San Rafael, Mendoza miércoles 08 de febrero de 2023

Fin de año en la antigua Roma – Por:. Beatriz Genchi

Festejar el Año Nuevo era una fiesta sagrada en la Antigua Roma. El mes de enero se consagraba al dios Jano, el dios de las dos caras. Una cara mira hacia atrás y  la otra hacia delante, es decir, al pasado y al futuro. Solía representarse con una cara de anciano y otra de joven, el anciano era el custodio del pasado y el joven la imagen del futuro.

Por ese motivo consideramos relevante hacer propósitos para el nuevo año y hacer balance de lo vivido.

Los romanos celebraban el nuevo año ofreciendo sacrificios a Jano con la esperanza de ganar buena fortuna para el Año Nuevo, decorando sus casas con ramas de laurel y asistiendo a bulliciosas fiestas.

Era costumbre invitar amigos y vecinos comenzando el año de manera positiva intercambiando buenos deseos y un vaso con miel, dátiles e higos, luces para iluminar el futuro y una pequeña bolsa de cuero (scarsella) que se ataba a la cintura, con un puñado de lentejas con el deseo de que éstas se convirtieran en monedas de oro y dieran prosperidad y riqueza para todo el año, también se regalaban monedas del dios Jano como amuleto.

Los griegos tuvieron una tremenda influencia en Roma: su cultura, su propia imagen y, por supuesto, la religión. Sin embargo, a menudo se olvida que había religión en Roma antes de este contacto. Los dioses romanos se volvieron más griegos, Sin embargo, hubo un dios que nunca cambió; él era el principio y el fin. No tenía equivalente griego. Era excepcionalmente romano su nombre fue evocado incluso antes que el de Júpiter. Este Dios  era Jano.

Antes de la tríada capitolina, la religión romana se basaba en el culto a la familia, la creencia de que los espíritus o numina habitaban todo lo que los rodeaba, incluidas las personas. Había una variedad de deidades domésticas: Vesta, el espíritu del hogar (que más tarde se asociaría con las vírgenes vestales); Penates, los guardianes de la despensa (más tarde protectores del estado romano); Lar Familiaris, el espíritu de la tierra cultivada (también el guardián de la fortuna familiar); y por último, Janus, el espíritu de la puerta o ianua. Aunque generalmente son benignos, estos espíritus pueden enojarse, especialmente si se los ignora. Cada hogar tenía un larario que contenía sus imágenes y una pequeña porción de cada comida los honraba. Con el tiempo, muchos de estos espíritus domésticos se convirtieron en deidades estatales.

Janus fue una de las primeras deidades romanas, a veces denominada “dios de los dioses” o diuom deo; otros lo equipararon con el dios etrusco Culsans. Sin embargo, existen al menos dos mitos notables sobre su origen. Y, según ambos, a diferencia de otros dioses romanos y griegos, Jano pudo haber vivido.

En el primer mito, gobernó junto a un antiguo rey romano llamado Camesus. Después del exilio de Jano de Tesalia (una provincia en el norte de Grecia), llegó a Roma con su esposa Camisa o Camasnea y sus hijos, siendo el más notable Tiberino (dios del Tíber). Poco después de llegar, construyó una ciudad en la orilla occidental del Tíber llamada Janiculum.

Tras la muerte de Cameso, gobernó Lacio pacíficamente durante muchos años. Supuestamente recibió a Saturno cuando el dios fue expulsado de Grecia. Tras su propia muerte, Jano fue deificado.

El segundo mito es de la época de Rómulo, el fundador de Roma. Tras el secuestro de las sabinas por parte de Rómulo, Roma fue atacada. Mientras el enemigo, bajo el liderazgo de Titus Tatius, escalaba las murallas de la ciudad, Janus lanzó un poderoso chorro de agua caliente, obligándolos a retirarse. Para celebrar esta hazaña se dejan siempre abiertas las puertas del Templo de Jano en el Foro para que pueda asistir a los soldados romanos en tiempo de guerra. Supuestamente, Romulus estableció un culto en honor a Janus.

El culto a Jano, debe entenderse como un modo de auspiciar un buen porvenir al comenzar todas las actividades, puesto que con el rostro que miraba hacia el futuro podía ver todo el recorrido de aquello que estaba por iniciar.

Según algunos, era el custodio del universo pero, para todos los romanos, era el dios de los principios y los fines, presidiendo cada entrada y salida, y como cada puerta y pasillo mira en dos direcciones, Jano era visto como dos caras o Janus bifronts: el dios que miraba a ambos lados.

Él era el portero; sus símbolos eran un bastón de portero o virga y un juego de llaves. Para ilustrar su importancia, su nombre incluso se mencionaba antes que el de  Júpiter en las oraciones. Protegía el inicio de todas las actividades.

El primer día de cada mes se consideraba sagrado para Jano, el primer mes del año, enero, Ianuarius estaba dedicado a Jano, dios de los comienzos y los finales y a quien se dedicaba el cambio de año.

A Jano lo podíamos encontrar en las  puertas y los caminos, los principios y los finales; y en general, a toda acción para la que existiera un momento de inicio y de final, como la siembra, la navegación o la guerra.

Se construyeron cinco santuarios para honrar a Janus Geminus en Roma, todos estaban ubicados cerca de cruces de ríos o cursos de agua, debido a sus primeras conexiones con el agua y los puentes. El más importante de estos santuarios estaba cerca de la entrada de Argiletum al Foro. Este santuario en particular tenía  las puertas de bronce en los lados este y oeste y, según la tradición, las puertas se mantenían cerradas en tiempos de paz y abiertas en tiempos de guerra. Sin embargo, dado que los romanos acostumbraban a estar en guerra en alguna parte, las puertas casi nunca se cerraban. También fue importante la forma en que el ejército salía hacia  la guerra; tenían que salir de la ciudad según un ritual para ser protegidos por Jano. El no hacerlo podría acabar en derrota.

Gentileza;

Beatriz Genchi
Museóloga – Gestora Cultural – Artista Plástica.
bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut.

 

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