Pienso a menudo en cómo me enamoré del vino, en cuál fue exactamente el instante en que dejó de ser una bebida y se volvió una intimidad. Pero me enamora, en la misma medida, escuchar cómo les pasó a los demás: esa certeza de que todos tenemos una historia propia, parecida a la de otro o completamente distinta, y que da igual cuál sea, porque lo que importa es que exista.
Me enamora una mística que va mucho más allá de los nombres. Sí, ya sé que importa decir Malbec, blend, dulce: son las señas de identidad de una copa, como el documento que llevamos encima. Pero a una persona no le pido el DNI para empezar a conocerla. Del vino me interesa el origen, y lo busco, porque necesito un eje, un punto de anclaje desde donde partir. No como una guía que me dicta qué sentir, sino como una brújula que después abandono, para prestar atención a lo único que en verdad cuenta: cómo se disponen mis sentidos frente a esa copa, esa noche, esa persona.
Me enamoran todos los disparadores que trae dentro. Un vino es una enciclopedia entera con sus índices desplegados en una copa: alcanza con hundir la nariz para que aparezca, de golpe, el mundo. Nunca le hice una pregunta. Simplemente se mostró tal cual es, cada vez que nos encontramos, con esa generosidad silenciosa de quien no necesita que lo interroguen para entregarse.
Me enamora que los vinos sean como hermanos repartidos por el mundo: distintos acentos, mismo linaje. Puedo tomar uno argentino, uno francés, uno español, y cada uno conserva su carácter, su estilo, su modo particular de estar en la copa. Y detrás de todos, siempre, una mano que sabe: el enólogo, ese artista del vino, gigante silencioso, capaz de convertir uva y tiempo en algo que se bebe y que, sin embargo, no desaparece.
Me enamora porque puedo hablar horas con amigos y una copa de por medio, de algo serio o de cualquier pavada. Me enseñó más de geografía, historia, geopolítica y religión gracias al vino que en cualquier aula. A veces alcanzó con compartir una copa y sostener una mirada para conectar con alguien: los cinco sentidos puestos en juego a la vez, una especie de corriente entre dos seres que el vino en ese momento ayudó a encender. También porque es una bebida que reúne gente alrededor de una mesa y les da permiso para decir lo que solos no se animarían.
Lo que me enamora del vino, en el fondo, es que se entrega sin condiciones. No hay fórmula que lo abra ni ritual que lo obligue: alcanza con prestarle atención, como se le presta atención a una persona que vale la pena. Y ahí devuelve todo lo que guarda adentro, historia, gente, memoria, y esas ganas tan simples de servir otra copa con quien tengo al lado.
Si todavía no te pasó, te lo digo con toda la templanza del mundo: la próxima vez que tengas una copa en la mano, no la vacíes rápido. Quedate un rato con ella. Mirala, dejá que el aroma te cuente algo antes de que lo haga el sabor. El vino no tiene apuro, y quien lo acompaña, tampoco debería tenerlo.
Gentileza;
Sommelier Nicolás Solano – nicosolano@gmail.com

