San Rafael, Mendoza jueves 06 de octubre de 2022

Apuestas – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Era un viaje de media hora caminando y la noche empezaba a caer. Si el día siguiente fuera un sábado, no habría problemas; esperaría hasta el lunes y recuperaría el contenido de la mochila. Pero el día siguiente no era un sábado, era miércoles y necesitaba lo que había dentro de aquella mochila. La simple idea a atravesar el amplio espacio de parque que separaba su casa de la escuela, durante la noche, en invierno y sin ninguna otra compañía que su propia sombra no era exactamente el mejor estímulo. Sin embargo, mayores serían los riesgos si no cumplía con el cometido de recuperar aquello que se le había olvidado en aula B8 del segundo piso. Dando el último sorbo a una taza de café que ya estaba frío, buscó una vieja linterna guardada en el segundo cajón de la cocina y se encaminó hacia la escuela.

Afuera, los últimos rayos de luz se escondían dando paso a una ola de penumbra que comenzaba a extenderse desde el horizonte. La temperatura era considerablemente baja, incluso para mediados de otoño, y una brisa que parecía querer volverse una ventisca soplaba haciendo que las hojas secas de los árboles crujieran. Al cabo de unas diez cuadras, se reprochó no haber traído su teléfono con música y un par de auriculares que redujeran, en apariencia, el tramo que debía recorrer. Debería, así, contentarse con aquel susurro quejumbroso que producía el viento mientras trazaba un plan en su mente para infiltrarse dentro de la institución. Según sus propios cálculos, la única persona en el lugar sería el sereno que hacía guardia a la noche y posiblemente este se encontrara dormitando en alguna silla. El verdadero desafío era poder llegar hasta el segundo piso. La puerta principal estaría cerrada y la de auxilio haría saltar la alarma. Sin dudas aquello sería un trabajo complejo.

Por fin divisó el camino maltrecho de cemento que conducía hasta el gran bloque de color amarillo pálido que era la escuela. Le llamó la atención particularmente una luz encendida en el primer piso, justo en una de las aulas cuya ventana daba al frente del edificio. Pensó que tal vez el sereno había decidido combatir al dios del sueño realizando el trabajo que, a fin de cuentas, le correspondía. Mayor fue la sorpresa cuando, al probar casi sin esperanzas la puerta principal, esta cedió ante el empujón y se abrió normalmente. “Tal vez…”, pensó mientras escrutaba con sus ojos el oscuro hall principal. “Tal vez hayan cometido el error de no cerrar correctamente las puertas. No sería tan raro. ¿Quién no está agotado después de pasarse todo el maldito día acá?”

El colegio de noche era inquietante y perturbador. Los pasillos, tan atestados de alumnos y docentes por igual en las mañanas, ahora parecían invadidos por figuras oscuras que habían convertido aquel recinto en su guarida. Un silencio sepulcral parecía extenderse tanto como la noche misma por todo el lugar, mientras que el repiqueteo de sus propios pasos marcaba un ritmo continuo, similar al de un viejo reloj de péndulo. La escalera que permitía el acceso a los pisos superiores se encontraba al fondo de hall y allí las sombras parecían crecer en tamaño e intensidad. Tuvo la sensación de estar ante uno de esos carteles de PROHIBIDO EL PASO que se veían en los enrejados de las grandes fábricas, incluso de algunos edificios importantes en los que nadie sabía con claridad qué se almacenaba dentro. Atribuyó aquella sensación a la situación escalofriante de estar en un lugar tan conocido en un horario no permitido y continuó en búsqueda de la mochila olvidada. No fue hasta que llegó a la mitad del camino de las escaleras cuando comenzó a escuchar lo que parecían ser risas, gritos de triunfo y quejidos.

Un espantoso escalofrío le bajó por la columna. ¿Qué podría ser aquello que generara tanto escándalo cuando todas las personas (a excepción del sereno) habían abandonado el recinto? No eran sonidos de animales que podrían haberse escabullido por una de las ventanas. No, aquellos eran ruidos humanos. O por lo menos aparentaban serlo. Sintió el ardiente deseo de retirarse, de bajar corriendo las escaleras y continuar corriendo hasta llegar nuevamente a la seguridad de su casa. Sin embargo, la curiosidad, una fuerza aún mayor que cualquier otra en ese momento, le obligó a continuar para descubrir de dónde venían aquellas risotadas. Cuando por fin llegó al segundo piso, notó que el ruido y las luces que había visto desde afuera provenían del aula B8.

Una vez más, el deseo de salir esprintando de aquel lugar le llegó como un rayo y su cuerpo se aceleró con una descarga nueva de adrenalina. Empero, la curiosidad triunfó sobre su persona. Se acercó a la puerta, aguantando la respiración casi sin darse cuenta, y caminó sobre la punta de sus zapatos para reprimir cualquier chance de ser delatado. Abrió la puerta lo suficiente como para poder ver y allí quedó, paralizado en el lugar como si lo hubiesen estaqueado de pie.

Dentro del espacio donde tantas horas había escuchado a sus profesores impartir clases tediosas y monótonas, había ahora un círculo de hombres y mujeres desprolijos y casi animalizados en sus gritos y gestos. En el centro, la profesora a la que aquella misma mañana había entregado su trabajo final de matemáticas, corregía a toda velocidad intentando acabar con la labor antes que su adversaria situada frente a ella. Los que conformaban el círculo eran los docentes de otras cátedras. Cada uno sostenía en una mano un fajo de billetes y vociferaba, cubiertos de sudor, palabras de aliento por quienes habían apostado. La corrección de trabajos académicos se había convertido en un retozo de juergas, alcohol y humo de cigarrillos baratos. Aquellas entidades habían perdido algunas características de su fingida humanidad. Algunos, un tanto más alejado del círculo de apuestas, se rascaban la piel verde y escamosa en un afanoso intento por quitarse sobras de piel vieja. Otros, los menos, tenían los ojos completamente abiertos y amarillos. Los globos sin párpado vigilaban como búhos del inframundo cada rincón del aula. El último grupo era el peor. Habían dado vuelta las sillas y parecía que gozaban lamiendo las patas de metal de arriba abajo. Se detenían especialmente en la parte que, en su posición correcta, tocaría el piso para poder saborear los restos de tierra, pelusa, pelos y mugre. Aquel circo de los horrores superó la adrenalina de la curiosidad. Quiso cerrar la puerta con delicadeza y huir de aquel infierno antes de ser descubierto, pero uno de los ojos-de-búho posó sus ojos inflados y áureos en él.  Se giró para salir corriendo con toda la velocidad que le permitieran sus piernas adolescentes. Sentía aquel cuadro grotesco e imposible quemándole todavía en la retina y la visión fantasma lo cegó por un instante. Resbaló a la vez que escuchó un terrorífico graznido a sus espaldas y casi cayó al suelo, pero a último momento logró asirse al barandal que comunicaba las escaleras. Bajó corriendo a toda velocidad. Olvidaba había quedado la mochila, la terea y cualquier tipo de preocupación terrenal. Sentía que el algo en ese lugar le intentaba absorber el alma. Cuando llegó a la planta baja, se giró para ver si sus perseguidores lo habían alcanzado. No había nadie allí. No se escuchaban ruidos animales, gorgoteos ni risas. La escuela entera había quedado sumida en una cúpula de completo silencio.  Estaba por echar su segunda carrera, cuando sintió sobre su hombro derecho el peso de una mano grande y pesada.

-No debería estar aquí, alumno Galtaer -la voz socarrona del profesor de historia logró petrificarlo. Se giró, más por reflejo que por respeto, pero aquel rostro no era el de un conocido. Los ojos se habían caído de las cuencas y ahora chorreaban como pequeños hilos de clara de huevo. La boca, en algún momento grande y de labios definidos, era un agujero contraído en un gesto de amargura y un esfuerzo sobrehumano para mantenerse abierta. Lo peor era la piel. El cutis parecía haber sido devorado por las llamas y colgaba en gajos carnosos y todavía humeantes que despedían un olor nauseabundo. El intruso oyó por última vez esa voz conocida, aunque del agujero que ocupaba la boca solo salían unas burbujas amarronadas y pestilentes.

-Me parece que deberá quedarse después de clase como castigo.

 Gentileza:

AUTOR: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

EMAIL: ravagnani.lucio@gmail.com

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