San Rafael, Mendoza lunes 15 de junio de 2026

Odio no es oportunidad – Por:. Beatriz Genchi

Un juego de mesa puede parecer un objeto inocente, hasta que muestra cómo una sociedad aprendió a convertir el odio en entretenimiento.

En 1938, en la Alemania nazi, ¡apareció un juego llamado Juden Raus!, expresión que puede traducirse como “judíos fuera”. Era un tablero infantil, colorido, aparentemente simple, creado por una empresa privada y vendido como si fuera una diversión familiar. Pero su contenido revelaba algo mucho más oscuro: la normalización del antisemitismo en la vida cotidiana.

El tablero representaba una ciudad amurallada. Los jugadores debían mover piezas que caricaturizaban a personas judías y sacarlas del espacio urbano. El objetivo era expulsarlas. La idea era presentada con ligereza, como si la exclusión, el despojo y la humillación pudieran transformarse en una partida de mesa.

Esa es la parte más perturbadora.

El mal no siempre entra gritando.

En ocasiones entra disfrazado de chiste, de juego, de costumbre familiar, de objeto común sobre una mesa. En ese tablero, los niños no aprendían simplemente a tirar dados. Aprendían a ver a otros seres humanos como estorbo, como pieza movible, como algo que debía ser retirado para que el juego terminara bien.

Juden Raus! apareció el mismo año de la Noche de los Cristales Rotos, cuando sinagogas, negocios y hogares judíos fueron atacados en toda la Alemania nazi. Ese contexto lo vuelve todavía más inquietante. Mientras la violencia real avanzaba en las calles, un juego convertía la expulsión de personas judías en una actividad doméstica.

Lo más revelador es que ni siquiera fue una pieza oficial del régimen. No salió directamente de una oficina de propaganda nazi, sino de una empresa que vio en el odio una oportunidad comercial. Eso dice mucho sobre el clima de la época: el antisemitismo no necesitaba estar siempre ordenado desde arriba para circular. Ya estaba lo bastante extendido como para convertirse en producto.

Incluso sectores nazis criticaron el juego, pero no por compasión hacia las víctimas. Lo rechazaron porque les parecía una banalización de una política que ellos consideraban seria. Esa crítica muestra una verdad escalofriante: el problema no era el odio, sino que alguien lo hubiera convertido en algo demasiado vulgar, demasiado comercial, demasiado parecido a una broma.

Una sociedad no llega al horror de un día para otro. Primero aprende a reírse de ciertas personas. Luego aprende a excluirlas. Después acepta que pierdan sus derechos. Más tarde mira hacia otro lado cuando las expulsan, las persiguen o las desaparecen de la vida pública.

Por eso este “juego” se conserva en museos y bibliotecas. No para repetirlo. No para jugarlo. No para convertirlo otra vez en entretenimiento. Se conserva como prueba de una época en la que el odio pudo entrar en una casa, sentarse con una familia y presentarse como diversión.

Ese objeto pequeño nos recuerda que la propaganda no siempre necesita grandes discursos. También puede caber en una caja.

Y cuando una sociedad permite que la deshumanización se vuelva juego, ya ha comenzado a perder algo mucho más grave que una partida: ha empezado a perder su conciencia.

Gentileza;

Beatriz Genchi
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.
bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut.

 

 

 

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