San Rafael, Mendoza miércoles 22 de julio de 2026

El pasado que el oro no esconde – Por:. Nicolás Solano

Hay un cuenco roto que vale más caro que sano, entero.

La primera vez que lo escuché pensé que era una de esas frases que suenan profundas y no dicen nada. Pero es literal. En Japón, desde hace siglos, cuando se les quiebra un cuenco de cerámica que vale la pena —uno de esos que pasaron de abuela a nieta— no lo tiran ni lo esconden en un cajón. Lo reparan. Pero no lo reparan para disimular. Juntan los pedazos con una laca mezclada con polvo de oro, de modo que la unión quede a la vista, brillante, imposible de ignorar. La grieta no se tapa: se subraya. Se vuelve la parte más hermosa de la pieza. Le pusieron un nombre, kintsugi, que quiere decir algo así como «carpintería de oro».

El resultado es un cuenco que ya no es el que era. Tiene una historia escrita encima. Cualquiera que lo toma entre las manos ve, que en algún momento esto estuvo quebrado y alguien decidió que valía la pena rearmarlo.

A nosotros nos enseñaron que lo roto se oculta. Que la cicatriz es una falla, que la grieta da vergüenza, que lo deseable es llegar entero, sin marcas, presentable. Vivimos arreglándonos por dentro con un pegamento casi transparente, rezando para que nadie note por dónde nos partimos alguna vez. Mostramos la versión pulida, la que parece que nunca se cayó de la mesa. Y al que pregunta demasiado le decimos que está todo bien, que de eso ya ni nos acordamos.

El problema es que esa reparación invisible es mentira, y las mentiras pesan. Un cuenco pegado con pegamento no engaña a nadie de cerca: se ve la línea fea, el intento de que parezca nuevo. Lo que envejece mal no es la grieta; es el disimulo de la grieta. Lo que da lástima no es haberse roto —todos nos rompimos alguna vez por algo— sino la energía gastada en que no se note.

El que inventó el kintsugi entendió una cosa que a nosotros nos cuesta una vida entera. Que la pieza intacta, la que nunca se cayó, en realidad no tiene nada para contar. Es linda y es muda. Recién cuando se quiebra y se rearma con la fractura a la vista empieza a decir algo. La línea de oro es el lugar exacto por donde entró la historia. Si eliminas la grieta, le borras su historia de vida.

No estoy diciendo que haya que romperse para tener valor, ni que el dolor sea lindo, ni ninguna de esas cosas que se dicen para que la herida ajena moleste menos. El golpe duele y el cuenco roto, mientras está hecho pedazos sobre el piso, no es ninguna metáfora: es un cuenco roto y da bronca. Pero después viene el momento en que hay que decidir qué se hace con los pedazos. Y ahí están las dos opciones de siempre: el pegamento transparente, el disimulo, el «no pasó nada». O el oro.

El oro cuesta más, sin embargo, invita a admitir, delante de cualquiera que mire, que por acá estuviste partido. No es cómodo. Pero es lo único que convierte un accidente en una historia, y una historia es lo único que después uno puede tener entre las manos sin avergonzarse.

Por eso, cuando me toca rearmarme de algo, trato de acordarme del cuenco. De que la tentación va a ser siempre el pegamento, la versión nueva, la que parece que nunca se cayó. Y de que lo que vale más, lo único que vale más, es lo que se anima a mostrar por dónde se quebró, con la línea bien a la vista, brillando.

Gentileza:  

Sommelier Nicolás Solano  – nicosolano@gmail.com

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