San Rafael, Mendoza miércoles 15 de julio de 2026

La cicatriz – Por: Beatriz Genchi

Durante décadas, millones de personas llevaron en el brazo una pequeña marca que contaba una historia inmensa. Era la cicatriz de la vacuna contra la viruela.

Para muchos, esa señal redonda en la piel parece solo un recuerdo médico de otra época. Pero detrás de ella hubo una de las campañas sanitarias más importantes de la humanidad: la lucha contra una enfermedad que durante siglos dejó familias rotas, rostros marcados y ciudades enteras viviendo con miedo.

Edward Jenner médico y científico inglés pionero en el concepto de las vacunas y quien descubrió la vacuna contra la viruela, la primera vacuna del mundo. Fue quien observó que quienes cuidaban vacas—expuestos a la viruela bovina—parecían inmunes a la viruela humana, una enfermedad mortal en su época. A partir de esta observación, inoculó la viruela bovina en un niño y luego lo sometió al virus humano… sin enfermarse. Esta idea revolucionaria dio origen al término “vacuna”, acuñado por Louis Pasteur en honor a Jenner, derivado del latín vacca (“vaca”).
Un dato conmovedor: la viruela, una de las enfermedades más mortales de la historia—con 300 millones de muertes en el siglo XX—fue erradicada oficialmente en 1980, gracias a la vacunación global. De forma dramática, la última víctima fue Janet Parker, en 1978, quien falleció tras un brote accidental en Inglaterra. Su muerte y la del investigador involucrado marcaron el fin simbólico de una era.

Otro momento icónico: en 1885, Pasteur aplicó por primera vez su vacuna contra la rabia en un niño de 9 años, Joseph Meister, que había sido mordido por un perro rabioso. Él sobrevivió, y ese episodio consolidó la confianza pública en la vacunación, impulsando la creación de un instituto científico en su nombre.

Y para cerrar con un legado humano: el Dr. Maurice Hilleman desarrolló 40 vacunas, entre ellas la de las paperas. La cepa utilizada fue aislada de su propia hija, Jeryl Lynn, quien se enfermó de forma leve. Así nació una vacuna segura que luego formó parte de la famosa vacuna triple viral.

La vacuna contra la viruela no se aplicaba como muchas vacunas modernas.

No era una simple inyección profunda con jeringa. En la etapa final de la erradicación mundial se usó principalmente una aguja bifurcada, una pequeña herramienta de dos puntas que se mojaba en la vacuna y luego se presionaba varias veces sobre la piel, generalmente en la parte superior del brazo.

La idea era provocar una reacción local controlada.

El virus vaccinia, relacionado con el de la viruela, pero distinto y más seguro para la vacunación, generaba una pequeña lesión en el sitio de aplicación. Primero aparecía enrojecimiento, luego una ampolla, después una costra. Al caer, dejaba una marca permanente en la piel.

Esa cicatriz no era la cicatriz de la viruela.

Era la señal de que el cuerpo había aprendido a defenderse.

La diferencia importa. Las cicatrices de la enfermedad podían ser numerosas, profundas y visibles en el rostro y el cuerpo de quienes sobrevivían. La cicatriz de la vacuna, en cambio, era una marca pequeña, nacida de una lesión controlada que buscaba evitar algo mucho peor.

Durante mucho tiempo, ese pequeño círculo en el brazo fue casi un pasaporte de protección. Decía que una persona había recibido una defensa contra una de las enfermedades más temidas del mundo. En algunos países, generaciones enteras crecieron reconociendo esa marca en padres, abuelos, vecinos y maestros.

Se declaro como erradicada del mundo en 1980, después de una campaña internacional enorme, sostenida por médicos, enfermeros, vacunadores, comunidades y trabajadores de salud que llegaron a lugares remotos con heladeras portátiles, agujas, registros y una convicción muy simple: detener una enfermedad que había acompañado a la humanidad durante milenios.

Por eso aquella cicatriz no debería verse solo como una imperfección.

Es una huella de victoria colectiva.

Una pequeña marca en la piel que recuerda una época en la que la medicina, la organización pública y la cooperación internacional lograron algo extraordinario: borrar del mundo una enfermedad que durante siglos pareció invencible.

Algunas cicatrices hablan de heridas. Esta habla de una humanidad que aprendió a protegerse.

Gentileza:

Beatriz Genchi
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.
bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut.

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