
Madrid, 28 de octubre de 2021. Mary Beard posa en la sala de columnas del Museo del Prado. Foto: Antonio Heredia
Le llovieron amenazas de muerte por salir en la tele hablando de la antigua Roma. Cualquiera se habría pegado un susto tremendo y se habría borrado de las redes. Ella no. Mary Beard prefirió dedicar los siguientes años de su vida a demostrar que el odio que estaba recibiendo tenía, por lo menos, tres mil años de historia.
Mary es una de las clasicistas más respetadas del Reino Unido. Su nombre completo es Winifred Mary Beard una académica inglesa especializada en estudios clásicos. Es catedrática en la Universidad de Cambridge, investigadora del Newnham College y profesora de literatura antigua de la Royal Academy of Arts. Destacan todos…sus trabajos de divulgación histórica.
Durante décadas, su vida fue exactamente lo que imaginas: papers académicos que solo leían cuatro colegas, clases en Cambridge y horas de silencio absoluto en bibliotecas rodeada de apuntes sobre una civilización muerta. Hasta que la BBC la llamó para hacer documentales.
Resultó ser un hacha frente a la cámara. Tenía chispa, un humor finísimo y una capacidad brutal para hacer que una movida de hace dos milenios sonara endemoniadamente urgente. Al público le encantó. Pero claro, Mary no encajaba en el molde de lo que la televisión del siglo XXI considera una presentadora «aceptable». Pelo largo y completamente canoso, ropa cómoda de profesora y cero ganas de someterse a sesiones de maquillaje eterno. Era ella misma.
Internet, que a veces saca lo peor de nuestra especie, reaccionó con una saña asquerosa. Le dijeron que era demasiado fea para la pantalla, que tenía cara de radio, que se volviera a su cueva de libros. La cosa se puso verdaderamente turbia cuando se le ocurrió opinar sobre política o inmigración, un terreno que los hombres intelectuales pisaban a diario sin que nadie les objetara. Ahí llegaron las amenazas gráficas de violencia sexual y los avisos de muerte.
Mucha gente se habría roto. El precio de tener voz propia era demasiado alto. Pero Mary aplicó la deformación profesional: en lugar de asustarse, se puso a estudiar el troleo masivo como si fuera un patrón histórico. Agarró las mismas herramientas rigurosas con las que analizaba el Imperio Romano y las usó para destripar el presente. Lo que descubrió da bastante miedo. Ese odio visceral no nació con Twitter ni con el anonimato de los foros. Venía de mucho más atrás. Es estructural.
En 2017 lo plasmó en un manifiesto cortito pero demoledor: “Mujeres y poder”. El libro arranca con la Odisea de Homero, los cimientos de nuestra cultura. Hay una escena genial donde Penélope baja al salón y le pide a un bardo que cambie de canción porque la deprime. Su hijo Telémaco, que es un crío, la corta en seco delante de todos: «Madre, sube a tus habitaciones y ocúpate del telar. La palabra es cosa de hombres». Es, literalmente, el primer ejemplo documentado en la literatura occidental de un hombre mandando a callar a una mujer en el espacio público.
Y el patrón se repite durante tres milenios. En la antigua Roma, a las mujeres que osaban hablar en el foro se las criticaba diciendo que emitían ladridos o sonidos de animales; sus voces no eran humanas. En la Edad Media, si una mujer reclamaba autoridad espiritual, la quemaban por bruja. La mismísima Isabel I tuvo que dar un discurso diciendo que tenía «el corazón de un rey» para que sus tropas la respetaran. A las mujeres siempre se les ha permitido el poder en la sombra, el susurro al oído del rey, la influencia privada, pero la autoridad pública, el derecho a ser escuchada y obedecida, se diseñó exclusivamente en masculino.
Por eso, cuando una mujer llega hoy a un puesto de liderazgo, se encuentra con una jaula invisible. Si es firme, la tachan de histérica o agresiva; si es dulce, parece débil; si es ultra eficiente, resulta fría y extraña. Lideres solo los hombres. Ellas tienen que aprender a esquivar trampas que se construyeron antes de que nacieran.
A Mary Beard la atacaron salvajemente porque tenía credenciales impecables en Cambridge y no podían rebatir sus argumentos. Como no sabían qué responderle, atacaron su físico y su edad, usando la amenaza sexual para recordarle lo que supuestamente les pasa a las mujeres que hablan demasiado alto. Vivió en su propia piel lo mismo que llevaba treinta años traduciendo de los papiros.
Hoy tiene 71 años. Pasó media vida estudiando a romanos muertos y terminó regalándonos la radiografía más clara de la misoginia viva. Las herramientas cambian —un tuit en vez de un papiro, pero el impulso de fondo sigue siendo el mismo: asustar a las mujeres para que devuelvan la palabra a los hombres. La respuesta de Mary fue ponerles un espejo delante y decirles: «Los vemos perfectamente. Y tenemos pruebas desde Homero».
Hoy es también adorada como una rockstar que firma autógrafos y hay quien le piden selfies. Su campo de estudio es lo clásico, pero su estilo es informal. Su voz y su palabra son siempre contundentes.
Gentileza:
Beatriz Genchi
Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.
Puerto Madryn – Chubut.

