San Rafael, Mendoza miércoles 12 de agosto de 2026

El porqué dejo a la vida escoger la canción…- Por: . Nicolás Solano

Hace poco, después de treinta y cinco años, volví a un pueblo donde viví cuando tenía once. Años recordándolo, recorriendo por internet sus calles, sus noticias. Mantuve las amistades como pude: teléfonos, cartas, luego Facebook, hoy decantadas en WhatsApp.

Siempre sentí que el pueblo me llamaba. Fui porque en el verano volví a encontrarme con Pablo, un amigo de entonces, y él me abrió su casa y a su familia. Y entendió, antes que yo, lo que ese viaje iba a ser. No insistió en vernos: el almuerzo y la cena como único punto de encuentro, sin horario. Me ofreció el pueblo sin exigencias: que lo recorriera solo, que me reencontrara a mis tiempos.

Y quizás, respondiendo a ese llamado, pude hacer con el pueblo lo que no pude con mi abuelo, a quien tanto amé: mostrarme ya hombre, contarle cómo llevo mi vida, mi historia.

Entré al pueblo el 24 de abril, con la playlist corriendo sola. No quise elegir una canción. Dejé que la aleatoriedad decidiera, que es la única forma de volver a un lugar que ya no te pertenece del todo: sin preparar el estado de ánimo, sin elegir la música que va a decirte lo que ya decidiste sentir.

Sonaba Personal Jesús en la voz de Marilyn Manson. Reach out and touch faith. Extendé la mano y tocá la fe. Treinta y cinco años y el universo mandando eso. La canción no la elegí. Llegó sola, y en eso también había algo que entender.

Los recuerdos habían empezado treinta kilómetros antes, sin que los llamara. Curvas que el cuerpo reconoció antes que la cabeza. La geometría específica de un camino que uno aprende con la bici y no con el auto. El cuerpo tiene su propia memoria, y no se parece a la otra. No embellece, no selecciona. Simplemente recuerda la postura que uno tenía cuando era otro.

El pueblo había madurado. No se infló ni se dispersó con esa fealdad específica de los lugares que crecen sin saber hacia dónde. Creció para adentro, acumulando capas sin soltar el núcleo. Hay pueblos que cuando crecen pierden lo que eran y hay pueblos que crecen para seguir siendo. Las Junturas era lo segundo.

Visité la casa donde viví con mis padres. La última donde los tres fuimos una familia antes de que nos fuéramos a Córdoba y todo cambiara de forma. Hoy es un taller mecánico. El lugar perdió lo que era. El frío del abandono no es dramático: es la acumulación de años en que nadie discutió en esa cocina, nadie cumplió años en ese comedor.

El viejo árbol seguía ahí. Nadie le había pedido que esperara y nadie le había dado razones para irse. Los árboles no hacen eso: no preguntan, no evalúan, no calculan si vale la pena quedarse. Continúan, y esa es la forma más antigua de la sabiduría.

Pensé que al volver iba a cerrar algo que llevaba décadas abierto, con herramientas que tardé años en conseguir. No para juzgar nada, sino para entender lo que en su momento solo pude vivir sin poder nombrarlo. La vida tiene la costumbre de dejar coincidencias demasiado prolijas para llamarlas azar: elegí el mismo mes en el que me había ido, treinta y cinco años antes.

Reach out and touch faith. Extendí la mano. Toqué lo que siempre fue real y yo había convertido en mito.

Antes de salir del pueblo, me senté en la plaza a contemplar una última vez la escena. Miré, ese domingo, la tranquilidad de un lugar que me permitió volver a soñar. Vi a una chica cruzar en bici con la mochila abierta y sin candado en el manubrio. Entendí la sabiduría de Las Junturas siendo Las Junturas, sin importarle demasiado que yo hubiera tardado treinta y cinco años en volver.

El sol estaba alto, hacía calor y el pueblo olía a tierra húmeda.

Subí al auto. Encendí el motor.

No elegí canción.

Gentileza:

Sommelier Nicolás Solano  –nicosolano@gmail.com

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