San Rafael, Mendoza jueves 06 de octubre de 2022

Ultimas caravanas – Por:.Beatriz Genchi

Más de 3000 años. Ese es el registro más antiguo que los arqueólogos pudieron rastrear de la existencia de las caravanas de llamas (Lama glama), una de las formas ancestrales de transporte de productos en la región que abarca el norte de Argentina y Chile, y las tierras altas de Bolivia y Perú. Los caravaneros transportaban productos entre los distintos ecosistemas de la zona andina: del altiplano, fibra y carne seca (charqui); plumas y productos agrícolas como la papa y el maíz de los valles; de las salinas, sal; de la costa del Pacífico conchas marinas, entre otros.

Sin embargo, la llegada de los españoles con sus animales de carga, como mulas y asnos, más la aparición (mucho más reciente) de trenes primero y luego camiones y camionetas, fue desplazando el uso de las llamas para trasladar mercancías y hoy en día esta práctica apenas subsiste.

La bióloga Bibiana Vilá, investigadora principal del CONICET, estudia una de las últimas caravanas que quedan y que recorre el trayecto entre la zona sur del altiplano boliviano y Santa Catalina, en Jujuy. Traen lana de llama, que ellos y sus familias producen, y regresan con productos manufacturados como harina de trigo, azúcar, fideos y arroz.

Los caravaneros tienen una relación muy estrecha con las llamas: las cuidan, les ponen nombres de personas y describen sus personalidades (este es más chúcaro, aquel es noble, otro es pícaro), humanizándolos. Cuentan, por ejemplo, que Javier (un macho) es honesto, algo así como trabajador; o que no van a armar tihuaico (una suerte de corral con sogas) porque no están pícaros, es decir que se van a dejar descargar sin tener que sostenerlas.

Las caravanas que llegan a Santa Catalina parten desde Cocani (Nor Lipez, Bolivia) y caminan diez horas por día, durante cinco días, para recorrer los más de 150 kilómetros que separan las dos localidades en línea recta. Pero ese valor es irreal porque se trata de senderos de altiplano que suben y bajan constantemente, con alturas que van desde los 3800 a los 4500 metros sobre el nivel del mar. También arriban otras desde San Pablo, Cerrillos, Viluyo y otras comunidades, en su mayoría de Bolivia.

Durante tres mil años estas caravanas cruzaron la Puna y el altiplano de arriba a abajo, de este a oeste, transportando productos. Y esto solo es posible con una estructura de caravana y un manejo de los animales muy específico, con pautas de comportamiento y adiestramiento definidas que se mantienen casi inalterables desde hace miles de años. Estudiada la relación entre los caravaneros y las llamas, la forma y las herramientas que usan para que cada persona pueda controlar entre treinta y cuarenta animales de 120 kilos, que además se mueven en grupos, simplemente con el trato, la gestualidad y la palabra.

Por ejemplo, para entrenar o dominar un animal se pueden usar estímulos aversivos, es decir que se les cause dolor o algún otro tipo de malestar cuando hacen algo contrario a lo que se desea. En el caso de las llamas, el estímulo aversivo más común es la orejeada, o sea, tirar o retorcerles las orejas. Esto duele y se quedan quietas para, por ejemplo, poder esquilarlas. Pero a los caravaneros que llegan a Santa Catalina jamás se los ve orejear ni castigar a ninguna, sólo las manejan con la postura corporal. Esto es, el caravanero asume la postura física de la llama macho dominante: se para muy erguido y simula que la escupe. Una vez que la llama está quieta, se coloca al lado, le abraza el cuello con una mano y con la otra la descargan. Es increíble pensar cómo los caravaneros se manejan con un código físico que los animales entienden. Hay un conocimiento ancestral asociado a entender y leer los tiempos de los animales, que hace que se minimicen los conflictos en los manejos, entre personas y animales. Las personas siempre dependieron de ellas para poder comerciar, obtener fibra para abrigarse y carne para comer. Entonces el vínculo que tienen con estos animales es muy cercano, y durante años se fueron forjando las formas de adiestramiento para que las llamas respondan a las necesidades requeridas.

También tiene que ver con la larguísima historia de relación con la llama, que incluso está plasmada en la cosmología y los mitos. Y en el significado que tiene para las poblaciones andinas, que no llegaron a tener ningún animal introducido con posterioridad. Las llamas están incluso en las constelaciones andinas, están en la interpretación del mundo desde tiempos muy antiguos.

La elección de los animales es otro punto crucial en la organización de las caravanas. Para que el sistema funcione, tres o cuatro animales seleccionados van a la vanguardia del grupo, por el sendero, y los demás los siguen sin desviarse. Esos animales “punteros” –a los que llaman capos o carajo– nunca se pierden o equivocan el camino.

“Es muy interesante entender cómo los seleccionan, porque los caravaneros son grandes observadores de la etología, del carácter de las llamas”, cuenta Vilá. “Durante el primer año de vida, analizan cuáles son aquellos machitos que, durante los juegos, marcan la vía y son seguidos por los demás. Cuando tienen dos años, luego de castrarlos, los llevan entonces a su primera caravana, sin carga, para que aprendan el camino y ver cómo se desempeñan”.

Los capos llevan alrededor del cuello un puiso, una especie de collar de lanas con campanitas. Y tienen también una marca de lana especial en las orejas, más elaborada que la de las otras llamas. Estas marcas, el floreado, además de indicar cuáles son los capos, permiten diferenciar a los animales que pertenecen a uno u otro caravanero.

“El tráfico con caravanas ha sobrevivido hasta tiempos recientes entre pastores de altura porque, básicamente, los lugares donde viven no les permiten cultivar. Entonces, para obtener los productos agrícolas que son la base de la alimentación –maíz, papa, verduras o quinoa– tienen que intercambiarlos con pueblos agrícolas y para eso usan sus llamas”, agrega la investigadora.

Registros más antiguos según los investigadores tienen cerca de 3000 años. “Se han encontrado campamentos de caravanas fechados en el 1000 a. C. y existen estudios de restos óseos de llamas de esa antigüedad en Chile, donde los investigadores encontraron patologías y deformaciones de los huesos de las patas que se relacionan con el transporte de carga”, comenta.

Gentileza:

Beatriz Genchi
Museóloga – Gestora cultural.

bgenchi50@gmail.com

Puerto Madryn – Chubut.

 

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