le había extendido al cerebro, acababa con su vida el 26 de diciembre de 1890, a los 62 años. Sus restos reposan en un espléndido mausoleo de la capital griega, tal y como él había querido.

Su trabajo como arqueólogo fue duramente criticado ya en vida del propio Schliemann. Y no les faltaba razón a estas críticas, ya que no se puede negar que sus métodos fueron, como mínimo, poco ortodoxos. De hecho, algunas de las intervenciones del equipo de Schliemann (realizadas, según se cuenta, con dinamita) dañaron seria e irreversiblemente algunos de los estratos de las excavaciones. Por otro lado, existen voces que consideran a Heinrich Schliemann el primer arqueólogo moderno. Y, de hecho, las investigaciones posteriores han acabado dándole la razón, al menos en parte. Los trabajos que se han seguido realizando en Hisarlik han sacado a la luz los diversos estratos de una ciudad (nada menos que nueve en total) entre los que, según arqueólogos como Wilhelm Dörpfeld (1853-1940), podría encontrarse la mítica ciudad del poema homérico.

Este arqueólogo formó parte del equipo de Schliemann y continuó sus trabajos tras la muerte de este. Entre 1893 y 1894 descubrió que el estrato llamado “Troya VI” parecía haber sido destruido por un gran incendio. ¿Podía ser esta “Troya VI” la Ilión de Homero?

Como casi todos los personajes de la historia, la vida de Heinrich Schliemann está salpicada de luces y sombras. Es cierto que sus métodos fueron más que discutibles, y es aún más cierto que la fortuna que empleó para sacar adelante sus excavaciones no era fruto de negocios demasiado “limpios”. Pero, por otro lado, su innegable pasión y su constancia extraordinaria merecen, como mínimo, un aplauso. Heinrich Schliemann estará siempre ligado a Troya y a la Ilíada de Homero.

Gentileza:

Beatriz Genchi

Museóloga – Gestora cultural.

bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut

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