San Rafael, Mendoza sábado 21 de mayo de 2022

Radiografía de la desigualdad

Los tres derechos con mayor disparidad en los niños de la Argentina

Mucho antes de la pandemia, la pobreza infantil en el país ya era una tragedia. Los números gritaban que más de la mitad de los chicos tenían sus derechos básicos vulnerados, pero nadie parecía escucharlos. Muchos de los chicos que visitamos desde el 2018 durante las recorridas de Hambre de Futuro por las distintas provincias, iban a clases de forma esporádica, no tenían baño o estaban acostumbrados a no cenar. Pero en 2020 llegó el tsunami del Covid que arrasó con aquellos hogares que ya venían sufriendo hambre, frío y falta de acceso al agua, entre otras privaciones.

Una vez pasadas las grandes olas, debajo quedaron los cimientos destruidos de una Argentina que duele. Lo que sostiene Ianina Tuñón, investigadora responsable del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA, es que hubo un retroceso en muchas áreas y que el 2020 muestra un nuevo pico en la medición de la pobreza multidimensional infantil. Según datos del Barómetro de la UCA, el panorama actual es dramático: el 64% de niños menores de 18 años son pobres, esto quiere decir que experimentan al menos una privación en el ejercicio de derechos en el espacio de la alimentación, el saneamiento, la vivienda, la salud, la información o la educación. LA NACION recorrió algunas de las zonas más vulnerables de Formosa, Jujuy y Córdoba y se encontró con chicos a los que la urgencia golpea por todos lados. Para Gabriel Lerner, Secretario Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia, los millones de niños y niños en la pobreza y la indigencia son el principal desafío en materia de niñez y adolescencia en el país. “Probablemente en la Argentina sean pocos los niños o niñas que no acceden al plato de comida, pero está claro que la calidad alimentaria es baja. En los sectores de pobreza más extrema el acceso al agua potable y a las cloacas es un tema de singular trascendencia y con alto impacto en la salud de los niños y las niñas”, reconoce el funcionario.

“En 2021 algunos de los indicadores que venimos evaluando mejoran pero otros tantos no, como por ejemplo en aspectos vinculados con la inseguridad alimentaria y la estimulación de niños pequeños. También se incrementaron mucho los indicadores de maltrato infantil”, señala Tuñón. Cristian (13) y Josué (11) Oña viven en el barrio El Milagro, en Santa Clara, Jujuy. Todas las tardes se acercan al merendero de Cáritas que funciona en el pueblo para retirar la comida para ellos y para sus dos hermanos más chicos, Ruth de 8 que tiene un retraso madurativo y Taylor de 3. Su papá trabaja en la cosecha del limón y como albañil y su mamá es ama de casa. “Desde hace añísimos que vamos al merendero. Empezó el primero de bebé, después arrancó el segundo changuito, el tercero y ahora van los cuatro. Los chicos van a retirar la comida y la traen a casa”, dice Valeria Subelza, su mamá. En su casa los seis miembros duermen en la misma habitación y comparten cama.

Enzo y Rubí Goitea en la puerta de la nueva casa que acaban de construir con Techo en el Barrio Los 40 de Argüello, en la cuidad de Córdoba; antes vivían en un rancho húmedo y que se llovía

Brechas muy profundas

Pero, ¿qué pasa cuando miramos estos datos en clave de desigualdad? Los datos recientes indican que en términos de brechas entre los que más y menos tienen, las áreas más críticas en el país son en el espacio de la información (26 veces), la alimentación (10 veces), el saneamiento (6 veces) y la vivienda (4 veces). Esto quiere decir que los chicos de los hogares más pobres, tienen muchas menos posibilidades de tener Internet, de cubrir todas las comidas y de vivir en una casa que con inodoro, que aquellos de hogares con mejores ingresos. A la hora de interpretar estos números, Tuñón aporta tres datos claves. El primero es que las brechas de desigualdad social suelen ser estables en la mayoría de los indicadores. El segundo, que en aquellos indicadores en los que hay una disminución de las brechas, se debe a una mayor privación en los estratos más altos y no a una mejora en los más pobres. “Esto se observa mucho en indicadores de educación y estimulación, y en estas áreas podemos decir que todas las infancias son más pobres”, señala la especialista. Y tercero, que en los casos en los que las brechas son muy grandes es porque en los estratos más altos no existe déficit. Este fenómeno se manifiesta en el área de información, por ejemplo, porque la gran mayoría de los niños de las familias más ricas tienen cubierto el acceso a Internet, a un celular y a una computadora. “El principal perjuicio que nos deja la pandemia y que nos va a llevar un buen tiempo resolver, es el impacto en la materia educativa. Por un lado, la enorme desigualdad que ha habido entre los sectores populares que no han podido tener acceso a contenidos, a una relación con sus docentes de la misma calidad que en los sectores medios y altos y que seguramente va a impactar en su desarrollo educativo. Y vamos a tener que ir evaluando el tema de la inclusión educativa de las adolescencias en las clases populares. Ya había carencias en este tema y el alejamiento durante dos años de un gran contingente de chicas y chicos de entre 13 y 18 años ha debilitado esa relación”, agrega Lerner. Del otro lado de esta brecha está Ezequiel Flores, que vive en El Fuerte, en la zona de Yungas de Jujuy, y que durante la pandemia perdió un año en la escuela porque no tenía Internet en su casa y se le había roto el celular. “Durante la pandemia toda la escuela fue virtual, como un año y medio. Recién este año se empezó a normalizar”, dice Ezequiel, que con 18 años está cursando el 5to año de la escuela agrotécnica y su sueño es ser guardaparques. “La pandemia fue muy complicada porque justo en enero habían puesto Internet pero no lograba abastecer a todo el pueblo. Y se les complicaba mucho a los chicos poder tomar sus clases. Recién el año pasado, conseguimos poner Internet en casa para que los chicos puedan estudiar”, agrega Celeste Peña, su mamá. Como él, los niños y adolescentes de hogares pobres se enfrentan a muchísimas barreras que los expulsan del sistema educativo: no tienen un papá o una mamá que los pueda ayudar con la tarea porque no pudieron terminar la primaria. En algunos casos, ni siquiera saben leer ni escribir. No cuentan con una computadora ni un celular para buscar información, ni libros en su casa, ni un escritorio en donde sentarse a estudiar.

En la casa de Uriel, en Colonia Senes, Formosa, el baño consiste en un hueco en el piso con dos sillas apoyadas encima para poder sentarse; el sueño de la familia es poder tener uno de material, con techo y una bacha

Iván Zerpa tiene 15 años y vive en una casa de adobe en el paraje rural de Aparzo, a 4.000 metros de altura en la puna jujeña. Su papá es un pequeño productor que cosecha habas y cría ovejas. En su casa Iván no tiene Internet y el de la escuela se corta seguido. Eso hizo que no pudiera cumplir con toda la currícula del 2021. Hasta principios de abril, seguía entregando trabajos escolares del año anterior y sin saber si pasó a 3er año. “Los profesores vienen una vez al mes para explicarnos las clases. Es una clase digital. Te dan las consignas escritas en el formato de Word y nosotros les damos nuestros trabajos a la profesora coordinadora para que lo suba al drive. A veces anda lento el Wifi y no se pueden subir las clases. Entonces nos atrasamos. En la pandemia, teníamos que hacer 20 entregas durante el 2020. No podíamos consultar a los profesores y nos quedamos en la primera entrega durante todo el año. Ahora estamos haciendo el último video que me queda del año pasado y yo creo que no aprobé”, dice este adolescente que se turna con sus dos hermanos para ir a buscar a las cabras de la familia por las tardes.

Chicos que pasan hambre

En términos geográficos, las infancias de las regiones del AMBA, NOA y NEA son las más afectadas. Aurelina Quiroga se pone a llorar cuando habla de cómo viven sus cuatro hijos en una casilla de palos, paredes improvisadas con frazadas y nylon, y techo de chapa en la comunidad Kilómetro 14, en la zona de Las Lomitas, en Formosa. El piso es de tierra y no tienen agua potable ni baño. Con mucho esfuerzo, el año pasado empezó a construir una de ladrillos, pero no sabe si va a llegar a terminarla en vida. “Tengo que elegir entre la comida de mis hijos y los materiales”, dice y se quiebra. “Con la asignación que cobro compro la mercadería, la ropa y las cosas del colegio para los chicos. No llego a las chapas”, dice esta mujer con rasgos curtidos por el sol, que solo hizo hasta 5to grado del colegio y se mantiene vendiendo unas pocas artesanías.

Pese a todas las políticas que se implementaron para paliar el hambre, la inseguridad alimentaria creció durante la pandemia. “Vimos una fuerte recuperación en el 2021 de los sectores sociales que tenían un déficit alimentario moderado pero mucha persistencia de las situaciones más graves. Percibimos un proceso de reactivación económica pero en los sectores sociales que mejor están. También por eso buena parte de las políticas del gobierno están focalizadas en las transferencia de ingresos para los sectores sociales que menos tienen porque todavía no se logra generar trabajo genuino para las economías populares”, dice explica Tuñón. Lerner señala que a lo largo y ancho del país, se han ampliado los servicios de asistencia alimentaria en escuelas y han alcanzado un volumen que no tiene precedentes. “Lo mismo sucede con la asistencia a comedores y a merenderos, y la asistencia de alimentos a la población. Los estados en sus diferentes niveles hemos hecho un enorme esfuerzo para poder asegurar que aun en condiciones tan adversas las familias pudieran acceder a la alimentación. Esto no nos hace perder de vista que sigue habiendo problemas importantes en la calidad de esa alimentación”, explica. Con respecto a la situación actual, Lerner reconoce que el fuerte crecimiento de la inflación durante los meses de marzo y abril de 2022, pone en riesgo los ingresos de las familias, y por lo tanto, supone el incremento de la pobreza y de la indigencia. “El gobierno ha dado respuesta a la inflación con herramientas similares a las que dieron algún resultado en la reducción de la pobreza y la indigencia en 2021. Se ha incrementado un 50% el monto de la Tarjeta Alimentar. No se ha quitado el plus que se agregó en la asignación familiar en el tercer trimestre del año y pronto se pagará esta suerte de nueva versión similar al IFE. A final del primer semestre del 2022, vamos a poder evaluar cuál ha sido el impacto de la creciente inflación y estas nuevas medidas”, concluye.

En la mayoría de las casas que visitamos no existe ni lugar ni plata para comprar placares para poder guardar la ropa ni las zapatillas; lo más común es que se cuelguen adentro o afuera de la casa

Lo más común es que las vulnerabilidades se potencien y por eso se habla de una pobreza multidimensional. “No hay trabajo”, es la frase que repiten los jefes de estos hogares que hacen malabares para poder poner comida en la mesa, que viven en casillas que se caen a pedazos, que tienen algún miembro con discapacidad y que no saben lo que es abrir una canilla y tener agua potable. En estos contextos, el presente se come al futuro y lo más importante es pasar el día. “Tiene bichos como pescados”, dice Fiorella Galván, de tan solo 5 años, cuando mira el interior del inodoro que está al fondo de su casa en el Asentamiento 10 de noviembre de Santa Clara, en Jujuy. Vive solo con su mamá en una casilla de maderas y chapa. Como no tienen conexión a cloacas ni agua en su casa, el baño es una pileta que acumula bichos y enfermedades. “A mi casa no le pusieron el chicote del agua y por eso no tengo. A veces el vecino me convida y a veces no. Tengo todo precario. No tengo baño. Mi niña no va a la escuela porque como vivo en el asentamiento está anotada para la escuela nueva pero esa escuela no está terminada. Fui a preguntar por cupos en la escuela vieja pero me dicen que tengo que esperar a que se inaugure la nueva. Y está perdiendo un año”, explica Vanina Gómez, que es mamá soltera y tiene un trabajo en negro que no le alcanza para nada.

Los niños y adolescentes de hogares pobres se enfrentan a muchísimas barreras que los expulsan del sistema educativo

El sueño de la casa propia

En el caso del saneamiento, el NEA es la región que tiene peores indicadores (el 31% de los niños del estrato más bajo vive en hogares que no tienen acceso al agua corriente, tienen inodoro sin descarga de agua o no tienen inodoro). En cuanto a la desigualdad, el 33% más pobre tiene 29 veces más chances de no contar con estos recursos que pares en el 33% más rico). Uriel Leiva tiene 7 años y vive en Colonia Loma Senes, en el departamento de Pirané, en Formosa. El baño de su familia está a medio construir. Consta de un hueco en el piso, dos sillas de madera para sentarse y una pared de ladrillos interrumpida. “Es el único que tenemos. No tiene techo. Nunca lo podemos terminar porque siempre tenemos otra urgencia”, dice Soraida Gaete, su mamá. Y agrega: “Queremos tener un baño que es lo principal en cualquier casa. Que tenga una buena pared, un piso, un inodoro y una piletita. Nosotros ponemos un latón con agua y nos bañamos. Y hacemos nuestras necesidades acá o los chicos se van a lo de su abuela. El problema es cuando llueve porque nos mojamos y tenemos que esperar. Es impresionante lo caro que están las chapas y no llegamos a comprar”.

Lidia Colque tiene 57 y vive en el paraje Piedra Grande, en la zona de El Aguilar, en Jujuy; su casa es de adobe, no tiene agua y va al baño al monte

La desigualdad está presente en todas las regiones, pero en algunas pisa con más fuerza. En la zona centro, por ejemplo, los niños que viven en el estrato más bajo, tienen 9 veces más probabilidades de tener un déficit en la vivienda que los que viven en el más alto. Esta realidad se palpa muy fuerte en una provincia rica como Córdoba, en la que nos encontramos con jefes de hogar que todavía subsisten haciendo actividades insalubres y mal pagas como ser hacheros o armar pilas de sal con orquillas para salvar el día. “Hola chicos de la casita”, dice un chico de pelos revueltos de unos 10 años a los referentes de la organización Techo, en el barrio Los 40 de Argüello, a solo 15 kilómetros del centro de la ciudad de Córdoba. Hace solo unas semanas estuvieron construyendo ocho casas para las familias más necesitadas, todas con hijos chicos que viven en los márgenes de todo, casi cayéndose del égido urbano. Atravesando un basural encontramos los restos de la vieja casa Noelia Aguirre, en la que hasta hace solo unos días vivía amontonada con su marido y sus tres hijos: Rubí (8), Norma (5) y Enzo (1). Con una mezcla de ladrillos, maderas y nylon habían logrado levantar una pieza que funcionaba como habitación, cocina y estar para toda la familia. El piso era de tierra, se llovía, compartían las camas y no tenían lugar para moverse. “Mis hijas siempre estaban enfermas, con problemas de tos y en los pulmones”, dice Noelia, mientras muestra el contraste con la nueva casa: el espacio es mucho más amplio, no se llueve, cada hijo tiene su cama, tienen más lugar de guardado y los chicos pueden jugar en el piso de madera. “Ahora lo que nos falta es poder conseguir un lavarropas y una heladera que se nos rompieron”, agrega Noelia. ¿Cuáles son las perspectivas de futuro? Tuñón asegura que la pobreza infantil va a seguir siendo una temática muy vigente. “Las transferencias de ingresos como la AUH y la Tarjeta Alimentar van a ser importantes para mantener los niveles de indigencia infantil que tenemos que están alrededor del 15% pero no van a ser suficientes para perforar la pobreza. Establecen un mínimo de ingresos para los hogares pero es importante saber que esos no son los únicos ingresos que tienen los hogares ni los que tenían”, concluye.

Fuente:https://www.lanacion.com.ar/comunidad/hambre-de-futuro/radiografia-de-la-desigualdad-los-tres-derechos-con-mayor-disparidad-en-los-ninos-de-la-argentina-nid14052022/

 

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