San Rafael, Mendoza miércoles 26 de febrero de 2025

Frida, la del bigote! – Por:. Beatriz Genchi

Los antiguos mexicanos, creían en un supremo dios dual, Ometeotl, formado por Ometecuhtli y Omecihuatl, el cual había creado a todos los dioses y los hombres; esta era la deidad de lo femenino y lo masculino, de la dualidad.

Una deidad, si quieren, hermafrodita para entendernos a la occidental, pero sin duda con un significado que se nos escapa, más profundo, más sutil, lleno de misterio y sabiduría.

Quizá no sea casualidad que uno de los cuadros más importantes de la pintora mexicana Frida Kahlo sea “Las dos Fridas”, pintura que ha despertado la curiosidad e intriga de más de un conocedor que desearía desvelar su misterio.

Mas allá del enigma que encierre la pintura, lo cierto es que Frida, por dos bandas, tiene arraigada la herencia del arquetipo del doble; por un lado, la de su padre, de origen alemán, de donde viene el término dopelgangers, utilizado asiduamente en la literatura romántica y que significa dobles, existencia dividida, consciente e inconsciente. Por el otro lado, el materno, hereda la cosmogonía mesoamericana, en donde, al igual que para los aztecas, se encuentra reiteradamente la doble deidad como primeros señores del mundo y creadores de todo. Frida, no sólo en su pintura sino en su vida, jugó a conciliar esos dobles,

La artista quizá también eligió hacer uso de las armas que otorga esta doble situación, decidió esconder su poliomielitis y su cuerpo terriblemente destrozado bajo las más vistosas galas del folclore popular y las más exóticas joyas prehispánicas, decidió mostrarse en su pintura desgarrada, herida de muerte, pero rodeada de vida y de naturaleza exuberante; nos narra su propio dolor, y lo pinta con colores llamativos.

Esta manera de contarse a sí misma la inscribe dentro de la modernidad, en el ámbito narrativo contemporáneo, al mostrar y contarnos su sufrimiento entra en el discurso hipermoderno. Aunque cuentan que Breton calificó la pintura de Frida como surrealista, pero ella rebatió esta declaración diciendo que no pintaba sus sueños, sino su realidad, una realidad contundente.

Su vida y sus pinturas merecen un estudio más profundo, que tome en cuenta todo el universo que la rodeaba, la vida de la época, la propia importancia en el momento de las personalidades que ella frecuentaba. Porque de alguna manera, como icono, la Frida atacada por la polio, la Frida partida en dos por un hierro que le deja incapacitada para ser madre, la Frida que se viste de traje de hombre y se pinta con bigote, porque no acaba de ser mujer, pero tampoco deja de serlo, una Frida fisiológicamente incapacitada para la maternidad, para dar vida a otro ser y sin embargo una creadora incansable.

“Las dos Fridas” su obra más sonada, deja de ser Frida y se convierte en discurso, en teoría, en motivo de investigación, en contradicción. Frida que se va a los Estados Unidos cuando al mismo tiempo los desprecia, Frida que se crea una imagen, que ha dado la vuelta al mundo y que ya no somos capaces de sacarnos de la cabeza.

Había estado viviendo durante más de seis meses entre Nueva York y París debido a una serie de exposiciones individuales. Sin embargo, a su regreso a México, la artista sufrió una terrible decepción amorosa debido a su ruptura con Diego Rivera, lo cual, aunado al aumento de sus dolores físicos, fueron el motivo para realizar esta obra.

Una arteria conecta a las dos Fridas, desde sus manos hasta sus corazones. Mientras que la arteria de la Frida de la derecha acaba en un pequeño retrato de Diego Rivera, la arteria de la Frida de la izquierda está cortada con unas tijeras quirúrgicas, siendo ella misma la ejecutora. Se representa en su colorida vestimenta mexicana de tehuana, representando la mujer a la que Diego Rivera había amado. Por otro lado, aparece la otra Frida con un antiguo vestido victoriano de encaje blanco, inspirado en el vestido de casamiento de su madre.

Su imagen de marketing es una Frida dura, abierta y con bigote. Y no es que quiera insistir en este punto que parecería a primera vista que no tiene sentido alguno, pero es que más allá de que Frida tuviera o no tuviera bigote, la realidad es que se pintaba con bigote cuando perfectamente podría no haberlo hecho. Las distancias pueden hacernos caer en un espejismo o pueden ayudarnos a encontrar un ángulo apropiado para una reflexión desde fuera, la distancia es propicia para una mirada más objetiva.

La verdad es que el bigote de Frida fue el primer motivo para comenzar la reflexión de este pequeño escrito, una mezcla de rabia y decepción porque muchas veces sólo se la reconozca por eso, porque en muchas conversaciones Frida no sea la estupenda pintora o la incansable luchadora, sino la mexicana, “esa” cejijunta y con bigote; porque Frida, más que otra cosa, fuera la extrañeza del aspecto que ella misma se había creado. Y que ahora se ha tomado como símbolo del feminismo, invocada por una gran mayoría que realmente no conoció su profunda lucha..

Con su bigote Frida denunciaba, y denuncia aún hoy en día, una sociedad y una manera de ver el mundo con la que no estaba de acuerdo; con su bigote Frida nos recuerda que todas las cosas tienen dos lados y desafía con él un estigma social, traspasa las fronteras de lo socialmente aceptado. Si Marcel Duchamp parodió a la Mona Lisa, y con ella a toda una sociedad, pintándole una barbilla y un bigote, ¿qué sería entonces de Frida?

Gentileza:

Beatriz Genchi

Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut.

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