San Rafael, Mendoza 22 de junio de 2024

El milagro de la ternura – Beatriz Genchi

¿Digamos que Nandy o Shanidar I era un neandertal con mala o buena suerte?

Shanidar I es el nombre de catálogo, también conocido como esqueleto de Shanidar y nombrado por el descubridor como Nandy, de un esqueleto fósil de Homo neanderthalensis encontrado en una cueva. Los restos tienen una antigüedad de 35 000 a 45 000 años.

La cueva de Shanidar está en el Kurdistán iraquí y es uno de los yacimientos arqueológicos prehistóricos más importantes del mundo. Entre los años 1957 y 1961 el estadounidense de la Universidad de Columbia Ralph Solecki y sus obreros kurdos encontraron nueve esqueletos de neandertales en la cueva, un hallazgo verdaderamente raro y valioso.

Todavía hoy en día se discute si los nueve murieron como consecuencia de un derrumbe de la cueva o si fueron enterrados. Otra opción es que algunos murieran en una avalancha de rocas y otros hubieran sido inhumados con anterioridad. De hecho, en el posible enterramiento de uno de ellos aparecen ingentes cantidades de polen, lo cual indicaría que al individuo le rodearon con flores. Sin embargo, la presencia de flores es muy polémica y hoy en día algunos autores le achacan a una contaminación moderna.

Lo que encontró Solecki del individuo en cuestión, fue primero el cráneo y una vez retirado del yacimiento siguió la excavación del resto del esqueleto, que correspondía con un adulto realmente viejo, para un neandertal, unos 40 años —lo que hoy correspondería a unos 80.

 Quizás fue un accidente de caza o una mala caída, pero el caso es que durante su juventud sufrió un brutal golpe que le aplastó el lado izquierdo de la cara y le dejó medio ciego. Además, sus restos presentaban múltiples fracturas en el brazo derecho y deformidades en su pierna también derecha, atribuyéndosele una parálisis en ese lado del cuerpo quizás debida a la lesión craneal, quizás por una malformación congénita.

Como señala el paleontólogo Erik Trinkaus, probablemente Nandy fuera, por lo que sabemos hasta ahora, el homínido del Pleistoceno más severamente castigado.

Podríamos decir que en las condiciones extremas y terriblemente duras para la supervivencia de un individuo sano hace tantos años atras, uno que fuera cojo, manco y casi ciego tenía todos los números para no llegar a viejo.

Si se cuenta todo esto, es porque Nandy llegó lejos.

Sus registros fósiles hablan de una cicatrización ósea de todas sus lesiones. De hecho, murió pasados los 45 años, una longevidad bastante aceptable en el universo neandertal.

Es decir, casi completamente inválido, no fue abandonado a su suerte para morir de frío, inanición o presa de las alimañas. Antes bien, fue atendido de sus heridas, cuidado y posteriormente mantenido por la comunidad, como señala el antropólogo forense T. Dale Stewart.

¿Podemos imaginar a aquella tribu, cargando literalmente con Nandy en sus desplazamientos de un asentamiento a otro, por escarpadas pendientes y en medio de fuertes ventiscas?

Atrás quedaban para él los gloriosos días de caza o de explorar cuevas. Pero también podemos imaginarlo (nos encanta) intentando ser útil a su comunidad en el cuidado de los pequeños o manteniendo encendido el fuego.

Así pues, vuelve a llegarnos desde el Pleistoceno un lejano eco que nos trae mensajes de supervivencia gracias a la solidaridad, ternura y cariño del grupo.

Gentileza:

Beatriz Genchi
Museóloga-Gestora Cultural-Artista Plástica.

bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut.

 

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