Trabajo en equipo, inspiración para sobreponerse a situaciones adversas y dignidad ante la derrota son ejemplos innegables que la Selección nos dejó tras el Mundial. Sin embargo, a ese legado deportivo se le suma uno inesperado, profundamente ligado a nuestra identidad nacional: reivindicar la soberanía sobre las Islas Malvinas con una bandera ante los ojos del mundo. Tal vez sin buscarlo, este gesto se convirtió en un aporte tan sorpresivo como impactante, tanto en la Argentina como en el Reino Unido y el resto del planeta.
En el tablero de la política internacional, los gestos y los ejercicios simbólicos suelen tener un impacto mucho mayor que la fuerza o el poder físico. Los ejemplos sobran. Nunca se habló tan profundamente del cambio climático como cuando una adolescente sueca, Greta Thunberg, inició una huelga que encendió manifestaciones en 270 ciudades de los cinco continentes. Mucho antes, Mahatma Gandhi propició el derrumbe del dominio británico en la India con protestas que hicieron de la paz su arma más letal.
Exhibir la bandera de Malvinas en pleno Mundial, ante millones de televidentes, representó la acción de reivindicación soberana más contundente en lo que va del siglo XXI. Su onda expansiva fue inmediata: a solo una semana del hecho, medios británicos influyentes como el prestigioso The Guardian publicaron columnas de opinión instando a su propio gobierno a la reflexión. Estas voces no solo advierten que en algún momento deberá cesar la ocupación, sino que subrayan algo crucial: el enorme costo que supone la logística de seguridad y defensa de las Islas es hoy inadmisible frente a la debilidad económica que experimenta el Reino Unido.
Para que este impacto se convierta en un condicionante real, el Estado argentino debe demostrar la capacidad de usufructuar tres activos clave: el enorme prestigio deportivo de la Selección, la pésima reputación del colonialismo en la agenda global contemporánea y el asfixiante costo económico que le insume al Reino Unido sostener su presencia en el Atlántico Sur.
No obstante, la historia reciente nos exige una mirada crítica. Desde 1982, la política exterior argentina sobre Malvinas ha tenido dos constantes. Por la positiva, la irrenunciable reivindicación de la soberanía y el sostenimiento del reclamo diplomático, más allá de los cambios de gobierno y paradigmas ideológicos. Por la negativa, modificaciones erráticas —a veces difíciles de comprender— que oscilaron entre estrategias de acercamiento e instancias de conflicto discursivo, determinadas más por las urgencias de la política interna que por un interés nacional supremo.
Esta falta de una mirada a mediano y largo plazo, capaz de trascender administraciones y décadas, es lo que impidió en estos más de cuarenta años avanzar con acuerdos parciales y pasos paulatinos que modifiquen la situación de fondo: la ocupación británica y su rotunda negativa a discutir el dominio sobre las Islas.
A pesar de esto, proyectar la desocupación de Malvinas y su definitiva integración al territorio nacional no es una utopía. Las estadísticas hablan por sí solas: en 1950, más del 30 % de la humanidad vivía en territorios colonizados; en 1982, esa cifra apenas superaba el 1 %; y hoy, en pleno 2026, alcanza a solo el 0,2 % de la población mundial. Apenas quedan 17 territorios en esta situación en todo el planeta, y Malvinas es uno de ellos.
La descolonización es un proceso histórico innegable e imparable. La bandera agitada por Lisandro Martínez y Giovani Lo Celso —validada por un equipo respetado en todo el mundo y sostenida por un triunfo de una épica deportiva extraordinaria— puede y debe ser el punto de partida que decante, primero, en gestos y, luego, en hechos. Propiciar que Malvinas siga este camino requiere ahora de una pericia diplomática capaz de capitalizar el extraordinario gesto de una Selección que, sin quererlo, subió el tema a la agenda internacional como nadie más lo había logrado en el siglo XXI.
Por: Francisco Mondotte
Lic en Relaciones Internacionales (UNCPBA)- Mag. En Integración Regional (UBA)

