San Rafael, Mendoza jueves 22 de enero de 2026

El valor de la mujer en la casa – Por:. Rogelio López Guillemain

“Mi mujer no hace nada, solo es ama de casa”.  Esta sentencia tiene varias aristas que deben ser analizadas para entender qué encierra y si tiene algo de razón o es solo menospreciar esa actividad.

La humanidad existe desde hace 2 millones de años, el homo sapiens desde hace 300.000 años y la llamada humanidad cultural desde hace 70.000 años.  Analizar el contexto de la división de tareas de la pareja/familia sin entender de dónde viene y obviando los cambios que se produjeron en los últimos 70 años nos conduce irremediablemente al error.

Hasta hace casi un siglo, ser “ama de casa” no era algo menor ni mucho menos.  Hasta la aparición de los pozos comunitarios, los acueductos o las acequias, una mujer podía invertir hasta un 30% de su tiempo solo en buscar agua, nada más y nada menos que agua, lo más indispensable para la vida.

A eso debemos agregar la búsqueda de alimentos silvestres y de leña, evitar que los animales entren y roben sus alimentos, alejar a los roedores y otras plagas, confeccionar ropas y calzados, cocinar y cuidar a los hijos.  La vida en la casa era muy intensa y las tareas no acababan nunca.

Estas condiciones fueron las habituales por miles y miles de años, incluso aún hoy hay comunidades en las que las tareas hogareñas siguen siendo estas mismas y en las mismas condiciones; y salvo la mejora en el acceso al agua y la compra de ropa, incluso en nuestro país tenemos amplias franjas de argentinos que viven como se vivía hace 100 años.

El agua corriente, la electricidad, el gas, las cloacas, el acceso a ropa y calzados, el lavavajilla y lavarropas, los insecticidas, raticidas y productos de limpieza desinfectantes, las escuelas y guarderías, la telefonía y los medios de transporte simplificaron la tarea hogareña de la mujer tanto como el tractor y la maquinaria lo hizo con la tarea rural e industrial del hombre.  Le dio a la mujer un tiempo libre que resultaba absolutamente impensado hace poco menos de un siglo, tiempo libre que cambió la percepción de lo que significa e implica dedicarse “solo a la casa”.

La tecnología ha venido a liberar al hombre del trabajo rutinario, riesgoso y de altísimo esfuerzo.  Hasta el siglo XIX la gran mayoría de las personas no tenían días libres, ni vacaciones, ni horas de descanso; se trabajaba “de sol a sol” para apenas sobrevivir.  El mismo régimen tenían las mujeres pero dentro del hogar.

Tuve en mi poder un cuaderno de 1919 con las tareas que realizó una mujer para completar un curso de “ciencias y artes domésticas”.  Esa mujer tenía una posición económica muy holgada y no necesitaba realizar las tareas hogareñas.  De todos modos, debía conocerlas para que se ejecutaran con precisión y eficiencia si deseaba que el personal doméstico las realizara correctamente.

Costura de ropa desde bebé en adelante, cuidados en la elección de los alimentos y sus formas de cocción, formas de lavar y desinfectar, modos de mantener la casa fresca en verano y cálida en invierno, y otras decenas de tareas absolutamente detalladas escritas de puño y letra en cursiva.  Hoy con un video de las redes en apenas segundos se puede recibir esta instrucción que significó hace un siglo todo un esfuerzo.

Este novedoso tiempo libre que tiene la mujer (70 años en la historia de la humanidad es nada) le permitió salir más, estar más presente en la calle, en el deporte, en el estudio y en el arte.

Tanto es así, que las universidades han sido “invadidas” por mujeres, al punto tal que en mis cohortes de alumnos en medicina representan casi el 90% de los estudiantes y en mi residencia de cirugía (ámbito absolutamente masculino hasta hace apenas 50 años) son 4 mujeres de 4 residentes, el 100%.

El cambio cultural es enorme y se está produciendo en muy poco tiempo, lo que implica ajustes en la convivencia en el hogar, en el trabajo y en todos los ámbitos de la sociedad.  Esto no quiere decir que debamos aceptar sin pensar todo lo nuevo solo por ser nuevo y que debemos destruir todo lo construido como humanidad durante decenas de miles de años.  Adscribir ciegamente al posmodernismo con su relativismo no creo que sea lo mejor (incluso pienso lo opuesto).

Existen situaciones dolorosas como la guerra de Ucrania, en la que son los hombres quienes pelean mientras las mujeres se ponen a salvo.  Esto, que tenía un sentido biológico o de supervivencia en el pasado, hoy responde a pautas culturales que tanto hombres como mujeres aceptan (no veo marchas de mujeres pidiendo ir al frente de batalla).  No por machismo, sino porque para un hombre su familia es lo más importante y dar la vida por ella le da sentido a su existencia.

Por supuesto que existen trogloditas que aún viven en la época de las cavernas y buscan imponer estructuras de convivencia de pareja que hoy han dejado de tener valor, valor que le daba su utilidad, su necesidad.  Pero claramente eso no es el común denominador entre los cientos de millones de habitantes de Occidente.

Hoy nos asomamos a una nueva era.  La robótica y la IA están abriendo nuevas realidades donde las horas dedicadas al trabajo seguramente seguirán bajando como lo han venido haciendo desde hace casi dos siglos.

Tendremos cada vez más tiempo libre y la pregunta es: ¿qué haremos con él?  Las artes, el conocimiento y el deporte terminan siendo insuficientes, y las relaciones sociales circunstanciales vacías e intrascendentes (en el sentido estricto del término).

A lo largo de la vida, en toda la existencia, la familia —la manada — ha sido lo más importante, lo único verdaderamente importante.  Quizás estemos en los albores de un tiempo en el que dedicarnos con mayor cuidado y presencia a lo importante, a la familia, sea una realidad posible.

Un tiempo en el que no debamos salir corriendo a trabajar para pagarle a alguien que cuide a nuestros hijos, sino que seamos nosotros mismos los que lo hagamos.  Un tiempo en el que recuperemos el deseo de invertir nuestro tiempo, no en estímulos vacíos y alegrías esporádicas, sino en un proyecto de vida que nos trascienda, que nos dé esa suerte de eternidad que es la descendencia.

Gentileza; 

Rogelio López Guillemain – fidias1967@gmail.com

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