San Rafael, Mendoza viernes 02 de diciembre de 2022

Las reglas del hogar – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

En cuyo existen tres cosas que la gente adora:

 El vino, el agua y el descanso fresco durante el verano.

Quienes se sirven de alguno de estos elementos,

 nunca más pueden prescindir de ellos.

En la casa de los Pelletier, la siesta era sagrada. Luego de haber terminado con el almuerzo, se desconectaba el teléfono y se apagaba la caja de corriente del timbre eléctrico para que nada pudiera perturbar el sueño profundo de la familia. El señor y la señora Pelletier partían, cansados por la jornada agotadora de trabajo matutino, hacia su dormitorio en la parte más alejada de la casa y a su paso cerraban las cortinas de cada ventana. Los hijos del matrimonio, Iván de catorce años y el pequeño Rogelio, o “Regie” como le decía su madre, de nueve, sabían de esta regla y la cumplían a regañadientes. Para ellos, el hecho de tener que desperdiciar parte de la tarde durmiendo les parecía un derroche tremendo de tiempo de juego. Pero ir en contra de una orden de papá o mamá tenía sus duras consecuencias y ellos lo sabían.

Esa tarde hacía demasiado calor. Los ventiladores de techo zumbaban ligeramente intentado combatir el aire sofocante que parecía filtrarse por la porosidad de las paredes. Ese día, Ivan había tenido una mañana completa en el campo de deportes y la labor física lo había dejado exhausto, por lo que ahora roncaba en la cama superior de la cucheta. No había sido tan fácil para el pequeño Regie. Las horas de plástica, música y teatro improvisado que le habían tocado ese día en la escuela no eran, lo que se puede decir, precisamente extenuantes. Ahora daba vueltas y vueltas en la cama intentado conciliar un sueño demasiado alejado como para esperanzarse con su llegada. Decidió entonces que rompería la regla de sus padres y se aventuraría a la cocina para ver la televisión sin volumen.

El pasillo que conectaba su cuarto con la cocina era extenso. Muy extenso. Atiborrado de cuadros y viejas fotos familiares en los costados, a Regie le parecía como salido de una de esas películas de terror que su padre adoraba pero que a él le estaban totalmente prohibidas. Lo recorrió de puntillas, pero sabía que sus padres probablemente estarían tan cansados que no lo oirían aunque corriera con botas de combate. Se llegó a preguntar incluso si podría llegar a subir un poco el volumen del televisor una vez en la cocina; la idea de mirar las imágenes sin saber bien lo que decían le parecía casi tan aburrida como no mirar nada en absoluto. Casi llegando a la puerta del cuarto de sus padres, Regie se detuvo a mirar una foto que la familia se había tomado cuando fueron de campamento a la montaña. Había algo en esa imagen. Algo que no terminaba de encuadrar bien con la escena. La foto había sido tomada por su padre y en ella se veía a Iván abrazando a su hermano con la carpa tipo iglú de fondo. Regie miró la imagen con un poco más de detenimiento y en ese momento sus ojos captaron algo sumamente extraño. Allí, dentro de la carpa y asomando por la parte baja del cierre ¡había un tentáculo! ¿Cómo no lo había visto antes? ¡Era un tentáculo y salía desde dentro de la carpa donde él y su familia habían dormido durante una semana! Estaba por tocar la foto -todo eso parecía tan irreal- cuando un sonido extraño lo frenó.

Parecía una especie de graznido, como el de algún animal herido cuando se siente amenazado. Un escalofrío le heló la sangre mientras miraba fijamente esa fotografía tan perturbadora. De repente, del cuarto de sus padres salió Tato, el gato de la familia, mientras tosía una de sus bolas de pelo. Regie recuperó la calma y estaba por continuar su marcha hacia la cocina y olvidar la foto por completo, cuando el mismo graznido se oyó nuevamente. La puerta del cuarto de sus padres había quedado entreabierta y era justamente de allí donde provenía ese ruido aterrador. Muy despacio, el pequeño empujó la puerta con la yema de los dedos y echó un ligero vistazo a la recámara. Todo estaba en penumbras y solo las líneas de sol que se filtraban por la persiana impedían que la oscuridad fuese total.

– ¿Mamá? –preguntó el muchacho en un susurro casi inaudible.  – ¿Papá?

Su voz era poco más que un bisbiseo. Asomó la cabeza y luego dio un paso hacia la habitación. Le costó adaptarse a la penumbra, pero luego de unos rápidos parpadeos sus ojos captaban cada cosa que allí había. El aburrimiento de la siesta y la intención de combatirlo mirando dibujos animados había desaparecido dando lugar a una mezcla de preocupación y miedo. Se adentró en el cuarto de sus padres de puntillas y miró hacia la cama para comprobar si dormían.

Pero de sus padres no había ningún rastro.

En lugar de los adultos se hallaba una criatura viscosa y horripilante con tentáculos que se movían por dentro y fuera de las sábanas mientras un solo ojo, grande y anaranjado, miraba en todas direcciones con una velocidad extrema. El niño intentó gritar, pero el aire había huido de sus pulmones y la sangre se la había vuelto de hielo en las venas. Solo podía quedarse allí, petrificado, mientras aquel horrendo ser se retorcía en un amasijo de baba y piel gelatinosa. Cuando finalmente sus pies volvieron a funcionar, se alejó de espaldas y muy despacio hacia la puerta. Fue más instinto que uso de razón. No quería llamar la atención de lo que sea que fuera aquella monstruosidad. Pero para cuando dio el quinto paso, su pie descalzo dio contra un perchero de hierro y no pudo evitar que de su boca seca se escapara un grito de dolor. La bestia grotesca lo divisó y mostró una boca amorfa y llena de colmillos afilados y desiguales. Regie recuperó el control total de su cuerpo y salió despavorido en busca de sus padres. Salió del cuarto, giró en el pasillo y casi estuvo a punto de chocar con su padre.

-¡Papá! ¡Papá! ¡Hay un monstruo en la casa! –Los gritos infantiles resonaban contra las paredes a la hora de la siesta. Ya no existía la posibilidad de un reto o una represalia, sino la concepción imposible de lo desconocido materializado en el refugio del hogar. Más aún, en el cuarto de quienes debían cuidar del menor integrante de la familia.

Regie, todavía sujetándose de los pantalones de su padre, levantó el rostro lleno de lágrimas amargas de miedo. En ese instante, su alma inocente se consumió como un trozo de papel en una hoguera. El rostro adulto que se inclinaba sobre él tenía los ojos huecos y del agujero de su boca salía una voz era casi gutural.

–No deberías estar levantado, Rogelio.

A sus pies, unos tentáculos babosos se movían frenéticos.

Gentileza:

AUTOR: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

EMAIL: ravagnani.lucio@gmail.com

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