San Rafael, Mendoza lunes 07 de septiembre de 2026

La mujer del muelle – Por:. Nicolás Solano

Estimados lectores, hace un tiempo empecé a escribir algo más largo que una nota. Nueve historias, nueve vidas, todas atadas a un mismo objeto: un japamala —un collar de cuentas para rezar— que un hombre recibe en un muelle de Buenos Aires en 1900 sin saber todavía para qué le sirve. Esta es la historia de quien se lo dio antes de que él llegara a buscarlo.

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LA MUJER DEL MUELLE

Europa del Este · Buenos Aires, 1900

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«Lo que se guarda demasiado tiempo deja de ser propio y empieza a ser jaula.»

— Proverbio romaní, tradición oral

Se llamaba Zorka. Para cuando llegó al muelle de Buenos Aires ya nadie le preguntaba el nombre: le preguntaban la suerte, y ella respondía con lo que veía, que no siempre era lo que la gente quería escuchar.

Había nacido en un carro, en algún pueblo perdido entre las montañas de Transilvania, hija de una mujer que leía las manos y de un hombre que afinaba violines para bodas ajenas. De su madre heredó el oficio. De su padre, algo más difícil de nombrar: la idea de que hay objetos que no sirven para guardarse sino para pasar de mano en mano, como el arco que un violinista presta y que ya nunca vuelve a sonar del todo igual.

El collar de cuentas se lo dio un peregrino que cruzó los Cárpatos en 1870, un hombre venido de muy lejos, de la India, que no hablaba ni húngaro ni romaní y que aun así se hacía entender: se sentaba frente al fuego del campamento y movía las cuentas de sándalo entre los dedos, una por una, como quien reza sin necesitar palabras. Zorka tenía dieciséis años. El peregrino se lo dejó al partir, sin explicación, con el mismo gesto con que se deja una herramienta a quien todavía no sabe qué la va a necesitar.

Lo usó una sola vez para sí misma. Amó a un herrero de otro campamento, un hombre de manos quemadas que le hablaba de un futuro que ella supo, antes de que él terminara la frase, que no iba a cumplirse. No hizo falta que el collar se lo dijera: lo supo con lo mismo con que sabía todo lo demás, ese don que a ella le pesaba como una condena. Lo dejó ir sin pelear. Retener a alguien contra su propia corriente, le había enseñado su madre, es la forma más lenta de perderlo dos veces.

Después de eso no volvió a amar con esa intensidad. No por falta de ocasión, sino por decisión: sabía que ella no era de las que se quedan, y prefería saberlo a tiempo antes que fingir lo contrario.

Cruzó media Europa leyendo manos en ferias y velorios. Enterró a su madre en un pueblo cuyo nombre no volvió a pronunciar. Se subió a un barco en Trieste sin saber bien por qué elegía ese puerto y no otro, salvo que las cuentas, que ya llevaba colgadas al cuello y no en la mano, se habían puesto tibias esa mañana, y ella había aprendido a no discutirle al calor.

Veintidós días de mar. Los mismos que después contaría Rafael, sin saber que los contaba en un barco similar al de ella, con otro nombre en la proa.

En el muelle de Buenos Aires, sentada donde las reglas de la ciudad nueva todavía no llegaban del todo, Zorka vio acercarse a un hombre con una maleta de cuero, de los que cargan algo por dentro y no algo que los persigue desde afuera. No lo reconoció de inmediato. Al principio fue apenas otro más de los que bajaban del barco, con el mismo paso perdido de todos los demás.

Pero las cuentas, colgadas al cuello, se pusieron tibias otra vez, igual que aquella mañana en Trieste. Y con el calor le llegó la certeza, la misma con que sabía todo lo demás sin poder explicar cómo lo sabía: ese hombre cargaba la misma herida que ella había cargado treinta años, la del que ama con una intensidad que asusta al otro. El viaje entero, entendió entonces, no había sido para ella. Había sido para traer esto hasta acá.

Se lo sacó del cuello. Lo sostuvo un momento, el último en que fue enteramente suyo, y pensó que las cosas así no se atesoran: se entregan en el instante justo, y ese instante es el único trabajo verdadero de quien las lleva.

—Tómalo —dijo—. Cada cuenta, un recuerdo; cada mantra, un velo que cae.

No le dijo que ella también había amado así, una sola vez, a un herrero que ahora era menos que un nombre. Tampoco hizo falta. El collar se lo iba a decir, a su tiempo, en un idioma que Rafael todavía no sabía leer.

Zorka se quedó en el muelle. Vio al hombre alejarse hacia la ciudad con su maleta y su herida nueva, y sintió el cuello liviano por primera vez en treinta años.

No lo volvió a ver. Las cuentas ya sabían el camino solas. 

 

PD; Ésta fue la cuenta cero. Todavía quedan nueve viajes bajo los velos del alma por contar. Un día será libro, solamente hay que dejarlo respirar…

 

Gentileza: Sommelier Nicolás Solanonicosolano@gmail.com

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