San Rafael, Mendoza miércoles 05 de agosto de 2026

La pausa de la herida – Por:. Nicolás Solano

Hay una historia que algunos cuentan de monje a discípulo, es imposible saber si es históricamente real, pero tiene el peso de las cosas que importaría que sean ciertas.

La historia cuenta de un valiente guerrero que volvió de la batalla con el brazo roto, la herida abierta, sucia, con tierra metida en la carne. Llamaron urgente al monje que curaba para que lo cosiera rápido y que le diera algo para el dolor.

El guerrero le dijo que se apurara porque quería irse antes de que cayera la noche, quería llegar a los suyos sin verse así. Avergonzado de que se viera su vulnerabilidad, su herida abierta como una derrota.

El monje pidió que bebiera agua, le pidió tiempo. Pasó un buen rato solo limpiando. El guerrero se desesperaba, decía que ya estaba bien, que cosiera de una vez. Pero el monje mirándolo como sabio que era le contestó algo: que lo que lo avergonzaba no era el hueso fracturado. Era verse por dentro y que los suyos también lo vieran. Por primera vez en mucho tiempo, su propio interior quedaba expuesto y no tenía como taparlo. Solo al día siguiente lo cosió.

Tambien le explicó algo que el guerrero tardaría años en entender: que un hueso roto puede sanar limpio en pocas semanas, o que puede llevarle la vida entera dependiendo de qué se hizo con la herida antes de cerrarla. La diferencia nunca la decide el hueso. La decide la herida, y lo se hizo con ella.

Lo invitó a que su mirada fuera más profunda porque a todos se nos rompe algo en algún momento y no es solamente un hueso. Un vínculo, una idea de lo que creíamos capaces de sostener, una certeza que funcionaba como columna. Y que en la mayoría de los casos la reacción natural es la del guerrero. Pedimos que nos cierren rápido. Que la herida no se note. Que para mañana esté todo cerrado y prolijo. Como si la velocidad fuera fortaleza. Y en realidad es la vergüenza de sentirnos expuestos, débiles.

A diferencia de las heridas físicas las internas, del alma, no se quiebran de un golpe, sino porque vienen sosteniendo de más. Antes hay meses, a veces años, soportando en alto. Un peso que muerde, pero le encontramos sentido cargar. El hueso cede no por el golpe que recibe.. Por eso cuando se abre, lo que sentimos no es alivio. Es vacío. Las manos acostumbradas a sostener no saben qué hacer sin nada entre ellas.

Queremos cerrar, vendar de inmediato, para no tener que mirar el interior que quedó expuesto. Porque verlo implica quedarse un instante más de lo que el orgullo tolera, viendo qué quedó adentro.

Pero hay algo que pasa si tomamos esa pausa. Cuando la herida se limpia cada día con atención, cuando no se le pide que se resuelva ya mismo. Algunos huesos sanan más fuertes en el lugar donde se rompieron. Otros nunca cicatrizan del todo. En ambos casos el trabajo es idéntico. Se llama limpieza. No cierre.

No se le pide a la fractura que adelante en qué se va a convertir. Se la limpia cada día. Algunos huesos sanan más fuertes en el lugar donde se rompieron. Otros dejan un punto flojo que nunca cierra del todo. El trabajo es el mismo: aprender a vivir con esa herida hasta que se cierre sola.

La historia cuenta que el monje le dijo eso al guerrero cuando lo termino de curar, antes de despedirlo. Quizás el guerrero tardó toda la vida en entenderlo realmente.

Gentileza:

Sommelier Nicolás Solano  – nicosolano@gmail.com

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