San Rafael, Mendoza lunes 26 de septiembre de 2022

Venta de garaje – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

Paulo se acercó el folleto a la cara hasta casi tocarse la nariz. Bajó el papel, se frotó los ojos por debajo de los lentes y volvió a leer las breves frases impresas en tinta oscura. Pensó que su vista estaba peor de lo que creía. Tan solo unos meses atrás el oculista le había recetado unos lentes con más aumento, por lo que todavía le resultaba complicado ajustar bien su visión. Sin embargo, aquello parecía efectivamente estar ahí, plasmado para siempre en esa impresión de baja calidad que anunciaba una feria de antigüedades a precios nunca antes vistos. Real o no, aquello era un error.

El padre de Paulo trabajaba afanosamente en el taller de carpintería improvisado que tenía montado en el garaje de la casa. Su proyecto actual era un viejo juego de sillas que necesitaban patas y apoyabrazos nuevos. Allí el aire olía a aserrín, aceite y tierra en suspensión. El aire de primavera se colaba por la ventana y se llevaba volando los pequeñísimos restos de madera, solo visibles cuando atravesaban los rayos de sol. El ruido de la lijadora eléctrica tapó los pasos del muchacho.

-¿Papá? -No hubo respuesta. -¡Papá! ¿Podes ver esto? –El padre detuvo la cinta sin fin y el lugar quedó en silencio, excepto por el cantar de un pájaro lejano.

-Hijo, ¿qué pasó? Estaba con la máquina y no te vi llegar.

Paulo se acercó e ignoró tanto el comentario como la enorme máquina que ahora reposaba inerte.

-Papá, ¿podés leer qué dice acá? –Paulo extendió la mano y le alcanzó el pequeño trozo de papel a su padre. Este se quitó los lentes de protección, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y, después de un suspiro, leyó en voz alta.

-“¡Gran Venta de Garaje! Venga en busca de todo tipo de artefactos y objetos vintage. Los precios lo dejarán sorprendido. Grandes tesoros para quienes estén dispuestos a hacer el viaje. Fecha: 5/10/1929. ¡NO SE LO PIERDA!”.

El padre miró a su hijo. Dio vuelta el papel para comprobar que no había nada del otro lado, miró nuevamente al muchacho y finalmente le devolvió el folleto.

-Esto es viejo y tiene la fecha mal –le dijo su padre devolviéndole el papel.

Paulo se acomodó los lentes y miró a su padre. ¡Entonces él estaba en lo correcto! No era solo una jugarreta de sus lentes nuevos. Esa fecha era un disparate.

-Pero no es viejo, pa. Lo encontré pegado con cinta en la puerta de casa cuando vine de la escuela.

-Seguramente alguien lo pegó a modo de broma –dijo su padre volviendo a colocarse los lentes protectores.

-¿Por qué alguien haría eso? No es una broma graciosa. –Paulo seguía mirando el papel. ¿1929? ¡Imposible! Esa fecha era de cien años atrás. –Pa, ¿crees que a lo mej…?

El ruido de la lijadora eléctrica le cortó su pregunta a la mitad. Frustrado, el muchacho salió del garaje y se dirigió hacia el frente de la casa. Cuando llegó hasta las escalinatas de entrada, se sentó y bajo el sol de la tarde. Se quitó los lentes y los miró por unos instantes. ¿Por qué?, pensó. Les echó un poco de su aliento a los vidrios y luego los limpió con la parte baja de su remera. Volvió a colocárselos y se dedicó a releer el folleto varias veces. En la parte inferior había una dirección. Paulo levantó la vista, como tratando de dibujar un plano dentro de su mente. El sitio quedaba a unas quince cuadras pasando el centro de la ciudad. Paulo miró a su izquierda. Su bicicleta levitante estaba apoyada contra la columna sur del pórtico. Parecía esperar a que su dueño actuara sobre una decisión que ya había tomado en su interior. Paulo se guardó el papel en su bolsillo, se subió a la bicicleta de un salto y accionó los pedales gravitatorios. El ruido de la lija eléctrica que perdió en la distancia.

Durante el trayecto, reflexionó sobre qué podría llegar a haber en la venta de garaje. Probablemente fuera más de lo mismo, ¿no? Cachivaches, chucherías, chirimbolos y cacharros. Desde que la municipalidad había puesto en marcha el gran proyecto de reciclaje para salvar a la ciudad, la gente casi no tenía trastos ni baratijas guardados. Cada objeto inservible había sido convertido en algo útil: material de construcción, juguetes, muebles, incluso módulos habitacionales o trajes para el turismo espacial. ¿Qué podría llegar a ofrecer este sitio, entonces? Bah, seguro es una completa pérdida de tiempo, pensó Paulo sin quitar los pies de los pedales gravitacionales. La aerobici levitó a gran velocidad por las calles desiertas a esa hora. Para cuando se había planteado seriamente volver a su casa, Paulo ya estaba a unas pocas cuadras.

Cuando llegó, la decepción fue aún mayor. Se trataba de una casa pequeña, de esas construidas antes de la alerta mundial por colapso ecológico. Las paredes eran de madera artificial y su pintura amarillenta se había descascarado. Tenía dos ventanas que, incluso desde afuera, era posible adivinar que presentaban años de polvo. La puerta principal y la del garaje eran de metal comprimido y le daban al lugar un aspecto avejentado; incluso más de lo normal. A los costados del garaje, alguien había puesto dos largos carteles hechos con papel que decían VENTA DE GARAJE e IMPERDIBLE VIAJE. Paulo no entendió muy bien qué tenían que ver las dos frases. A sus diecisiete años, se consideraba un joven atento. No brillante, definitivamente no lo suficiente para ingresar al programa de colonización planetaria, pero sí lo suficiente como para comprender relaciones básicas de los elementos de su propia lengua. Dejó su transporte anclado a un costado de la vereda y se dirigió hacia el lugar con los carteles. Cuando estaba por golpear la puerta, esta se abrió.

-¡Hola, joven! Así que ha decidido llegar temprano, ¿no? ¡Fantástico!

El anciano casi lo derribó al salir. Era alto, delgado, con la piel lo suficientemente arrugada como para adivinar que había cruzado la barrera de los setenta años y vestía de forma extravagante. Tenía puesto un traje de tres piezas color aceituna y un gorro estilo fedora con una pluma colorida atada a un costado.

Este viejo está loco, pensó Paulo. Se hizo para atrás y estaba por dar media vuelta para salir de allí cuando el anciano hombre volvió a hablar.

-Bueno, dado que has sido el primero en llegar, tendrás prioridad a la hora de elegir artículos de la venta de garaje. –Hablaba rápido, como si algo lo entusiasmara de forma extrema. -¡Vamos, vamos! ¡Al garaje! –dijo y se alejó apresuradamente.

Paulo contuvo la respiración mientras el enorme portón de metal se levantaba mediante un uso anticuado de aperturas automáticas. ¿Sería posible que allí hubiera un verdadero tesoro? Cuando la puerta se abrió del todo, su sonrisa cayó de golpe hasta convertirse en una mueca de decepción profunda. Aquel era un garaje viejo y sucio. Había una mancha oscura de lo que parecía ser aceite de algún modelo de auto descontinuado, pero no había rastro de ruedas en el piso. Las paredes tenían varias estanterías con herramientas analógicas de principios de siglo. Allí no había cajas, muestrarios, exhibidores ni nada que se le pareciera. El único elemento de tamaño considerable era una gran ducha, sin bañera, con dos tubos que salían para los costados y que estaba ubicada en el medio del lugar. Paulo resopló. Se hubiera conformado con alguna chuchería.

-¿Y bien, muchacho? ¿Qué estás esperando? –El viejo se encontraba al lado de la ducha y le daba golpecitos suaves al tuvo que estaba conectado a las llaves. Estas brillaban con un fulgor dorado intenso. Paulo se preguntó si podrían valer algo e incluso llegó a fantasear brevemente con que volvía a la casa del viejo y las robaba. La ensoñación desapareció enseguida.

-Yo… no… ¿qué se supone que tendría que hacer? –dijo Paulo mientras se llevaba las manos a los bolsillos.

-Pues ir a la venta de garaje, claro –le dijo el anciano con una gran sonrisa.

Este tipo está loco. Es un demente, uno de esos que antes vivían en las calles. Los pensamientos de Paulo estaban vacíos a excepción de esa idea. Se acercó unos pasos y se detuvo nuevamente. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué se suponía que debía hacer? La voz del viejo lo llamó de nuevo.

-Tenés que pararte acá, justo acá. ¿Lo ves? Acá debajo de la “flor” de la ducha. Esto es muy rudimentario, así que no funciona más que en una línea recta. –El viejo señaló justo en el sitio que debía ocupar Paulo. –Yo me pongo acá al costado, giro las perillas y ¡zaz! Nos vamos de compras.

Hay algo en la mente adolescente que grita “¡no lo hagas! ¡Es una locura!”. Sin embargo, aquel grito queda amordazado por el contractivo abrazo de la curiosidad y la inmensa idea de ilusoria inmortalidad.

Paulo lo pensó durante unos pocos segundos. Si ya estás en el baile…, pensó y se encaminó hacia la ducha. ¿Qué tiene de malo seguirle la corriente a un viejo loco? Consideró esto último mientras terminaba de posicionarse en el sitio indicado.

-¡Muy bien! Dejame que dé los giros correspondientes… -El anciano movía las perillas de la falsa ducha para aquí y allá, como si se tratada de alguien intentando abrir una vieja caja fuerte. De repente se oyó un cliqueo, un chispazo y un soplido fuerte y seco.

Pero no sucedió nada.

Paulo rio de forma casi imperceptible. Miró al viejo que se encontraba parado muy rígido y con una sonrisa mirando hacia la calle. Pobre, debe estar muy solo. Ojalá alg…

Una luz y un estruendo. Un fogonazo que le arrebató todo el aire de los pulmones y lo hizo doblarse sobre sí mismo en busca de un soplo de vida. Cuando finalmente abrió los ojos, el escenario había cambiado.

Tomó aire una vez. Dos veces. Tres veces. Aquel sitio tenía una atmósfera pesada, sombría, cargada de gases nocivos que no existían en la época de Paulo. Quiso dar un paso hacia adelante y tropezó con algo. Miró hacia abajo y vio un pedazo suelto de vereda. ¿Qué es esto?, pensó mientras buscaba su aerobicicleta con la mirada. Allí solo había un inmenso corredor de toldos con gente vestida de forma muy parecida al anciano. Todos gritaban y sacudían extraños objetos mientras intercambiaban pedazos de papel por ellos. Una voz familiar lo hizo concentrarse de nuevo en su persona.

-¡Vamos! Si no, nos vamos a quedar sin ofertas. –El anciano tomó un bastón, se acomodó el sombrero y se metió entre la gente de la inmensa feria al aire libre. Un mercado que cabía en la flor de una vieja ducha doblo.

 

Gentileza: 

AUTOR: Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

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