San Rafael, Mendoza domingo 27 de noviembre de 2022

Tres posibles respuestas – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Ingresé al local sin grandes expectativas. Había recorrido la calle San Juan de punta a punta y ninguna librería tenía lo que buscaba. La mayoría me dirigía una mirada simpática antes de repetir la fórmula clásica: “No, disculpá. De eso no tenemos nada”. Nada en internet y nada en el mundo físico. Parecía que los comentarios en el foro habían sido solamente una broma de mal gusto. Algún usuario queriendo obtener la efímera risa de los demás a costa de falsas noticias y el comienzo de una cacería de brujas sin sentido. La pequeña campanilla sobre la puerta que sonó al entrar me recibió como una oda a lo ridículo.

–Buenas tardes. –Dije mientras pasaba los ojos por el estante de “NOVEDADES” sin prestar demasiada atención.

–¿Cómo le va? Buenas tardes. –Me respondió una voz cansada desde lo alto de una escalera al fondo del local. –Un minuto y ya estoy con usted.

Durante la espera, que solo duró cuarenta y siete segundos, me dediqué a mirar los estantes más alejados. Aquellos estaban poblados de viejos libros con el lomo descascarado y parecían como suspendidos en el tiempo; impávidos a la mano del hombre moderno y sus preocupaciones mundanas. El librero se limpió las manos en un pequeño delantal que llevaba atado a la cintura y me extendió la derecha. Se la estreché como me había enseñado mi padre. Un apretón fuerte, pero sin lastimar. Arriba, abajo y soltar.

–Dígame, ¿en qué le puedo ser útil? –De cerca, su voz sonaba aún más gastada. Como si en lugar de cuerdas vocales tuviera una gastada cinta de casete. Su edad era difícil de adivinar. Podía tener entre cincuenta y setenta años y ninguna de las dos opciones me hubiera sorprendido. Las arrugas de su rostro se acentuaban en los ojos y la comisura de los labios. El cabello, canoso y escaso, caía en pequeños mechones ondulados por sus sienes hundidas. Temblaba ligeramente, preso de una vibración interna que contenía con dificultad parándose muy derecho y tomando una mano con la otra.

–Estoy buscando unos libros. Libros de autoayuda, más precisamente. –Apenas hube terminado de pronunciar mis palabras, su rostro cambió completamente. Su mirada se oscureció, cubierta por el velo invisible de la decepción.

–Ah, ya veo –dijo despacio. –Bueno, la sección de autoayuda está ahí al costado. A la derecha de la puerta de entrada. –Se giró y comenzó a dirigirse hacia el mostrador al final del local.

–Perdón, pero no es ninguno de los que están ahí. –Sentí que gritaba a pesar de no haber alterado ni un poco el nivel de mi voz. Todo en aquel lugar respiraba el perpetuo silencio de la palabra impresa. –Los libros que estoy buscando son…particulares. Por ahí si le digo los nombres usted me ayu…

–A ver. Decime. –El viejo librero se acomodó detrás del mostrador, cansado. Largó un pequeño suspiro de tedio y me miró a través de sus lentes redondos.

–El primero se llama Filtro cerebral: cómo purgar la mente de los malos recuerdos. El segundo es…

El viejo se incorporó de golpe. Sus palabras surgieron fuerte y repentinas, como el trueno que anuncia el temporal.

–¿Cómo sabe usted sobre eso? –dijo mientras volvía a acercarse a mí. –¿Dónde lo escuchó?

–Lo leí en un foro de internet. Me llamaron la atención y me puse a buscar. Hace un mes que vengo recorriendo todas las librerías de la ciudad y navegando todos los portales de internet que fui encontrando. Ya estaba creyendo que alguien se lo había inventado.

–Oh, no, no. No es ningún invento de la imaginación, joven. –La luz había vuelto a sus ojos vidriosos. Parecía que le hubieran devuelto un soplo de vida desde el más allá. Miró en dirección a los altos estantes de libros usados y luego hacia la entrada. Caminó rápidamente hacia la puerta y giró el cartel de ABIERTO a CERRADO. Echó llave y colocó la traba superior. Volvió hacia donde yo estaba parado y me dijo en voz baja.

–Tengo lo que usted está buscando. Sígame, por favor.

Lo seguí siempre desde atrás. La situación había adquirido repentinamente un tono oscuro. Llegamos hasta la puerta del depósito y el librero la abrió con una llave que llevaba enganchada a la cintura. A nuestros pies se extendía una larga escalera apenas iluminada por un foquito de bajo consumo. La situación parecía el cliché extraído de una película de terror. Sin embargó pensé: “esto no puede ser igual a esas situaciones, porque sino no se darían de esa misma manera”. El razonamiento me pareció lo suficientemente lógico, por lo que continué tras los pasos de mi guía. Cuando llegamos al subsuelo, encontré varias cajas apiladas en los rincones. En la mitad del lugar había una enorme mesa de trabajo iluminada por un foco de mayor voltaje. Automáticamente comencé a dirigirme hacia la luz, pero la voz del aciano me detuvo.

–Es por acá, joven –dijo mientras señalaba otra puerta, esta vez de metal. Se acercó y pulsó una combinación en la cerradura electrónica. Luego de un pequeño chirrido, se escuchó cómo se abría la cerradura. Me acerqué y escudriñé el interior de la nueva habitación. Allí, sobre un escritorio expositor de mediano tamaño, se habían dispuesto una serie de libros de forma muy ordenada. Luego de una rápida ojeada, di con lo que estaba buscando. Eran los primeros tres del estante superior y se encontraban en buenas condiciones a pesar del desgaste de sus portadas.

–¿Puedo? –le dije al anciano vendedor mientras hacía el gesto de tomar uno de los libros.

–Por supuesto. A eso vino, ¿no es así?

Tomé el primero y le acerqué al círculo de luz que alumbraba el sector. En grandes letras blancas sobre el fondo violeta se leía el título que le había indicado al viejo. Lo giré y leí la contratapa. Allí no había foto del autor, pero sí un pequeño resumen.

“Este libro contiene el arte perfeccionado de la automanipulación emocional. Quien atreva adentrarse en los reveladores caminos de los recuerdos, iniciará un viaje de autosuperación que terminará por convertirlo en un maestro de la distribución voluntaria de las memorias. Aunque es un proceso dificultoso, su efectividad demostrada se refleja en la enorme demanda de este volumen por parte de lectores adultos alrededor de todo el mundo. Está en sus manos el poder de acrisolar para siempre aquellas evocaciones dolorosas que le impiden conseguir sus más ambiciosos sueños”.

Separé ese ejemplar y lo dejé a un costado. Había venido a por todos ellos, pero sabía que la ansiedad no me dejaría irme de allí hasta no haberlo ojeado. El segundo tomo tenía una tapa color naranja y las letras resaltaban negras y enormes, cubriendo casi toda la extensión. Ambrosía: la gastronomía de los dioses para los pecadores de gula. Lo voltee para leer el pequeño párrafo de la parte trasera.

“Gozar de buena salud el día de hoy significa saber alimentarse bien. Las dietas populares y los variados suplementos alimenticios no hacen más que aumentar la desazón de quienes, siendo amantes del buen comer, se sienten intimidados y estafados ante estas modas. Este libro contiene el conocimiento milenario sobre la glotonería divina. Su lectura permitirá a la persona superar las barreras terrenales de los manjares cotidianos y la guiará por el pasaje olvidado que permite comer sin engordar más de lo deseado. Queda atrás la congoja de los adoradores de los festines”.

El segundo libro fue a parar junto al primero. La emoción era tan grande que apenas podía contenerla dentro de mi cuerpo. Sin perder ni un segundo de más, manotee la última obra que venía a buscar. Esta, de tapa roja y letras grises, se titulaba ¡Arde, fuego de Prometeo! Cómo regular la temperatura corporal a gusto y discreción de cada uno. No podía creer que lo tuviera frente a mí. La foto de la contraportada había sido dañada y solo se veía el contorno chamuscado de una imagen imposible de identificar. El texto debajo decía lo siguiente.

“El inevitable cambio climático no está empujando lentamente hacia la extinción. Los polos glaciares se derriten poco a poco, mientras que la temperatura baja en los desiertos hasta llegar a arrojar nevadas ocasionales. Es imperioso, para quien no desee parecer bajo los efectos erráticos de estos fenómenos climáticos, la lectura y aprendizaje de este tesoro. Solo a través de un camino de autosuperación biológica será posible continuar habitando el mundo del mañana. Quien fervorosamente desee elevarse varios grados por sobre sus pares, deberá ayudarse a sí mismo antes de poder ayudar a otro. ¿Estás dispuesto a enfrentar este desafío?”

Tomé los tres libros con los brazos y me giré en dirección a la puerta magnética. Allí estaba el librero, apoyado contra el marco y esbozando una gran sonrisa.

–Parece que finalmente dio con lo que buscaba. Me alegro por usted. –Su voz había cambiado nuevamente. Esta vez sonaba ligera, casi alegre.

–Gracias. ¿Cuánto le debo por los tres? –le dije mientras apretaba los ejemplares contra el pecho.

–Su dinero no vale nada acá. Pero sí tiene la forma adecuada de pagar por ellos.

Un ligero escalofrío me recorrió la nuca. Por unos instantes, temí por mi vida. Sentí el terror inevitable de quien ha sido condenado a la muerte prematura. Cuando el anciano se puso derecho, yo di un paso hacia atrás.

–No tiene de qué preocuparse –me dijo. –Revise el bolsillo interno de su campera.

En ese momento noté que algo me pesaba. Dejé los libros sobre un pequeño taburete y metí la mano dentro del bolsillo que contenía el misterioso objeto. Cuando lo saqué, pude reconocer un pequeño libro de tapa dura color ladrillo y letras doradas. Se titulaba El mapa de las ruinas perdidas. Cómo hallar el sitio de nuestro destino. Lo miré por un minuto entero y volví a mirar al dueño de la librería. Este tenía su mano extendida. Le di el pequeño libro y volví a tomar los que había apartado.

–Una vez que se vaya, no podrá volver a encontrar este lugar. Su conocimiento pasará a alguien más y ese alguien también sumará otro texto a la colección. –Fue hasta el exhibidor y dejó la nueva adquisición junto a las otras. –Ahora puede retirarse.

Cuando había hecho dos o tres cuadras, sucumbí a la intriga. Volví sobre mis pasos, seguro de poder volver a dar con la pequeña librería del anciano. Recorrí la cuadra más de cinco veces, pero no pude hallarla. Cuando llegué a mi departamento me pregunté cuánto había sacrificado en verdad.

Gentileza:

AUTOR: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

EMAIL: ravagnani.lucio@gmail.com

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