San Rafael, Mendoza martes 28 de mayo de 2024

Prisionera en un convento – Por:. Beatriz Genchi

El amanecer del fatídico día en que se formalizó el golpe militar en Argentina y el destino de Isabel Perón. Que durante los hechos se ve empujada a un helicóptero y luego trasladada de un lado a otro hasta el exilio en España. El destino la había catapultado a la cima de la nación y los acontecimientos posteriores la habían hundido en la ignominia del arresto, prisionera de un grupo de militares que le habían diseñado una vida anodina y alejada del poder.

¿Se puede saber que van a hacer conmigo?», preguntó Isabel —el nombre de fantasía que portó en la vida pública María Estela Martínez de Perón— a los tres uniformados que acaban de anunciarle que las Fuerzas Armadas la habían desplazado del poder. «Señora, la vamos a trasladar a la residencia de “El Messidor», le respondieron, según el testimonio que transcribió la historiadora María Sáenz Quesada en la biografía publicada sobre la ex presidente. «¿Y dónde queda eso?», insistió la viuda de Perón, instalada todavía en su despacho de la Casa de Gobierno. «En la provincia de Neuquén», le explicaron. «Pero yo estoy con lo puesto», fue la reacción de Isabel.

A las 0.49 del 24 de marzo de 1976, el helicóptero presidencial tomó altura desde la terraza de la Casa Rosada, llevándose a la última esposa del general Perón. Solo unos 50 fieles quedaban en la Plaza de Mayo gritando el nombre de «Isabelita», como muestra un documental del canal norteamericano ABC. La mansión del El Messidor es un pequeño castillo de estilo francés ubicado a metros del Lago Nahuel Huapi, en las afueras de Villa La Angostura, que sus propietarios cedieron al gobierno neuquino en 1964. Allí se hospedaron, para un relajado descanso, los presidentes Juan Carlos Onganía, Raúl Alfonsín y Carlos Menem, además del rey Juan Carlos de España y el emperador japonés Hirohito. Pese a la belleza del entorno, la ex presidente no la pasó nada bien durante los siete meses que duró su detención en la residencia patagónica, a disposición del gobierno de facto. Así lo testimonian las cartas que en tono casi desesperado le escribía al Nuncio Apostólico, Pío Laghi, para que le gestione un trato menos riguroso de parte de los gendarmes.

La junta militar conformó un cerco de más de 300 gendarmes en torno a la finca vestida de cohiues y ñires para evitar una eventual huida de Isabel a Chile que pudiera convertirla en símbolo del peronismo en el exilio.

La recluyeron durante largo tiempo en una habitación del piso alto, la única con baño privado, aunque sin calefacción ni vista al lago. Los lugareños aseguran que una mucama le subía a escondidas una estufa eléctrica y rumorean que llegó a tener un sigiloso romance con un custodio. Su única compañía en esos días fueron su fiel ama de llaves andaluza, Rosarito, y varios perros mascota cuyo cuidado había compartido con el general Perón.

Luego la trasladaron a la Base Naval Juan Bautista Azopardo de Azul, en el centro de la provincia de Buenos Aires. Tuvo una estadía bastante más cómoda, ya que contó con la protección del almirante Emilio Massera, uno de los miembros de la junta militar, según reconocería la ex presidenta cuando el juez español Baltazar Garzón la indagó en 1997 sobre las actividades de la Triple A.

En el marco de la interna militar, en octubre de 1978 la detención de Isabel pasó a ser responsabilidad del Ejército. Fue llevada a la quinta de San Vicente, la única de las propiedades heredadas de Perón que no le fueron confiscadas por los militares. En esa finca de seis hectáreas estuvo hasta su liberación, el 12 de julio de 1981, cuando decidió partir hacia Madrid. Recaló en el elegante barrio de Puerta de Hierro, donde había vivido por años junto a Perón, asistidos por José López Rega. Por entonces, Roberto Viola había reemplazado como dictador a Jorge Videla y buscaba emitir señales de apertura política. La libertad de la viuda de Perón iba en esa línea.

Pero lo que poco se sabe es que, para la Sra. se exploró la posibilidad de una estancia forzosa en un monasterio. Luego las cosas no salieron como deseaban y la engorrosa esposa de Perón siguió retenida durante un tiempo determinado en la base de la localidad de Azul, no lejos del convento trapense.

Este episodio se encontró durante la investigación del libro “Tierra prometida”. En el monasterio de la Madre de Cristo construido en los años setenta en la localidad de Hinojo (entre Azul y Olavarría) se constataron visitas interesadas por el año 1974. Las monjas acababan de establecerse en su nuevo destino. La visita definitoria se remonta a los primeros meses de 1977, cuando dos hombres con sotana se presentaron a las puertas de ese mismo monasterio y piden hablar con la priora. El más conocido de los dos fue el obispo y ordinario militar de las fuerzas armadas de la época, Adolfo Servando Tórtolo; el segundo, con toda probabilidad su secretario. El obispo había terminado recientemente su cargo de presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y desempeñaba el de ordinario de las Fuerzas Armadas. Una responsabilidad, esta última, que lo introdujo frecuentemente en el entorno de los hombres de la junta militar que habían ejecutado el golpe militar de marzo de 1976. De hecho, fue el mediador con el que había intentado convencer a la señora Martínez de Perón de que dejar el poder un poco antes de que se lo quitaran. No sabemos si la nueva misión que el obispo estaba a punto de emprender, fue idea suya o había sido pactada con el almirante Emilio Massera, quien en ese momento era responsable de la suerte de la viuda de Perón, y de la vida de miles de presos ilegales encarcelados en varios puntos del país.

Lo que importa es que presenta el caso de la viuda de Perón tocando las fibras de la compasión. Describe a la señora como una mujer enferma que necesita mantenerse alejada del «ojo de la tormenta», es decir, de los distintos procesos judiciales abiertos contra ella, que la acusan de malversación de fondos de una fundación benéfica que ella presidía… Acusaciones que se convirtieron en presiones judiciales que angustiaron especialmente a la prisionera, hasta el punto de llevarla a un intento de suicidio que algunas fuentes remontan al 14 de junio de 1977. El vicario de la castrense también aseguró que se trataba de una persona muy religiosa, que en el monasterio habría llevado una vida apartada y silenciosa.

La reacción que enfrentó Tórtolo fue de perplejidad y desconcierto. Se le hizo saber que la zona de clausura, típica de la trampa benedictina, comenzaba detrás de la sala de visitas en la que se encontraban en ese momento y que, por tanto, no podía entrar ninguna persona ajena. La casa de huéspedes, no habría garantizado la confidencialidad considerada parte fundamental de esa misión. Y de hecho el propio Tórtolo no lo consideró una buena solución, ya que de esa manera la dama no estaría lo suficientemente alejada de las miradas de la gente. La ubicación del monasterio se consideraba propicia para la privacidad, pero la disponibilidad edilicia tenía dificultades. El prelado insistió en una solución más discreta, la de una celda en la parte actual del convento, asegurando a las monjas que no faltarían los permisos necesarios para que Isabel viviera dentro del monasterio. Puso sobre la mesa su autoridad y buenas relaciones con los líderes de las Fuerzas Armadas.

Pero son valoraciones que no convencen a los benedictinos de la Madre de Cristo. Las monjas se toman su tiempo y dicen que tienen que hablar del asunto con sus superiores. Al día siguiente, una delegación del monasterio se dirige al campamento de hombres Nuestra Señora de los Ángeles en la cercana localidad de Pablo Acosta para hablar con el superior padre Agustín Roberts, fundador del mismo en 1958 desde la Abadía de Spencer en Estados Unidos. La siguiente parada los lleva hasta el obispo local, Manuel Marengo, muy conocido por las monjas por haber completado la compra de las 14 hectáreas de terreno en las que se levanta su monasterio. Decidieron también hablar con el nuncio en Argentina, Pio Laghi. Este último, sorprendido por la iniciativa de Tórtolo, se declara decididamente en contra de la idea de acoger a Isabelita en el convento femenino. Considero la solicitud ni más ni menos que “¡un disparate!” Y ésta será la respuesta finalmente comunicada a Mons. Tórtolo. Fin del intento.

Isabelita continuará su reclusión en la base naval del Ejército en la localidad de Azul, en condiciones insatisfactorias, al menos eso se deduce de una carta que intentará hacer llegar a manos de Juan Pablo II, recientemente elegido Papa, pero no se pudo confirmar si realmente fue entregada. Finamente en octubre de 1978 fue trasladada a una casa en las afueras de Buenos Aires, en la localidad de San Vicente, construida sobre un terreno de dieciocho hectáreas que Perón había comprado en 1943. Allí pasará los últimos años de su encarcelamiento. En julio de 1981 le redujeron la pena y quedó en libertad.

La última de las numerosas investigaciones sobre la señora de Perón, la encuentra en la intimidad de una casa a unos cuarenta kilómetros de Madrid, en la localidad de Villafranca del Castillo. Allí vive a la venerable edad de 93 años, donde pasa en un silencio impenetrable y una vejez enfermiza.

Gentileza;

Beatriz Genchi
Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut.

 

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