Hay una escena que se repite en el mundo del vino desde hace años y siento que es un idioma que aleja en vez de acercar. Alguien levanta la copa, la hace girar, la huele, toma un sorbo pequeño y empieza a habl de frutos rojos, de especias, de tierra mojada, de taninos sedosos, de un final largo con recuerdos de vainilla y cuero. Habla durante un minuto y medio. La persona de al lado asiente despacio, como quien reconoce algo que también percibió, pero no había podido nombrar.
Pocas veces es verdad.
No digo que exageren adrede. Digo que el vocabulario de la cata tiene un efecto particular sobre quien lo escucha por primera vez: intimida, y la intimidación produce una respuesta predecible. La gente asiente. Chamulla. Agrega algo que suena parecido a lo que acaban de decir. Y en ese momento el vino desaparece de la conversación y queda solo el idioma del vino, que es otra cosa completamente distinta.
Lo vi muchas veces. La cara de alguien que estaba disfrutando genuinamente una copa hasta que alguien empezó a hablar de «notas de grafito con reminiscencias de cacao amargo» y de golpe ya no supo si lo que sentía era correcto. Si su paladar estaba a la altura. Si debería estar percibiendo el grafito que el otro percibía o si había algo mal en su boca.
No había nada mal, quizás alguien hablando de más.
El lenguaje técnico de la cata existe por razones válidas. Es una herramienta de comunicación entre profesionales, una manera de ponerse de acuerdo sobre lo que hay en una copa sin depender de la subjetividad pura. Cuando dos sommeliers hablan de acidez o de estructura tánica, están usando un vocabulario compartido que ahorra tiempo y reduce malentendidos. Eso tiene valor.
El problema es cuando esa herramienta sale del contexto profesional y se convierte en el idioma oficial del vino para todo el mundo. Cuando alguien que recién empieza siente que para disfrutar una copa primero tiene que aprender a describirla en términos que nunca usaría para describir ninguna otra experiencia sensorial. Nadie sale de ver una película y dice que tuvo «reminiscencias de Tarantino con un final que evoca la soledad de la estepa rusa.» Simplemente dice si le gustó o no.
El vino funciona igual. «Me gusta» es una respuesta completa. «Está rico» es una respuesta completa. «No sé qué tiene, pero lo tomaría de nuevo» es, quizás, la mejor crítica que puede recibir una botella.
Lo que el vino necesita no es que lo describas. Necesita que lo disfrutes. Son cosas distintas, y confundirlas tiene un costo que ya conocemos: setenta litros por año en los 70, quince y pico hoy. En el medio, mucha gente que decidió que el vino era para los que saben hablar de él.
No lo es. Nunca lo fue. Es libre pensamiento sensorial.
Gentileza;
Sommelier – Nicolás Solano
nicosolano@gmail.com

