Hay una versión del vino que casi nunca aparece en las publicidades, en las revistas especializadas, en las fotos de Instagram con luz de atardecer y risas de fondo: la copa sola, sin compañía, sin ocasión particular, sin nada que celebrar.
Esa versión existe. Y es, a veces, la más necesaria.
Me costó tomarla sin culpa. Durante mucho tiempo una copa sola tenía algo de derrota, como si el vino sin testigos fuera un signo de algo que prefería no mirar de cerca. El vino era social por definición: el líquido de las mesas largas, de las conversaciones que duran hasta que alguien se acuerda de mirar el reloj. Tomarlo sin eso parecía una versión menor de sí mismo, casi una excusa.
Hay momentos en que la copa sirve para encontrarse con uno mismo. No como excusa ni como anestesia —eso es otra cosa y se nota enseguida— sino como una práctica de presencia. El ritual mínimo: abrir una botella, elegir qué tomar, servirse con atención, quedarse quieto un momento antes del primer sorbo. Eso hace algo. Ordena lo que durante el día se fue desordenando sin que uno se diera cuenta.
Lo hice muchas veces, en circunstancias bastante distintas entre sí. Noches después de jornadas largas en la bodega, cuando el cuerpo pedía sentarse y no pensar en nada productivo. Tardes de domingo en que el silencio de la casa pedía algo con qué acompañarse, no para llenarlo sino para habitarlo mejor. Una copa, una silla, a veces un libro que terminaba cerrado sobre la mesa porque la copa sola ya alcanzaba.
El vino en esos momentos no necesita ser extraordinario. De hecho, a veces conviene que no lo sea: uno demasiado exigente pide atención analítica, y ahí no se trata de analizar nada. Necesita, sobre todo, ser honesto. Necesita hacer lo que hace bien cuando nadie lo está juzgando: ocupar el tiempo de una manera que vale la pena. Dar algo en qué pensar o, mejor todavía, dar algo que permita no pensar en nada en particular durante un rato.
La cultura del vino casi no habla de esto. Habla de maridajes, de ocasiones, de regalos, de celebraciones, de qué copa usar y a qué temperatura servir. Como si el vino necesitara siempre una justificación externa para existir en una copa, un motivo que lo legitime frente a otros. Como si no pudiera ser simplemente lo que es cuando está solo con alguien: una compañía silenciosa para quien la quiere, sin agenda ni espectadores.
Tomar una copa solo no es lo que queda cuando no hay nadie más con quien tomarla. No es el plan B de una noche sin invitaciones. Es, a veces, el gesto más simple y menos fotografiable de todos, y por eso mismo uno de los más honestos.
Gentileza:
Sommelier Nicolás Solano – nicosolano@gmail.com

