San Rafael, Mendoza martes 16 de agosto de 2022

Quitapenas – Por:.Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

La nave Sagitarius mantenía su curso, atravesando el basto infinito del espacio sideral. La consola de navegación mostraba todos los sistemas en normal funcionamiento, mientras que el estabilizador solo realizaba pequeños ajustes para esquivar trozos de asteroide o algún fragmento de basura espacial. El puente de mando dejaba ver el hermoso paisaje del espacio profundo tras la seguridad de sus vidrios reforzados. Sentado en su asiento de capitán, Gilag Gürla se dejaba llevar por los destellos lejanos de miles de estrellas que ya no existían. Quince veces había realizado ese viaje y las quince veces se había maravillado ante el espectáculo estelar que se desplegaba frente a sus ojos. Cuando le ofrecieron el almirantazgo, lo consideró durante tres días para finalmente declinar la oferta. Estar a cargo de la flota significaba dejar de recorrer esa ruta tan conocida, tan adorada, y él no estaba dispuesto a privarse todavía de ese enorme gozo. Con la mirada perdida en el punto más lejano del cuadrante, se dejó llevar por pensamientos efímeros. El sonido de la compuerta automática al abrirse lo trajo rápidamente a su cuerpo físico.

-Capitán, el paquete se encuentra asegurado en su camarote. Con la dosis suministrada debería dormir todo lo que queda del viaje.

A Gilag nunca le había gustado el término “paquete” para referirse a las personas que transportaba. Siempre le había parecido peyorativo, como si se trataran de un simple repuesto de motor o una caja de comestibles. Estaban enfermos, dementes incluso, pero seguían siendo personas independientemente de que su sistema nervioso se hubiera desconfigurado. Sin embargo, no era el momento ni el tiempo de reprender a su segundo al mando. Ya podría conversar con él estando ya de nuevo en la base.

-Gracias, Yegú. ¿Algo más que informar? –dijo el Capitán acomodándose en su asiento.

Yegú Jereku era un hombre de tez trigueña y hombros amplios. Había trabajado en los muelles espaciales de Ütlor-9 cargando y descargando las naves comerciales durante seis años. Aquello había sido parte del acuerdo que le habían hecho firmar cuando lo encontraron culpable de contrabando de artefactos alienígenas ilegales. Trabajos forzados y el pago de una suma de nueve mil Krags. Cuando cumplió la condena, Gilag lo contrató para trabajar como tripulante del Sagitarius. Ahora él y el Capitán eran los únicos hombres a bordo de la nave. La robótica y la inteligencia artificial habían ocupado los otros puestos.

-No, señor. Nada más que reportar. –Yegú se acomodó las solapas de su uniforme y se quedó parado junto al asiento del Capitán. Cuando el silencio se hubo prolongado lo suficiente, volvió a hablar.

-Señor, disculpe mi intromisión, pero ¿qué nos espera en nuestro destino? De todo lo que he escuchado, la gran mayoría han sido solo rumores.

Gilag miró sobre su hombre a su segundo al mando y luego devolvió la vista al frente. Era el primer viaje de Yegú al planeta J4-V13R, un sitio que lejos estaba de integrar la lista de lugares turísticos. Gilag había emprendido por sí solo todos los anteriores, solamente ayudado por los androides de abordo y algún rover de emergencia. Pero ahora, el Capitán que había rechazado un almirantazgo por amor a una ruta de más conocida sentía sobre sus hombros el peso de los años que se le habían venido encima. Saber que Yegú se encontraba a bordo del Sagitarius lo tranquilizaba. Le permitía dormir sin temores a desperfectos que solo la mano del hombre podría solucionar. El exconvicto era su mayor seguro en esa nueva travesía espacial, sin que este siquiera lo supiera. Gilag habló sin quitar la vista del ventanal.

-Eso depende. ¿Qué es lo que te contaron?

-Que es un lugar inhóspito y aborrecible, señor –Yegú también miraba hacia la infinidad del cosmos por el ventanal. –Que está repleto de pequeños volcanes que continuamente escupen gases mortales a la atmósfera y que horribles criaturas merodean sobre y debajo de la superficie. Criaturas de pesadilla, capaces de erradicar toda vida.

Gilag giró su cabeza y volvió a mirar a su segundo al mando por sobre el hombro.

-¿Y por qué razón iríamos a un lugar así?

Yegú se encogió de hombros y siguió mirando al frente. El Capitán volvió a hablar.

-El sitio a donde vamos es la última esperanza para las personas aquejadas por los males de la mente. Es la terapia final, el as bajo la manga, el único indicio de salvación cuando todas las otras opciones fallaron. De todo lo que me dijiste, solo una parte es parcialmente cierta.

El Capitán no dijo más nada. Yegú esperaba que su superior se refiriera a la geografía más que a la fauna local. Todo sería revelado una vez que llegaran.

El Sagitarius se sacudió un poco y las luces de aviso indicaron que habían atravesado la última capa de la atmósfera de J4-V13R. El tren de aterrizaje comenzaría a desplegarse en cualquier momento y aquel viaje estaría ya a medio camino de completarse. Una vez superada la última franja de nubes, Yegú miró por una de las ventanas reforzadas que estaba del lado izquierdo. No había volcanes, fumarolas ni grandes columnas de humo. Así que eso nos deja solo las bestias, pensó tragando saliva. Cuando el Capitán le ordenó que tomara uno de los rifles de plasma de la armería, sus sospechas se confirmaron.

Descendieron los tres con Gilag a la cabeza. El paquete venía iba en el medio, entre el Capitán y el segundo al mando, atado y amordazado en una camilla vertical de movimiento automático. Yegú, en la retaguardia, avanzaba despacio por el suelo de arena, con el rifle en posición y atento a cualquier movimiento.

-Tranquilo, Yegú –dijo el Capitán. –El arma es solo para una emergencia. No hay nada de qué preocuparse. Por lo menos por ahora.

El exconvicto se relajó, pero solo un poco. Caminaron durante largo tiempo con el único sonido de los gruñidos del enfermo. El paisaje era desértico. A lo lejos, hacia el este, se extendía una larga cadena montañosa de piedra amarillenta. El camino por el que transitaban dejaba ver, un tramo más adelante, un enorme pico montañoso.

-Hacia allí vamos, muchacho –dijo Gilag en voz alta como adivinando los pensamientos de su acompañante armado. Yegú tragó saliva.

-¿Qué hay allí, señor?

Gilag miró sobre su hombro y sonrió con expresión divertida.

-El quitapenas, claro.

Llegaron a la base de la montaña y descansaron. La gigantesca entrada de una caverna colosal se dibujaba como un agujero negro. El espacio podría ser cruzado por un acorazado interplanetario sin que sus bordes rozaran las paredes de piedra. Aquel recinto debía de ser, sin lugar a dudas, el hogar de algún titán olvidado o un ser de impensado. Gilag se acercó a la camilla móvil. El padeciente se retorcía contra las ataduras y sus ojos, desorbitados por la locura, expulsaban fuego invisible. Gilag pulsó un comando en la consola lateral, se detuvo un momento para mirar hacia la entrada de la cueva y finalmente presionó un último botón. La camilla comenzó a moverse en dirección a la montaña y el Capitán se sentó en una roca cercana. Yegú miraba todo con absoluta fascinación. Había visto al renombrado Gilag Gürla regresar de sus viajes victorioso, acompañado de humanos completamente cuerdos y agradecidos que lo llenaban de elogios y palabras de gratitud. ¿Había sido todo aquello una especie de artimaña? ¿Algún vil engaño, acaso? El segundo al mando se acercó al Capitán sin quitar la vista de la camilla. Estaba por hablar cuando un rugido atronador llegó como un terremoto desde la montaña.

-¿Qué es eso? ¿Qué tipo de bestia habita allí, señor?

Gilag no lo miró.

-Es un misterio, muchacho. Nadie lo sabe con certeza. Algún producto de la radiación espacial. Tal vez algún ser deformado por las corrientes del caos universal que todo lo retuerce y lo transforma. En todos mis viajes, solo he visto un destello de lo que mora en la oscuridad –El Capitán hizo una pausa. –Lo único que sé es que el quitapenas parece alimentarse de la locura, la psicosis, las enfermedades más terribles de la mente sin tener interés por la carne de ninguna criatura.

-Pero entonces, ¿qué hacemos nosotros? –dijo Yegú.

-Esperar –dijo el Capitán mientras encendía un cigarro de curuyán gertiano. Un nuevo rugido más fuerte que el anterior hizo temblar la tierra en el momento en que la camilla móvil se perdía en la oscuridad. –Esperar y rezar que todo siga siendo igual.

Gentileza:

Lic. Lucio Ravagnani Navarrete

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